No hay ausencias en la Esperanza

            función_07La luz última de la primavera revestía las almenas y enlucía las fachadas blancas que se orillan por la Resolana y enaltecía las almenas y las torres que son testigos de siglos de la grandeza que anida en este barrio donde la memoria tiene asentada todo su esplendor. El arco, ese que es puerta del cielo, porque se accede por él al edén donde reposa Quién es tabernáculo de Dios, es atravesado por las miradas que buscan el grato frescor de los viejos mármoles que aderezan la entrada al templo. Hay una ilusión nueva que sustituye a las anteriores. Aquí el tiempo carece de valor y las horas son prisioneras en la quietud de un rezo o en la sublimidad de un secreto, de una charla que confiere solo a quienes la profesan y a Quién la escucha.

Las campanas voltean y sorprenden al aire con su llamada. Convocan, como lo hicieron ayer, como lo harán mañana, al amor que nace en el corazón de la gente que vio la luz primera en la Macarena, que no son solo los que nacieron orillados a la memoria de las huertas, de las calles que rodean el templo, de las casas que serpentean por este zoco de locura, buscando la intimidad de las sombras, en verano, o la serenidad del calor en las mañanas de invierno. Los que vieron la luz, que se irradia al mundo desde este templo que es Basílica donde se recauda la ilusión y la alegría para soterrar las miserias del alma humana, son aquellos que descubrieron que la verdadera dimensión de sus vidas radica en la Esperanza que transmite la Virgen; es la luz que llega desde lo más profundo del sentimiento para enredarse en el espíritu y hacer que la existencia y el entendimiento, la razón y la utopía, se concentre en el universo que se esconde en el entrecejo de la Vecina más antigua de la Macarena.

Emplazados quedamos, cada treinta y uno de mayo, a recuperar la memoria; la nuestra y la de quienes nos antecedieron. Nos sorprende esta nostalgia que advertimos en la misma Virgen. Huimos de los convencionalismos que nos marca la rutina para alegrarnos de este convencimiento que nos hace grandes en la singularidad, que promueve sensaciones, siempre nuevas, y nos esclaviza en la locura de la procesión del recuerdo, una peregrinación de medallas ungidas por los años, de cordones que han quedado oscurecidos por las lágrimas que se vertieron sobre ellos porque quienes nos la impusieron ya no nos acarician aunque tenemos la seguridad que están pugnando, en los balcones del cielo, para coger el mejor sitio en este día que huele a gloria y sentimiento macareno. No falta nadie. Están prestos a comulgar y a compartir las risas y la felicidad de la que participaron hace cincuenta y un años. Se asoman a la añoranza y nos ganan en dicha porque están cerca de Ella, mucho más que aquel día que se vistieron con su mejores galas, aunque no era mañana de viernes santo, y se cogían de los brazos para enorgullecerse de su origen, de la estirpe que dio todo por Ella, que dejaron sus abalorios en las sienes de la Virgen para que siempre fueran la misma memoria, la misma esencia que se pregona desde hace siglos que tomó forma de corona.

En la Basílica, cuando se recuerda que la Virgen está entre nosotros, coronada por el amor propio de la gente de la Macarena, no hay ausencias, ni falta nadie. Están quienes tienen que estar, acogiéndose al fundamento de amor del recuerdo, a los rostros que fluyen, de los ojos, con cada lágrima. No hay distancias en el tiempo que puedan con la memoria que vive en Ella, ni hay soledades que no venga prendida en la bulla de los sentimientos, de las sensaciones que fluctúan por las calles del viejo y humilde barrio, hasta postrarse a las plantas de Quién rige el destino y conduce nuestros caminos.

Cincuenta y un años desde que fuera coronada por la Iglesia. Ciento dos años desde que su gente, la de mandiles y moños, la de las plazas, las cuarteladas y las huertas, las de las casas de vecinos y las señoriales, proclamara como Reina y Soberana a esta Niña que siempre cumple diecinueve años, por más que los siglos se obstinen en perseguirla y terminen muriendo a sus pies, y nunca, nunca se cansa de recordarnos, que nuestra memoria, la de todos los macarenos, ya habita con Ella, que es tabernáculo de Dios y Esperanza única de los mortales.

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