De himno y banderas

           banderaespac3b1a-ondeando2 No es de extrañar que los medios de comunicación europeos, y algunos americanos, se hayan hecho eco del bochornoso hecho acaecido, en el Nou Camp, con motivo de la celebración de la final de la Copa del Rey de fútbol, que disputarían el Atlético de Bilbao y el Club de Fútbol Barcelona. Y digo que no es de extrañar porque en sus conceptos patrios no cabe una manifestación tan notoria y desagradable contra de los sentimientos nacionales. Claro que estamos en el país donde se tergiversa la historia según convenga a sus provechos. La ignorancia está campando entre quienes sólo atienden al campo de visión que alcanzan con las orejeras que le han puesto. El objetivo rigor de la historia, y de sus inherentes valores, no tienen cabida para quiénes solo quieren hacer prevalecer sus propios intereses, para aquellos que ya guardan memoria y  prefieren construir una nueva.

            En cualquier país civilizado, y no civilizado también, se mantiene en alta estima personal el concepto de unidad patria, que no tiene por qué ser utilizado por un sector caduco de la ciudadanía, pues es valor que acoge a todos. Hay lugares donde está penado expresarse contra los símbolos de la nación y ni siquiera se permite, aún cuando el ideario de sus ciudadanos sean contrarios, la enajenación de éstos para utilización de sus doctrinas. Es más. La bandera y el himno son instrumentos unificadores de los sentimientos propios de la nación y no se toleran acciones que vayan en contra de ellos.

            En países de largas trayectorias democráticas, hablo de siglos no de décadas, se muestra respeto por estos símbolos que son la representación, inequívoca, del espíritu nacional, allá donde ondeen y se entonen. En Estados Unidos, es muy normal distinguir la enseña nacional flameando en las puertas de las casas, o en los balcones de los edificios. Nadie se escandaliza por ello, ni se muestran actitudes irreverentes hacia la enseñas, ni se pitan los sones del himno nacional antes de los partidos de fútbol, o baloncesto, o béisbol, o un simple campeonato de petanca. Muy al contrario, se enorgullecen de ello y no es difícil observar en la emoción de muchos cuando entonan la letra de antífona nacional. Y no es sólo cuestión de respeto, que lo es también, sino de educación, de saber que sus posibles muestras afectan a una mayoría que se lo merecen. Eso por no señalar los problemas judiciales que pueden acarrear actitudes como las demostradas en los preámbulos de la pasada final de la copa del Rey.

            En Francia, en Alemania, por citar a dos países donde la democracia tiene arraigada sus más profundas raíces, sucede otro tanto de lo mismo. Y no digamos en la flemática Inglaterra, donde los clamores y vítores a la instituciones regias y civiles se elevan al cielo entonadas por multitudes.

            Resulta increíble, que adustos y relevantes políticos, que de ninguna manera son desilustrados, intenten hacer valer sus extremistas pensamientos y confundan al común de la población, haciéndoles creer que el himno, y más aún la enseña nacional, siguen vinculados a regímenes dictatoriales recientes, o sectorizan sus valores en un ideario de extrema derecha. Cuando se manifiestan así, no demuestran más que intolerancia, cuando no una ignorancia supina sobre los valores esenciales de la nación. Están más preocupados por reavivar la memoria de aquellos funestos años, que los escasos seguidores del ideario franquista. Parece extraño, pero es así. Con el discurso de que no quieren que se vuelva a repetir esa historia no hacen más que reavivarla y siempre hay personas dispuestas a comprenderla, a intentar informarse sobre ella.

                La bandera de España no es un reducto de la dictadura franquista. Tiene una hermosa y constructiva historia, a la que invito conocer. Son siglos de mantenimiento de este pabellón ondeando al cielo. Muchos siglos la contemplan. Pero baste recordar que fue la adoptada con todos sus elementos actuales el 5 de octubre de1981 al aprobarse la ley que establece la última versión del escudo nacional. Con anterioridad, la Constitución de 1978 especificaba en su artículo 4.1:

           La bandera de España está formada por tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja, siendo la amarilla de doble anchura que cada una de las rojas.

                                                                         Artículo 4.1 de la Constitución española.

        Se trata del mismo diseño que fue acogido como pabellón nacional de España en 1785, y que, a excepción del adoptado entre 1931 y 1939 en la Segunda República, solo ha variado el modelo del escudo.

       Por otro lado, y según relata y aclara, de manera contundente, mi amigo Manuel de Medio, en su colaboración semanal de en Andalucía Información, la curiosa historia de la Marcha Real la hace aún más querida. Sólo nosotros, los españoles, podíamos configurar un relato así.

En el Libro de la Ordenanza de los Toques de Pífanos y Tambores de 1761 aparece la partitura de la Marcha Granadera o de Granaderos. De esta forma se documenta que Manuel de Espinosa de los Monteros compuso la base de lo que hoy llamamos la Marcha Real o el himno nacional de España.

          A pesar de algunos intentos por cambiarlo, solamente en el período de la II República –como sucede con la enseña- es sustituido por el de Riego. De esta manera, el símbolo musical nacional se convierte en uno de los más antiguos de Europa.

            En la década de los años cincuenta del pasado siglo, empieza a usarse una versión del maestro Pérez Casas, que el profesor registra en la Sociedad General de Autores, dándose el hecho de que había que pagar los derechos de autor cada vez que se tocaba. Por ello, a finales de la década de los noventa, y  por medio de un Real Decreto, el Estado adquiere esos derechos y definitivamente se convierte en patrimonio de todos los españoles. 

            Siendo como somos, los españoles no podíamos tener un mejor símbolo musical en nuestra representación. Lejos de escandalizarnos y fustigarnos, deberíamos exigirnos conocer mejor todo aquello que forma parte de lo nuestro. No sólo es patrimonio común, es que somos eso. Conociendo su historia sabremos apreciarlo. Una pitada al himno de todos no es insultante, es bochornoso porque deja al descubierto la ignorancia del ofensor.

 

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