Aquella Feria II

       8302-casetas-feria-sevilla_large La vida traslada a la caseta. Joder, qué irónico debió ser el que así se expresó. La vida diaria trasladada  a la feria, al recinto donde la alegría se entroniza, donde se esculpen las mejores y más bellas efigies, grandeza sólo asequible a los ojos, émulas de las ninfas que pregonan por las aguas del Guadalquivir la gloria de una diosa paseante, cuando una mujer se enfunda en el traje de flamenca y construye la más hermosa coreografía con el revuelo de unos volantes acariciando el albero, deshaciendo la rutina cuando los faralaes se arremolinan en la cintura.

            La vida diaria trasladada a la caseta. No, por Dios. Que nos dejen en paz durante este tiempo los diteros actuales, esos negreros disfrazados de magos que nos auditan nuestras finanzas sin que se lo hayamos propuesto, que nos oprimen y nos asfixian con sus métodos recaudatorios, que nos persiguen con las cuotas de las hipotecas –oh, gran engaño de esta “sociedad del bienestar”-, que nos acribillan con gastos de esas cuentas que iban a resultar la panacea para nuestra prosperidad, para la seguridad de nuestros hijos y que resultó que no leímos la letra pequeña porque el director de la sucursal se postuló como nuestro amigo.

            La vida de casa en la caseta. No quiero ni pensar que este espacio, en el que buscamos la alegría, compartir momentos agradables, sentir el desvarío de las horas, comentar las cosas de la empresa sin tener que mirar para los lados, reírnos del traspiés de aquel, de la gracia del otro, se vea invadido de improviso, sin aviso alguno, por los niños del vecino tocando la trompeta o gritando despavoridos porque no quieren comer; o peor aún, por alguna cuñada que sólo pronuncia monosílabos y que su mayor muestra de alegría es una mueca daleada de la boca. Me pregunto algunas veces si las comisuras de esos labios no serán pintados o si ha  caído sobre ellos alguna maldición gitana que les impide separarse.

            La vida cotidiana reflejada en las vivencias de las casetas. Claro porque antes de almorzar en casa tenemos la buena costumbre, no digo ya tararear por lo bajini la letra de unas sevillanas de los Romeros de la Puebla, que todavía hay clases, sino de arrancarnos unos bailes que nos abran las ganas de comer, o de revestirnos con nuestra mejores galas antes tomar asiento en la mesa donde, eso sí, nunca falta una buena pitanza a base de raciones de langostinos, de jamón de Jabugo o fuentes de pescaíto frito, que eso de las lentejas, los chicharos o la sopa de fideos son vulgaridades no dignas de nuestra alcurnia.

            Que más quisiéramos muchos que la caseta fuera el fiel reflejo de nuestras hogareñas costumbres, que nos sirvieran la mesa, nos retiraran los platos y no tuviéramos que fregar. Qué más quisiéramos que convertir la vida en esta alegría tan necesaria, tantas veces echada de menos en los comportamientos habituales. Qué más quisiéramos que disfrutar de la belleza que se nos muestra con tanta veracidad, eternizar la convivencia junto a una buena copa de manzanilla y banalizar cualquier preocupación hasta convertirla en una mentira de nuestra razón.

Cuando regresamos de este trocito de gloria, de ese paraíso de ilusión y damos una vuelta a la cerradura de la puerta un vaho de realidad nos golpea y nos traslada a la certeza de la subsistencia. Menos mal que el cansancio se alía y nos engulle. Todo esto me contaba mi amigo Juanjo esta mañana, todavía con albero en los zapatos. ¡Qué verdad tiene! Y allá que se fue, con el paso algo inseguro, a reponerse de ese mazazo. Hasta esta tarde, claro.

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