El Niño de la Costanilla*

            IMG-20150509-WA0001Estaba el cielo como siempre, prendido en el azul que los siglos vienen marcando, en ese añil diluido por un tul que somete al calor primero de la tarde, que lo encarcela en la lúgubre estancia del frescor para enseñorear las fachadas con el dorado que es vencido, que es lustrado por batihojas que tienen sus nombres perpetuados en la corte angelical que se desvive por Ella. Estaban las sonrisas arando los espacios para transmitir la gran alegría que venía dibujando con la serenidad que impone su rostro, la calma de la Madre que conoce el fin, el anuncio de los profetas que preconizan que una espada de dolor atravesará su corazón y que ahora desprecia porque también sabe de un anuncio que la proclamó como Bendita por las generaciones, como La que contiene todas gracias, y que aceptó sin ningún temor porque era el mismo Dios quien la llamaba para convertirse en el tabernáculo que se anuncia en la única puerta del mundo por la que se accede al cielo.

            Venía el tiempo disimulando su transcurso, ignorado por los ojos que se llenaban de lágrimas desde un balcón o traspasaban las tibiezas cristalinas de los cuarterones de un ventana donde la penumbra casi monástica se adueñaba de los espacios de un salón, por los silencios que son clamores cuando se enfrentan las miradas y reviven los recuerdos, los instantes que se iniciaron en la infancia tan lejana, en los momentos que se proclamaron en la juventud jubilosa, siempre a sus plantas, con un trasfondo sinfónico de metales, de instrumentos de vientos y percusiones acompasadas que conducen su caminar mientras derrama sus Gracias, mientras va recogiendo, en los pliegues de su manto, en el celeste ajuar que la recubre de la Gloria, las solicitas oraciones que demandan la Salud, el bienestar o el descanso para quienes ya disfrutan de la sonrisa que se adhiere a la memoria.

            Soñaban las claridades minúsculas con la emoción que retiene, jubilar y gozosa, el Niño que reparte quimeras por la Costanilla, que expande su alegría en las emociones mejores, las que se arraigan al alma para convencernos de que la felicidad es tan alcanzable como lo son designios. Este Niño que juega con el amor para vencer nuestros temores nos convence con el discurso de su alegría; este Niño que transmite la sensación de dicha, abriéndonos el corazón a los azules del cielo que contempla, cuando nos aturde con la inmensidad de su pequeñez; este Niño que va elevando nuestras súplicas al Padre, que va esquivando las nubes para mostrarse al Dios que todo lo puede y todo lo vence, hizo felices a quienes sólo tienen, entre sus escasos méritos, la dicha de proclamarse hijos de la Esperanza. Este Niño, que nunca duerme para seamos capaces de conciliar el sueño quiénes nos vemos vencidos por los pecados del mundo, nos conmovió en la tarde de ayer, cuando rasgaba los velos de las horas vespertinas, y proclamó que la bondad vence dificultad, que la sencillez  es virtud esencial para ganar el Reino de Dios, su Reino, que las emociones deben primar sobre los intereses y que la amistad es el mejor regalo que nos ha sido concedido.

            Quiso el destino premiarnos con está dádiva que va implantar en nuestros corazones la seguridad y la certeza de su protección. ¿Dónde tu victoria miedo? No somos los mismos desde ayer. ¿Verdad Eduardo? ¿Verdad Esperanza? Ahora verificamos que cuanto nos relataban, que cuanto nos referían, no venía marcado por la presunción ni la conveniencia. Las palabras estaban signadas por una verdad inconmensurable. El Chato, aquí la irreverencia no tiene ninguna opción porque viene inmersa en la protestación de amor más sincera, portó la medalla que cuelga de mi cuello desde hace treinta años, el único abalorio que soporto, porque me vino legado por la mujer que quiero, y que me recuerda que un día tuve la inmensa fortuna de sentir, sobre mí, al Cristo que se refleja en los ojos del Niño de la Costanilla, y que soportó la más grande e injusta Sentencia para otorgarnos, a quienes constantemente solemos renegar de su Poder, la más grande Virtud que el hombre posee: la Esperanza, algo que reviví cuando la Virgen de la Salud se detuvo ante nosotros para entregarnos la sonrisa y la ternura del Niño que mira al cielo y que sonríe para expandir, desde la Costanilla, el mensaje y la proclama del amor de Dios.

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