Memoria íntima de la Semana Santa V

Mª Stma. de la Esperanza Macarena Antigua 015Cuando lo fugaz comienza a sentirse como eterno, cuando los hechos se perpetúan en la memoria para enaltecer su propio ser, su propio entendimiento, comienza a cimentarse la historia de la nostalgia. Es una realidad que se repite en su belleza, en la solemnidad de las palabras y las situaciones, en la majestuosidad de la liturgia que parece desvanecer el tiempo, pararlo y pregonar que sólo el amor, la fe y la devoción se mantienen constantes en la evocación.

            Es la misma luz la que asombra a los retablos, la misma que juguetea con las sinuosidades que un maestro carpintero ideó, algún siglo anterior, para que otros ojos gozaran de aquella visión que se les mostraría, la misma luminosidad, que destronando las sombras que han secuestrado los frisos y los murales, les procura la libertad de la hermosura, haciéndolos aparecer deslumbrantes y fastuosos.

            Es la misma música que resucita la dignidad de la apariencia mística capaz de elevar hasta la misma gloria, de sublimar el espíritu, de los que esperan la gran celebración; son los mismo cantos de los que chantres que honran con su voz la gloria de un rostro, que transfiguran sus sentimientos en frondoso caudal de una copla, con la modulación de las cuerdas vocales ahora transformadas en arpegios que resuenan para glorificar y exaltar los Dolores de la Virgen, la Pasión del Hijo del Hombre. Son esas mismas armonías que van taladrando el aire, como bálsamo bienhechor, para mitigar el gran drama de la humanidad.

            La misma luna oscurecida, durante siete noches, ésas en las que los hombres se reúnen para cantar alabanzas a la Bienaventurada.

            Es el mismo aroma que fue sedimentándose en los recovecos de la más íntima y concisa conciencia para presentarse ahora, de improviso, sin avisar, en el vaho que va repeliendo el propio espacio hasta acomodarlo en los alrededores de la Imagen Sagrada que es referente, guía y norte de los que Le rezan.

            Son las mismas oraciones, la misma letanía que fue implantándose en mi memoria, la misma invocación para acercarnos a la gran oferta de amor que se lanza desde el altar, la misma jaculatoria, mil veces repetida, que nos enseñaron para poder acceder a la belleza inmaterial, esa que no se ve pero que exulta el alma, que la desposee de sus vestiduras humanas y la rodea de nuevas gasas para hacernos más confortable la existencia, las mismas preces por los Hermanos que fueron presos del amor y corrieron a la llamada de la Madre, las mismas súplicas que, desde los púlpitos elevados antes, desde los ambones después, nos descubrían un cielo donde la paz y la concordia reinaban constantemente, los mismos salmos que nos movían al recogimiento.

            Es la misma grandeza de la Verdad que se muestra para los hombres y que los hombres procuran elevar a su mejor condición como ofrenda primorosa a Quién es salvador del mundo, a quién propició su propio holocausto porque redimía a quienes le sentenciaban, porque con ello se imponía el nuevo estado del perdón, de la clemencia y la misericordia, que posibilitaría la reconstrucción de su propio ser, la eliminación del pecado que le comenzaba a lastrar.

            Tal como ayer aparece. Las grandes obras permanecen ancladas a la belleza. El compendio de la palabra, de la voz, de la luz, de la música, de las esencias, de la generosidad, de las oraciones corales, se han conjurado, con su presencia en la Basílica, para imponer la solemnidad que se le imprime al culto para asombro de muchos.

            Tal como ayer permanece, no se ha dejado vencer por la transición de los siglos. Es la victoria del tiempo sobre los hombres, la conquista la solemnidad y la magnificencia, del pudor y la grandeza que se le ofrece a la Madre, a La que se le otorga el culto y el honor. Hijos rendidos a sus plantas ofrendaron ayer en la Macarena, como hace un siglo, como lo harán mañana, el más bello sacrificio: el su amor. Y todo se llenó de Esperanza.

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