El reencuentro de Julia y la Virgen Esperanza

JULIA 0097Ayer vivimos algo sustancialmente extraordinario. En algunas ocasiones no hace falta más que la sencillez para poder disfrutar de las mejores cosas de la vida. Y una de ellas es ser feliz, fugazmente feliz, con los amigos, con las personas que se acercan a nosotros sin mayor interés que el de compartir una sonrisa, saborear una cerveza y departir en la sobremesa, sin alharacas ni algazaras ficticias, sobre las cosas menos importantes del mundo, que las transcendentales casi siempre vienen alteradas con sinsabores y amarguras. Reír es una gran vía de evasión. Y eso fue lo que sucedió ayer en la celebración del bautismo de Julia, nuestra princesita Julia. ¿Se acuerdan de ella? Sí, esa niña que tuvo la inmensa suerte de alcanzar el mundo de los elegidos, de los privilegiados, que han visto a la Virgen y la reconocen luego, de inmediato, en el semblante que se asoma al precipicio devocional de un camarín argénteo, de un cubículo celestial, desde dónde expande al mundo la mejor Virtud, desde donde sus Gracias mantienen en vilo los sentimientos de los hombres y mujeres que acuden a Ella para recuperar o asentar la paz. Y ayer fue el reencuentro. Habían compartido juegos durante sus sueños, porque Julia a pesar de sus padecimientos, nunca tuvo pesadillas. Estoy seguro porque durante aquellas larguísimas y durísimas jornadas, durante aquellos días de esperas interminables y rezos acompasados, de horas eternas y amaneceres tardíos, siempre esbozaba una sonrisa, dibujando un halo de alegría que enseguida contagiaba a Carlos y Natalia, sus padres.

            La luz del mediodía se quedó en las puertas de la Basílica cuando la princesita entró y una onda sonora recorrió aquel espacio bendecido por la presencia sustancial y real de Dios, de la serenidad y equilibrio redentorista del Cordero rendido a la Sentencia de amor que se muestra en sus manos, alegrándose por el reencuentro. ¿No percibisteis la quietud que amansa el espíritu, no os anegó el corazón una extraña sensación de placer y tranquilidad? ¿No os visteis sorprendidos por la dulzura de una voz que se manifestaba y taladraba nuestros sentidos, alegrándose por el reencuentro? ¿No acertasteis a descubrir la sonrisa que nos advertía de la dicha por llevar a la casa, donde toda bondad reside, a la pequeña Julia? Una madre siempre agradece esos gestos, siempre se alboroza y abraza con ansías, siempre sonríe con el retorno de sus hijos predilectos. Y Julia, a pesar de sus seis meses, se mostró serena, inusualmente tranquila. Julia sonrió apenas Natalia atravesó el dintel del templo y fijó en sus ojos que dieron siempre luz, que alejaban la oscuridad en los días de lucha y aquellos que tan bien conocía, en aquellas manos que extendieron el bálsamo de sus caricias y en aquella sonrisa que allanó las irregularidades que presentaba el campo donde libró su batalla, donde se irguió, poderosa y segura, cuando alcanzó la victoria; en aquel rostro hermoso que destempló el vértigo del miedo y ofreció un horizonte resplandeciente, lleno de amor y alegrías.

            La Virgen no tuvo dudas, ni se preguntó quién la había tocado que hasta Ella habían llegado sus gracias, quién se acunaba en su manto para mostrarle el agradecimiento, la gratitud por haber hecho felices a sus padres y a todos aquellos que dieron el paso al frente, que se posicionaron en la primera línea de combate y unificaron sus oraciones, que son la mejor moneda con la que se pueda pagar a Dios y a su Bendita Madre, para poder abrazar a la niña. La Virgen supo que Julia aparecería por aquella puerta y la recibiría en sus estancias reales, porque las amigas mantienen esos tratos. A los demás solo nos corresponde soñarlos e intentar obtener la gracia, la gran dicha, de seguir siendo sus servidores, lacayos de la Esperanza, que no es poco.

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