Aquella Feria I

               5928407Todo se llenó de la alegría cuando la medianoche pego un traspiés y derrapó por la fina ladera de la madrugada. Ciento de miles de bombillas fueron vociferando el gran pregón de la alegría, arrinconando a la oscuridad de esta ciudad de la eventualidad y también de las apariencias, de las ficticias apariencias, de las ostentaciones inverosímiles.

           A pesar de mi juventud, de esta mitad de siglo que me ha revitalizado con el alumbramiento de una visión inédita de la vida sobre las experiencias feriales, no dejo de sorprenderme con esta nueva hornada de jóvenes forofos feriantes. Es esta generación de despreocupados la que deambulaba por las calles de la ciudad, dando bandazos de un lado para otro, cuando la amanecida es ya un recuerdo en la mañana y el sol comienza a dorar los tejados por los alcores. Vienen dando grandes risotadas, con los zapatos llenos de albero, con los bajos de los pantalones arrastrando las inmundicias depositadas sobres aceras convertidas en depósitos de suciedades impunemente vertidas, espreciando la educación y el respeto que merece la gran parte de la ciudadanía.

             Vienen de la Fería, a la que llegan bien entrada la madrugada, cuando los que llevan en su sangre esta hermosísima tradición de alegría y felicidad regresan al hogar para descansar, para reponerse del banquete de fraternidad que habrán compartido, durante la tarde y la noche, con sus familiares y allegados. Estos trasnochadores, que se consideran feriantes, no son más que alteradores de la fiesta, amigos de la involución jerárquica, tal vez permitida o alentada por sus progenitores, que sólo ven en esta actuación una manera de deshacerse de sus vástagos para su propio disfrute. ¡Qué pena!

         Recuerdo las primeras ferias con mis amigos, esas en las que nos fuimos desprendiendo de los lazos fraternales para poner en prácticas las sabias enseñanzas que nos fueron transmitidas durante la infancia. Las citas mediada la tarde para desplazarnos hasta el Real, en muchas ocasiones en el coche de San Fernando, la llegada al recinto, el paseo para descubrir la belleza del paseo de caballos y los carruajes exornados con vistosa guarnicionería. Cantes y bailes –realizados por aquéllos a los que Dios premió con ese don- en las casetas y cuando la noche comenzaba a caer y los farolillos se incendiaban para mostrar la cadenciosa presencia de los paseantes, una vuelta por Real, desembocando casi siempre en la aparatosa y ruidosa calle del Infierno –no le podrían haber puesto mejor nombre-. Retorno a la caseta, bailes por sevillanas, revuelo de faralaes y alguna copa de manzanilla. No había hecho más que comenzar la madrugada y volvíamos a casa. El recinto ferial, con honrosas excepciones, dormitaba, las lonas caían y las pañoletas eran sólo referencias del lugar y añoranza de la dicha vivida.  Jamás nos vimos obligados a estos trasnoches para poder disfrutar de la fiesta, para reír y cantar. Nunca osamos preocupar –porque entiendo que estarán preocupados, con los tiempos que vivimos- a nuestros padres, que ejercían sus derechos cuando alterábamos las costumbres familiares con algún desmán, que de producirse provocaba un “entrañable” diálogo que solía terminar con la “comprensión” de los argumentos que esgrimía el progenitor.

            No logro entender el comportamiento de gran parte de los jóvenes en la Feria, ni a la desvirtualización a la que están abocándola con aptitudes equivocadas, ni a la obstinación por la alteración de los tiempos normales y lógicos de la celebración.

            Veo pasar ahora por la avenida carruajes que van anunciando la alegría con los cascabeles que aderezan sus aparejos y veo risas y satisfacción, contento y regocijo en los semblantes. Esta mañana he visto otra cosa muy distinta y que evidentemente no es la Feria de Sevilla.

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