Votar: La verdad imperecedera de Silvio.

SilvioHace ya mucho tiempo, tanto que da vergüenza recordarlo. Corrían los años últimos de la década de los ochenta. No era la de Madrid, pero en la ciudad de la gracia, en esta Sevilla nuestra milenaria, donde hundieron sus raíces las principales culturas que han dado lustre y miserias, glorias y fracasos, se había conformado una movida hermosa y con inquietudes extraordinarias que a veces se consumía entre cervezas, bourbon o whisquies nacionales que se hacían pasar por escoceses. La mitología de la movida sevillana consagró algunos lugares que han quedado en la memoria de los jóvenes de entonces y que hoy son adustos empresarios, formales funcionarios o simples parados, víctimas de sus propios ideales.

Uno de aquellos lugares esenciales, donde las tendencias últimas se congregaban, fue el Amor de la Calle, un establecimiento heroico que supo aglutinar los instintos culturales de la época pre exposición universal. La vida era reto que había que superar diariamente, por ello lo vivían como si fuera a terminarse el mundo en la misma jornada, escuchando a Los Picapiedras o Baldomero Torres y sus Cuchillos afilados, grupos que ponían banda sonora a las paredes del local de la calle Gerona, dándose la curiosidad, que a pocos metros, en la esquina con Santa Catalina, se encuentra el emblemático Rinconcillo. En el Amor de la Calle veían pasar las horas de la madrugada aquellos jóvenes que querían cambiar el mundo, que soñaban con participar en la revolución que habíamos comenzado, los de mi generación, una década antes. Entre los frecuentes de aquel emblemático establecimiento, confundido con el embrollo de sus propios convencimientos sobre la eterna juventud con la que había sido agraciado por la divina providencia, se encontraba Silvio que se acodaba en el mostrador y se adueñaba del minúsculo espacio desde el que dictaba sus encíclicas, siempre maravillosas, siempre singulares, siempre envueltas en un halo de misticismos pueblerino ante una audiencia jocosa que oía, con expectación, sus discursos. Silvio simplemente manifestaba sus propias esencias, sus doctrinas vitales, que se manifestaban bajo el efluvio esópico de una retahíla de Jack Daniels, en el mejor de los casos y cuando era invitado por la dirección del local, o de sus coñacs nacionales, que era su consumo preferido. Para entenderlo baste señalar que siendo sevillista enfervorecido, no ultra como se entiende hoy, dedicó uno de sus temas más sonados, un himno emblemático, al eterno rival, al Betis.

En una de sus épicas manifestaciones, envuelto por las sombras del Amor de la Calle, y entre las euforias etílicas, le oí una de las más grandes verdades que se han pronunciado. Testigos, los parroquianos del bar. Con la solemnidad que le proporcionaba sus tremendas borracheras, dictó una clase de política hermosísima, envuelta en las verdades que comparten con los niños quienes embadurnan el alma y el estómago con el alcohol. “Este país en una mierda como el sombrero de un picaó. Vamos a votar como borregos a quienes nos van engañar y ojo que llegarán a robarnos”. Tras una pausa que vino provocada por un largo trago de coñac y un momento de suspense por su bamboleo en el taburete en el que estaba sentado, retomó su discurso para sentenciar, fijando su mirada perdida en un punto indeterminado de su universo, “pero hay que votar que tenemos los humanos para dignificarnos nosotros mismos”.

Veinticinco años después siguen vigentes las palabras de este genio que era incapaz de compartir ideales con curas y sin embargo era un cofrade empedernido. No solo siguen vigentes sus pensamientos sino que hemos perdido la ilusión por la degeneración política y de los valores. Sólo nos queda la dignidad de la libertad, la posibilidad de engañarnos con los sentimientos. Por eso hay que votar el próximo domingo para que al menos, quienes nos van a gobernar, quienes nos venden humo, conservemos la grandeza de sentirnos válidos y sentir la dignidad correr por la sangre, ya que algunos políticos desconocen sus existencia.

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