Estamos a tiempo

            Estamos a tiempoEs curioso lo que está sucediendo en la Semana Santa sevillana. O mejor dicho, en torno a ella. Cuando menos te lo piensas aparecen ciertos gurús augurando la mayor catástrofe para las cofradías y hermandades que realizan la estación de penitencia a la Santa Iglesia Catedral durante los días santos. Y digo que es curioso, no que falten a la verdad en sus afirmaciones, porque hay documentos visuales y sonoros que reafirman la necesidad de una reforma en la composición de los días y el reparto de los minutos, porque casi ninguno se pronuncia con soluciones concretas a los males que pregonan.

            Vayamos por partes. El principal problema de la Semana Santa es la educación. Hay exceso de mal educados contemplando algo que ni les va ni les viene. Hay demasiados desaprensivos que toman las calles para desfogar sus malos instintos, para convertir la ciudad en un territorio propio donde expandir sus miserias. Piensan que las cofradías son meros desfiles en los que unos locos desventurados y trasnochados transitan disfrazados, tras unas estatuas de maderas, sin importarles para nada, ni la convicción religiosa, ni la tradición eclesial ni, mucho menos, la sentimental. Eso es de maricones, escuché estupefacto, y ante mi sorpresa, a una nazarena de una hermandad del martes santo, con parte del hábito penitencial sobre la silla de un velador, mientras tomaba una cerveza –en la calle Trajano, justo antes del inicio de la carrerea oficial-  y se aferraba a la figura de su “novio” que reía la gracia, mientras le  sostenía el cirio y el antifaz, y, lo que es más grave, ante la absoluta indiferencia de un diputado de tramo, que pasaba por allí. Y les ruego que no se escandalicen con estas apreciaciones porque la gente ni siquiera prestaba atención al espectáculo, que ya lo entiende como algo usual y cotidiano. Es inherente y necesario, concienciar a estos elementos de que existen lugares, en la ciudad, donde no causarían estragos con sus manifestaciones y donde verter sus despropósitos entre ellos, porque existe la evidencia constitucional del respeto a las creencias, o la no creencia, y de ésto último –del respeto- saben muy poco este niñaterio que toma las calles para su disfrute y goce, sin importarles el de sus prójimos. Eso por no comentar la singularidad de las sillitas, obstruyendo las zonas de evacuación, en caso de necesidad, o los establecimientos que toman aceras con veladores impidiendo el normal discurrir de los sevillanos que se desplazan, de un lugar a otro, para intentar rezar a sus titulares o disfrutar de sus cofradías, en el lugar que siempre lo hicieron. En fin, un toque de atención para una generación que comienza a olvidarse de las tradiciones o por lo menos, a tergiversar el significado de las mismas. El que no sienta, ni encuentre motivo espiritual para llevar a cabo el desempeño de las tradiciones religiosas, que se aparte, que nos dejen a los creyentes que realicemos nuestras prácticas espirituales, que por cierto llevan casi siete siglos realizándose. Nosotros los respetaremos, en el lugar que escojan, siempre que cumplan con unas mínimas normas de convivencia, que no es cuestión de trasladar el problema a otros.

            En segundo lugar, habría que destacar el papel que deben asumir las hermandades que tienen que ir pensando, por su propio bien, en practicar algo tan elemental como son la solidaridad y la generosidad. Dedicar unos minutos a recapacitar sobre el significado y la significación, de lo que representa la estación de penitencia, es un ejercicio que depura los malos líquidos biliares. No mirarse al ombligo y comenzar a acentuar sus propósitos de facilitar al hermano las posibilidades para el sostenimiento y divulgación del mensaje de amor de Cristo. Si nos ceñimos a las cofradías, no es lo mismo desplazar un cuerpo de nazarenos de tres mil quinientos hermanos que otro de seiscientos, y sin embargo la proporción temporal para discurrir por la carrera oficial es superior a la de menor número de nazarenos. Y así pasa lo que pasa. Que la que tiene miles de hermanos en su comitiva intenta comprimirse para no obstaculizar a sus hermanos, de otras cofradías, y tienen que “maltratar a sus penitentes”, y encima, a posteriori, hay quien se atreve a criticar este gesto, que en el fondo llevan hasta muchísima razón. Eso era lo que mi madre refrenaba diciendo que además de puta, apaleá. Por eso digo que habrá que realizar un ejercicio de conciencia y ver dónde empieza y termina la generosidad, y donde empieza y termina la solidaridad. Porque las dos acepciones de la real academia de la lengua son muy claras. Eso por no señalar a los responsables de la seguridad local para evitar desastres como los que se muestran en las redes sociales, ausentes en una calle donde se congregaban el gentío que espera a la hermandad, los que proceden de la que acaba de pasar por la esquina y la muchedumbre –que ésta es otra- que quiere ponerse delante del paso porque tienen derecho exclusivo a pisar, molestar y maltratar a los nazarenos. Y por supuesto depurar responsabilidades entre los que dirigen las hermandades. EN TODAS.

