El Betis y la ilusión

o_betis_fondos-22737271No sigan buscando la emoción. Se ha escapado de una celda que fue incapaz de contenerla cuando el aire llevó la gloria del triunfo, cuando se fundió con los suspiros hasta adentrarse por los resquicios de ese hormigón del olvido que se resquebraja apenas la pasión se convierte en ariete y es capaz de derribar las más altas murallas, los más gruesos muros, de traspasar la espesura propia de la peor condición. Se ha extendido por toda la ciudad. En las esquinas se concentran los mejores recuerdos y se asientan las mejores sensaciones. El tiempo es la diferencia. La emoción es la misma. Es esa sensación extraña que conmueve los sentidos y altera los pulsos, que remueve las entrañas y acrecienta la nostalgia por quienes compartieron aquella felicidad que ahora les desborda, por quiénes transmitieron el sentimiento que es capaz de confundirse con la oración cuando se grita el nombre y que ahora agrieta los cielos donde habitan. No hay mejor triunfo que el cuesta conseguir con un esfuerzo denodado. No hay mayor ventura que la que se adquiere tras atravesar el alma la lanza de la pesadumbre. No hay parto sin dolor ni alegrías que no vengan aderezadas con el sinsabor de la aflicción.

            No sigan buscando la emoción. Porque ha partido en busca de nuestros corazones, a teñirnos el alma con la grandiosidad de un suspiro que llega preñado de las firmes convicciones que nacieron desde el amor, desde la pasión, desde la sencillez que nos hace fuertes, que nos endurece ante la adversidad, que nos reviste de una coraza para protegernos de los miedos que surgen de la indiferencia. Aquí nada es indiferente. La estoicidad queda abrumada por unas lágrimas que ruedan descubriendo las facciones de la alegría, que rompe la monotonía del desdén y aceleran los entusiasmos hasta convertir en vértigo las euforias.

            No sigan buscando la emoción porque se ha conferido en una celda para prenderse de los corazones que los mantienen cerca, de los pálpitos que señalan las ínfulas de la grandeza nunca perdida, de esa nobleza que se entreteje cuando las manos de padres e hijos se funden y ya son esencia misma del beticismo. Ha queda huérfana la pena y las aflicciones huyen despavoridas ante la avalancha verdiblanca que viene ondeando el aire por la dársena del río, por los parterres que anuncian el parque, por los arrayanes que delimitan un singular paraje donde las voces confunden los tiempos, donde el eco de los siglos cantan las salmodias que los hacen únicos porque destierran la pobreza del alma, esa tristeza que intenta siempre anegar los campos  donde se siembran las ilusiones verdiblancas, donde se elevan los más bellos juncos hasta convertirse en barras indestructibles.

            No sigan buscando la ilusión porque hoy está con nosotros. Enredándose en ese escudo que nos embarga en la nostalgia, en el emblema que mantiene en vilo los sentimientos de hombres que se convierten en niños, en niños que comienzan a dar sentido a cuanto ven, a percibir el primer repeluco que confiere la emoción, a compartir sus alegrías, a forjarse en la tremebunda dureza de este sentimiento que eriza el vello y sustrae la razón para convertirla en mito, a desbocar sus corazones después del sufrimiento, eso que nos ha hecho fuertes, eso que nos ha convencido de que ser béticos no es una condición es una heredad tan hermosa, tan sublime y tan extraordinaria que supera la condición humana hasta convertirla en gloria.

          No sigan buscando la ilusión. Esta enmarcándose entre las trece barras verdiblancas, en ese delta que remata la excelsitud de la corona, para fundirnos en el recuerdo, con el duro pasado que ha ido delimitando un carácter especial, sincero, sencillo, humilde y paciente. No hay nada más importante que gozar de las cosas minúsculas, de esas partículas que van meciéndose en el aire y que nos dotan de la felicidad necesaria para dormir tranquilos, esbozando una sonrisa que tiene las reminiscencias del espíritu de sus fundadores.

            No sigan buscando la ilusión porque está prendida en el brillo de unos ojos, en el aire que nos alimenta con los gritos acompasados, poniendo banda sonora a la emoción  que pregona el sentimiento que recorre los espacios, a ese canto que queda prendido en la memoria, como homenaje a quienes fueron, son y seguirán siendo béticos, por la gloria de Dios y de unos padres que transmitieron las hazañas que hicieron glorioso y eterno a este club, los de los campos de pueblo, los de la primera liga, los que vitorearon al primer equipo andaluz en la primera división, los que viajaban en camionetas sin perder un ápice de la gloria que llevaban con ellos, los que ondeaban banderas cuando se descendía, los que lloraban cuando se ascendía. Para ellos este ensueño, esa alegría de ayer porque es esa ilusión la que perfora los sentidos y hoy se cuela por los resquicios del alma, taladrando el aire con el canto de siempre, pase lo que pase, frente a la alegría o la adversidad: “Beeeetis, Beeeeetis”

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