El tiempo corre que se las pela

Carmen  Carmen se llamaba mi abuela. Hasta que su mente empezó a jugar con ella, a devolverla a la inocencia de la mejor edad, mientras se sumergía en un océano de olvidos prematuros y la conciencia se trastabillaba con confusiones en el presente, siempre se distinguió por su porte señorial y por un tono amable y simpático en sus palabras que la hacía peculiar. Mi abuela era devota incondicional de la Soledad de San Lorenzo, tal vez porque casi siempre estuvo vinculada a la nobleza de este barrio. Ni siquiera, cuando la familia la desterró de sus afectos, cuando asesinaron a mi abuelo, y la desposeyeron de sus derechos y los de sus hijos, dejó el entorno donde el Señor fijó su residencia entre los mortales. Cuando teníamos la dicha de pasar algunos días con ella, nos guiaba de la mano hasta la plaza donde se eleva la parroquia de San Lorenzo. Entrábamos por la puerta de la calle Hernán Cortés y nos recibía la semipenumbra de la nave principal, y una sensación acogedora anegaba nuestros cuerpos. Durante el camino, desde la calle Ciegos, entiéndase Pacheco y Núñez del Prado, me aleccionaba en lo que íbamos a encontrarnos. Me contaba cómo la vida fue especialmente dura con ella y cómo siempre la Virgen de la Soledad, en esos momentos en los que el desamparo infringe las mayores punzadas, fue reposo de su alma, manto que abrigó sus desconsuelos y confidente de sus cuitas y arancel de bondad en sus miedos. Luego salíamos por la portezuela de daba a la plaza, e incomprensible rodeábamos la fachada para retornar por donde habíamos entrado. A mi resultaba extraña aquella traslación circulatoria; lo fácil hubiera sido retorna por donde accedimos. Pero no, lo realizábamos en sentido inverso, recorriendo un espacio que parecía ilógico, si acaso volvíamos a la casa. Pero lo lógico no tiene sentido en los afectos, ni la razón es deber de obligado cumplimiento para la sensatez. Tenía su explicación. En lateral se encontraba el retablo cerámico con la imagen de la Santísima Virgen y debajo un limosnero. A su altura se conformaba un rito, que hoy en día continúo. Nos parábamos, nos persignábamos, yo seguía sus movimientos con especial interés, y mi abuela musitaba unas palabras. No era una oración, porque en la penumbra de la parroquia sí que la oía rezar. En la cercanía conversaba, pedía, agradecía u ofrecía sus súplicas por alguien, por algún enfermo, por un vecino que las pasaba canutas o por su hijo Paco, que era el que más lejos se encontraba y al que menos veía. Luego extraía del monedero unas pesetas y las introducía en la ranura, con precipitación, como si el tiempo para conversar con Ella tuviese caducidad, nos apresurábamos a enfilar la calle Santa Clara, donde tuvo su primera residencia cuando contrajo matrimonio, a finales de la década de los veinte, del pasado siglo. “Antoñito –me decía- el tiempo corre que se las pela. Aprovéchalo. Cuarenta y cinco años hace que nos marchamos de esa casa”, y señalaba la vivienda que fue un día su hogar.

            Carmen se llamaba mi abuela. Era devota incondicional de la Virgen de la Soledad. Hoy siento la necesidad de este recuerdo, de sus palabras, del tiempo que se apresura para atropellarnos, del provecho que sacamos con nuestras experiencias, de la displicencia con la que despreciamos los momentos que una vez nos permitieron reconocer la felicidad. Los años se precipitan y nos arrastran por las laderas de este barranco que nos araña el alma sin contemplaciones, que rasga nuestros recuerdos hasta dejar en carne viva la nostalgia. Carmen fue el primer sentimiento que me reconcilió con los afectos. Otra Carmen revitalizó la primera juventud. El tiempo nos fue acortando el camino.

            Es una trampa ésto del tiempo; es un asalto que nos amputa la necesidad de permanecer en esos estratos que estrujan la felicidad y la escancia para ofrecérnosla en dosis escasas y pequeñas. De la mano de mi abuela Carmen me veo hoy, recorriendo el barrio de San Lorenzo, donde la Soledad es curso de un río cuyas aguas amansan el alma. De la mano de Carmen me veo por la calle Feria, una tarde de otoño. Por la Macarena, donde los bloques de cemento y cristal usurparon del verdor a las huertas, sigo acompañando a otra Carmen, en una noche de verano. Un día como éste, festividad de la Virgen del Carmen, hace treinta y tres años conocí a la mujer que ha llenado de dicha mi vida. El tiempo corre que se las pela.

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