Tradición que el tiempo ha roto

           cruzdemayo20142Ya hace muchos años. Entonces las radios llenaban las estancias anunciando primaveras festivas, días de ilusiones que renovaban las alegrías en el espíritu porque significaba la recuperación de la memoria, el único legado que recibíamos quienes no habían tenido la suerte de nacer en familias de abolengo, o habían sido sorprendidos por la fortuna. Era un tiempo inocente, entendiéndose la inocencia como falta de maldad, pues muchas de aquéllas se habían instruido en la universidad de la vida, doctorándose con matrícula de honor. Luchadores que se habían visto absorbidos por la vorágine de los vencedores de una guerra cruel e inmisericorde.

            Aquella gente compartía sus miserias y departían sus escaseces con la misma generosidad y la misma presteza que lo hacían sus antepasados. Vivian sus existencias sin la particularidad de la privacidad pues hasta aquello les habían sustraído. No soñaban más que con poder subsistir y lo hacía hasta con cierto grado de felicidad.

            En mayo, cuando en las macetas renacían los colores y las flores anegaban los tiesto y disimulaban la pobreza del barro frente a la cerámica de los patios señoriales, se adecentaba el patio, el lugar comunal donde se interpretaba la obra de la vida diaria, y los mañosos, que siempre había quienes disimulaban su ociosidad con la ínfulas de la colaboración, levantaban en el centro una gran cruz floreada y a su alrededor los vecinos participaban de la fiesta, de la mejor manera que les permitían sus labores y sus cansancios, cantando y bailando, comiendo y bebiendo en una socialización festiva pues cada familia aportaba lo que podía. Como todos se conocían y sabían de las estrecheces de algunos, incluso para el necesario sustento diario, se dispensaba a quienes no podían contribuir e incluso se les entrega el resto de la comanda, siempre con la gallardía de no hacerles sentir la oprobiedad de la caridad.

            Los niños confeccionaban, con listones y restos de madera, remedos de los pasos que habían visto durante la semana santa, estructuras tan efímeras como frágiles. En las mayorías de las ocasiones se descuajarijaban y los infantes desandaban sus pasos y regresaban al corral de vecinos con la sensación frustrante de no haber cumplido su estación de gloria, después de tantas horas de trabajo, de rebuscar puntillas y tornillos con los que asegurar las andas, mientras que sus familiares intentaban consolarlos con gaseosa o zarzaparrilla. Y aquel mismo día se conjuraban para construir uno, mucho más sólido y fuerte y al que ornarían con purpurina y flores naturales, sueños de niños, ilusiones de pandillas que jamás se vieron completadas porque siempre, siempre la necesidad se superponía a las quimeras. Pero disfrutaban con aquellas construcciones que sacaban a la calle, sin más pretensión que la del disfrute y con el aturdimiento de los vecinos que debía soportar los redobles de un tambor de hojalata.

            Ayer retornaron los hitos de la felicidad. Me sentí, recordando el relato que mi madre hacía de las cruces de mayo de su juventud, que yo sentí y participé durante mi infancia. Digo que me sentí dichoso porque, asómbrense, contemplé como un grupo de jóvenes, no mayores de catorce años, realizaban un ensayo con unas andas, que ya quisieran muchas cofradías poseer, para sacar una cruz de mayo. Cinco trabajaderas, dos capataces, cuya edad sobrepasaba los cuarenta años, imponiendo un rictus de seriedad que ya quisiera el Silencio, tres contraguías y un equipo de música que contaminaba acústicamente el ambiente, con marchas de Virgen de los Reyes, porque el día de la salida llevarían una agrupación musical muy parecida, resarciendo con sus acordes el espíritu costaleril. Por cierto, cuadrilla con su correspondiente relevo. Cerca de cincuenta jóvenes, todos serios y perfectamente uniformados para el cometido.

            ¿Hemos perdido el norte? Mucho me temo que en ello estamos. La desvirtualización de una tradición donde primaba la improvisación y la alegría venía de la mano de la magia, de la participación en la construcción del pasito. Les estamos sustrayendo la memoria que debíamos transmitir. Demasiada responsabilidad para quienes debieran participar de la distracción y el júbilo, de ser ellos los verdaderos protagonistas. Me sentí dichoso mientras me alejaba de aquella adulteración de la sentimentalidad y la tradición. Gracias a Dios quedan reductos de niños que juegan a ser costaleros y que no sortean la infancia. Me gustan las tradiciones limpias, sin imposiciones ni imitaciones, que después pasa lo que pasa, porque se comienza a banalizar lo realmente importante.

            Cada día me regocijo por haber tenido una niñez y haber disfrutado de las cosas propias de la infancia, de haber podido parcelar y disfrutar de las cosas precisas en cada época de mi vida, sin saltos de pértigas en el tiempo. Cada día me siento más orgulloso de la inocencia que conocí y de las tradiciones que me inculcaron.

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