Aquella Feria III

       589009 Se va abriendo esta mañana de la luz clara y dócil, con la serenidad de los amaneceres de la fiesta. Hay un sosiego inusual, extraño, ensoñado tal vez por la propia ciudad que se recupera del trajín, que dormita porque la vorágine de la alegría ha provocado una eclosión de los sentidos y necesita reposar, que los sedimentos se vayan asentando en el poso de los sentimientos, que estratifiquen y marquen los niveles del gozo.

            Hay pereza en este sol que comienza a bañar los arriates del parque de la Buhaíra, los viejos olivos que guardaron la tristeza de los muladíes, ésos que soñaron ya con este vergel, con el frescor de los aljibes, con el dulzor de la sombra en las tórridas tardes del verano y se desprendían de la calima al amparo del ramaje de los árboles.

Sueña esta primera luz del día con la memoria que se asoma tras la torre de la Iglesia de San Bernardo, mirador excelso desde el que se observa la gran explanada donde en otro tiempo se instituyó la efímera ciudad de la alegría, de la dicha envuelta en un halo de sencillez e hidalguía, donde los hombres gozaban en la majestuosidad de una caseta, arquitectura perecedera sabedora del vencimiento del tiempo, de la amistad y la dicha.

Sobrevuela esta soledad de la primera mañana, donde las horas parecen detenerse para respirar el aire que transporta la nostalgia de los farolillos derrotados por la memoria, de las bombillas que alumbraban la portada que recibía la mirada inocente de un niño asombrado por la mayestática construcción, de la mesas tableadas que  se presentaba como bien inaccesible para muchos, de las sillas de tijeras dispuestas en columnas para ser abatidas y desordenadas en el albero recién regado, compactado para simular un tapiz natural construido para el baile popular.

Es esta luz de la primera mañana la misma que doraba las pañoletas que Bacarisas concibiera para uniformar el Prado, para engalanar la paleta visual que se podía contemplar desde la calle San Fernando; la misma luz que hacía bostezar los toldos cuando se abrían para airear la condensación festiva que se contenía en el interior y el multitudinario vaho comenzaba a recorrer las calles del Real hasta diluirse en la flora del parque de María Luisa, en los acantos de los relieves y murales de la plaza de España, en los bancos de ladrillo del Paseo Colón que bordean la ribera del río, ladrillos que guardan la reminiscencia pueblerina que se asentaba, con sus fiambreras y sus botas de vino dorado, para reponer fuerzas y posibilitar el paseo por la ilusión que se había dibujado, con los trazos de Martínez de León, en la mente de los vecinos y que habían transmitido con la brillo en los ojos, como los primeros cristianos descubrían a sus hermanos los prodigios y milagros del Carpintero de Nazaret.

Es ésta primera luz de la mañana la que nos trae el recuerdo de aquella Feria en la que la memoria estaba aún por empapar de las vivencias, por inmovilizar en la mente las imágenes que ahora retornan con los dóciles rayos que van separando las sombras de la tierra, apartándolas de la cal de las paredes, desentrañando la evocación de los estridentes sonidos –mágicos sonidos del Hamelin sevillano- que nos llegaban para alertarnos de la presencia de las calesitas.

Llega esta luz de primavera para advertirnos del imperio del tiempo, de su poder, de su magia y gracia que conlleva la felicidad de muchos poniendo, fronteras al resto de la dicha. Ayer es hoy en esta luz que va traspasando el sueño de la Sevilla feliz, del encantamiento de su alma hasta la consecución de su alegre exultación.

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