Jesús Hermida y la luna

         .Aún recuerdo aquella noche. Hacía un calor tremendo que los vecinos, que habían quedado para ser testigos, a través de la televisión, del mayor hito histórico desde el nacimiento de Jesús, intentaban sofocar con un ventilador, de apenas treinta centímetros de diámetro, que lo único que conseguía era distribuir, con mucho más acierto que la naturaleza, el aire caliente por habitación y mitigar la impresión de agobio durante unos segundos, los mismos y justos que la rotación del artilugio procuraba en las espesuras grasosas de los cuerpos presentes. Había quién agradecía aquella ficción del descuido de la sensación  térmica, un engaño simple de la mente, pues las dimensiones de la estancia gravaban, muy considerablemente, los ahogos y los suspiros que evacuaban con intención de recuperar el resuello. Recuerdo cómo estuvimos, mis amigos y yo, estirados sobre la recalentada superficie de la azotea, boca arriba, con los ojos fijos en el universo, y milagro fue que nuestras espaldas no se desollaran con el calor retenido entre las lozas de barro que cubrían toda la superficie, o que la piel quedase adherida a ella. Desde el ocaso, nos convertimos en ocupas de aquel lugar, con la preclara intención de descubrir, ¡a simple vista! y vencidos por la inocencia que manejaba nuestras edades, cómo el hombre, en su tremenda ansiedad por conquistar el espacio, expandía su imbecilidad a la luna. Pero no vimos nada, absolutamente nada. ¡Qué íbamos a ver! El satélite se nos presentaba igual. Blanco y radiante en la oscuridad cósmica. Ni siquiera con los anteojos de Ángel logramos apreciar nada diferente a lo que contemplábamos cada día.

            La retransmisión televisiva anunciaba más que demoras en la llegada de la nave al Mar de la Tranquilidad, el lugar donde debía alunizar la cápsula con los tripulantes que marcarían el hito de caminar por un terreno por el que ningún humano lo había hecho jamás. Mis amigos fueron vencidos por Morfeo y pasaron a yacer en sus brazos. A pesar de lo intempestivo de la hora me fue permitido quedarme en aquella habitación oscura bombardeada por los destellos que manaban de la pantalla del televisor. A duras penas logré vencer al dios del sueño y me aposté frente a la mesita en la que descansaba el aparato mágico, que era como lo definía Manuela, la vecina escéptica que siempre ponía en duda los fundamentos científicos que hacía avanzar a la sociedad española, estancada en los miedos de sus pasados cainitas. La mujer mantenía que aquello no podía ser verdad, ni guardar ningún vestigio de autenticidad, porque ningún artefacto, por muy americano que fuera, podía traspasar las lindes del cielo y llegar donde vivía Dios. Aquellas ocurrencias de la pobre mujer hacían reír a los hombres. Luego estaban las disputas de Ángel, que presumía siempre de sus conocimientos científicos ante la ignorancia en la materia del resto, y Juan que no se ponían de acuerdo en la veracidad de las imágenes, no porque el hecho no llegara a ser cierto, sino porque era tanta la distancia que ninguna cámara podría llegar a retransmitir las imágenes de la llegada del hombre a la luna. En esos trances se encontraban cuando por fin su voz anunció la inminencia del hecho, y procuró un silencio en la estancia, entre la admiración y la sorpresa de los presentes, que centraron toda su atención en la figura que detallaba las escenas históricas. La cadencia barroca de su discurso, impuso el silencio entre los hombres, que presenciaban las imágenes con una fijeza inusual, una calma rota por las sonrisas del grupo de mujeres que se habían apostado en el salón para hablar de sus cosas y cotilleos, y reírse con las ocurrencias de Manuela.

            Era la voz de Jesús Hermida, el primer corresponsal de televisión española en Nueva York, que desde Houston narraba el primer paso del hombre en la Luna. Lo recuerdo hoy con dolor, con mucho dolor, en este día en el que ha fallecido, dejando huérfana a esta profesión donde las palabras son esenciales. Jesús Hermida ha sido un referente para quienes, con la torpeza con la que Dios nos ha investido, aspiramos a contar cosas.

            ¡¡Observen, observen, como Neil Armstrong posa su pierna izquierda donde ningún hombre lo ha hecho aún!! Sus palabras son el mejor testamento. Se ha ido uno de los comunicadores españoles. Un fervoroso creyente de la verdad y de los medios de comunicación. En una conferencia que impartió en Madrid, la concluyó diciendo una de las cosas más hermosas que he escuchado: “Quiero y anhelo que me quieran para no morirme”.

            Todavía recuerdo aquella noche en la que Jesús Hermida nos plasmó la llegada del hombre a la Luna, descifrando con sus palabras las borrosas imágenes del hito.

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