            En tercer lugar hay que destacar la necesaria adaptación a los nuevos tiempos. Una sociedad que no camina junto a los cambios sociales está condenada al fracaso. Y las hermandades siempre han muestra del progresismo, eso sí, sin perder la idiosincrasia expresada en la manera de entender la teología que contienen los evangelios. La estanqueidad intelectual, que se viene mostrando en la actualidad entre un sector de los dirigentes cofradieros, no viene sino a refrendar la necesidad de recuperar el índice vanguardista que las hermandades han ido implantando, durante sus siglos de existencia, y que algunas nuevas corporaciones han ido asumiendo, en la forma de entender la religiosidad popular en la ciudad. Hemos retrocedido en las maneras, y en la actitud, para comprender este gran fenómeno religioso, donde precisamente prima la irreverencia y la falta de piedad y fervor; sobra protagonismo y ganas de sobresalir, aunque sea denigrando al hermano, degradando el sentido litúrgico que llevan implícitas las manifestaciones religiosas y la protestación pública de la fe. Se aplaude mucho y se reza poco. Hay composiciones musicales que serían top trending  en las mejores salas de cabaret que son jaleadas, músicos elevados al olimpo cuando no son más vulgares silbadores, mientras la Imagen Sagrada pasa desapercibida. Hay hermandades que prefieren perder su identidad, la que costó sangre, sudor y lágrimas de sus antepasados, para morir en la peor chabacanería de la imitación a la que ha marcado las pautas en los últimos cien años; hay cofradías que siguen enfrascadas en luchas internas, que quitan y ponen capataces como si fueran piezas de un puzles que manejan, además, a su antojo; hay cofrades que profesan con la mentira para ocultar sus limitaciones, sus pequeñeces, para enaltecer sus miserias. Los cofrades necesitamos despojarnos de estas vestiduras que nos descubren ante quienes buscan argumentos para intentar mostrarnos una fiesta profana, en la que todo vale, en la que nada es importante más que la presunción y la vanidad. Hemos, me reafirmo en ello, de adecuarnos a los tiempos pero sin desasirnos de la Verdad que nos fue legada, una herencia que viene escrita con la sangre de nuestros antepasados, con el esfuerzo y dedicación de muchísimos cofrades anónimos que dejaron hacienda y familia, durante el camino, para mostrar el verdadero rostro de Cristo, que traza sus grafías en la palabra Amor, o acercar el mejor semblante de la mejor de las mujeres, la que fue Bienaventurada porque fue escogida por Altísimo para convertirse en Tabernáculo de Dios, en puerta del cielo y en Esperanza única de los mortales.

            Tenemos que seguir luchando, no ceder ni un centímetro a quienes vienen a sustraernos los mejores sentimientos. Estoy seguro, que entre todos, con la solidaridad precisa y la generosidad consecuente de nuestro credo, con el esfuerzo de TODOS, no solo de unos pocos, conseguiremos recuperar este cielo en que nos quieren quitar, los cielos que no debemos perder. Sigo pensando que está en nuestras manos. Solo tenemos que luchar. Ya lo hicieron los que nos antecedieron y salieron victoriosos. Hemos de informar, utilizar cuantos medios estén a nuestro alcance para conseguir que no nos quiten la Semana Santa de Sevilla. Esperanza, siempre la Esperanza para alcanzar la victoria.Todavía estamos a tiempo.

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2 respuestas a Estamos a tiempo

  1. Luis de Pablo dijo:

    Tienes mucha razón amigo Antonio. A mi no me gusta ir al la lavandería, me gusta lavar la ropa en casa como se suele decir, así que no te daré una opinión concreta por aquí como no acostumbro al hacerlo en redes sociales aunque a veces se me escape, pero todas las hermandades y juntas de gobierno tienen que tomar muchas medidas sobre los integrantes de sus cortejos, y los llamo integrantes porque me da vergüenza llamarlos nazarenos por lo que significa esa palabra para mi. Un abrazo Antonio

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