Dionisio no es un dios griego

DJ4236LHabía una bodega en Almensilla donde se destilaban los mejores vinos de la tierra, donde las esencias alcohólicas tenían un cenit, donde se prensaba la uva temprana para obtención de ese primor líquido, que tiene trasfondos de oro y trasluces de atardeceres primaverales, que es el mosto. Era una pequeña nave donde los efluvios se mostraban intensamente al olfato, apenas se traspasaba el primer dintel de una puerta, y ya se teñía el ansia por degustar aquel manjar del que ya disfrutaban los tartesos, después los fenicios, luego los romanos, los árabes se lo perdieron, para ser recuperado por las huestes cristianas que fueron reconquistando estas soleadas tierras, que me huele a mí que tan bravos combates y empecinadas lides, estuvieron motivadas por el mero hecho de saborear las primicias etílicas de los mostos y vinos que ofrecían las vides andaluzas. Dionisio no era un dios griego, era un tabernero de mandil blanco ajustado a la cintura, que expendía el mismo vino que pisaban sus piés, primero en el Aljarafe y después en un pequeño local, de angosturas y estrecheces, de madera barnizada estucada sobre los barriletes y bocoyes que hacía las veces de mostrador, en las lindes de la calle Relator, adonde acudían el viejo barbero, Pepico el de los caballitos, Juanito la Malvaloca y otra grey destacada y prominente que se recluía en este monasterio del private –que no era la revista erótica precisamente- para degustar consuetudinariamente el brebaje que producía en los alambiques de la bodega de Almensilla.

            Muchas mañanas de domingo, cuando los rigores del frío iban dejando paso al agradable candor del sol tibio de invierno, ascendíamos mi padre y yo, bordeando las riberas del río Pudio sobre aquella vespa en la que nos trasladábamos, hasta las fronteras campestres que delimitan el Aljarafe de la campiña, buscábamos el sendero que nos acercaba a la vieja bodega. Rellena la garrafa de mosto, volvíamos a recuperar el camino y bajábamos por la vieja carretera de Palomares hasta desembocar en San Juan de Aznalfarache, tomar el viejo puente de hierro –desde donde se podía contemplar los inmensos naranjales de la dehesa de Tablada y la orilla del Guadalquivir acariciando los robustos troncos- y acceder a la ciudad por el nuevo cauce del convento de los Remedios. Entonces parecía que las distancias se prolongaban en el espacios y el tiempo en recorrerlos eterno. La vieja garrafa, protegido el vidrio por aquella rejilla de mimbre, era recibida con algarabía en estrecho tugurio. Dionisio, no el dios, si no el tabernero, había preparado unos sábalos en adobo y unas papas aliñás que tenían su fin predeterminado. Se escanciaba el mosto en el juego de cañas, repartidas y perfectamente dispuestas en el sostén metálico y dorado de la cañera, el oro atemperado y líquido confundía el rubor de su color con los viejos barnices del mostrador.

            Era el tiempo que venía a descubrir las esencias, a licuar la convivencia en el calor del mediodía de un domingo de invierno. Como el de ayer, luminoso y cálido, de suelos dorados y apuntes de brotes en las ramas de los árboles que ya pregonan la templanza del ánimo, la serenidad que se amasando en el espíritu hasta conformar un glorioso esqueje, que verdeará en el amanecer de un viernes. Un domingo cualquiera era motivo para la reunión, para tomar aire y recordar que la vida es un soplo, un pasajero y liviano soplo. Desde Almensilla a Sevilla llegaba el aroma del brebaje místico que adormece los impulsos peores y promueve la concordia. Tengo que volver al pueblo y recuperar esas mañanas. Es una necesidad retornar para experimentar la alegría de lo antiguo, para descubrir la inmunidad soleana que se perpetúa en los campos de aquella vieja alquería. El arrullo de aquellos tiempos promueve la retención que hace vibrar el ánimo. Dionisio y sus huestes han huido al lagar azul construido en  los cielos, el lugar y los paisajes, habrán cambiado, pero la memoria los hace inalterable en la historia de las cosas pequeñas y cotidianas que son con las que se escriben las grandes obras de la humanidad.

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