Cuando las Penas de San Vicente salían una noche de Julio

            Penas 6El sol delataba las carencias de las infraestructuras de la ciudad, en la medianía de los años setenta. El aire acondicionado era un lujo que solo algunos podían permitirse y un signo de magnificencia, como adelanto del bienestar social que comenzaba a emerger, con los primeros síntomas democráticos creciendo en el seno de la sociedad española, era el ventilador removiendo el aire. Aquel motor susurrando en la habitación semi oscura, en las horas centrales del día, venía a domesticar el tórrido calor que asolaba las calles, que quedaban desiertas. Combatir el calor era cuestión de mentalización, intentar acogerse a la tibieza del suelo desnudo mientras el aparato nos engañaba con el giro vertiginoso de sus aspas y procurando una sensación de frescor que en absoluto nos confortaba. La siesta venía a resarcirnos de las horas de sueño que nos había robado el calor durante la noche cuando nos repartíamos en la azotea para sustraer a la noche una brisa que nos tonificara el cuerpo.

Eran las noches de julio a la intemperie lo habitual intentando engañar al cansancio con tertulias, con charlas que nos distraían y nos apartaban del sofoco que nos causaba la alta temperatura. Los vecinos compartíamos hasta el calor. El búcaro de Lebrija se convertía en centro de nuestras ansias. En la nevera reposaban, expectantes a nuestro auxilio, las botellas de La Casera, rellenadas de agua, y que reponían el recipiente de barro cuando se extinguía. No había más que bajar las escaleras, unos pocos metros de descenso, para restituir el líquido elemento. Pero qué trabajito costaba y cuando alguien decidía, o mejor dicho, se le ordenaba aquella misión, una protesta surcaba la dulzura de la noche y las miradas recriminaban la objeción. Cuando volvía, siempre el mismo comentario: “hay que ver el calor que hace ahí abajo”, como si la azotea estuviera en Escocia.

Recuerdo lo fructífera que eran las veladas. Yo nunca he tolerado el calor. Es algo que me supera, que me aturde y me aploma, que me causa una extraña sensación de vacío y ahuyenta mi fortaleza. Sin embargo, en aquellos años en los que uno comienza a descubrir sensaciones nuevas, y se presentan inquietudes sorprendentes, aquellas noches de calor, conviviendo con los vecinos, que eran parte de la familia, vinieron a resultar entrañables. Siempre recordaré las hermosas tertulias sobre semana santa -¡de qué íbamos a hablar, verdad Guillermo!- y cómo nos retrotraían a una época que considerábamos entrañable. Descubrí la importancia de la transmisión oral y el valor de la amistad. Gracias a aquellas noches combate al calor conocí las vivencias de personas que jamás he visto, con las que nunca he cruzado una palabra, pero sus prácticas, su experiencias, sus anécdotas surgían de los labios de mi amigo y pasaban a formar parte de mi universo, y quedaban anclados en mi interior, como algo mío. Hasta la música de una marcha se manifestaba, sinfónicamente y de repente, con el torpe y sencillo tarareo de unas notas. Era una delicada y sutil ambrosía aquella recuperación del tiempo que el calor, reiterada y obstinadamente, creía que nos robaba. Éramos nosotros, tumbados y mirando las estrellas, los que arrancábamos jirones de belleza al sopor, al letargo, al paso de las horas, al subconsciente y refrescábamos el espíritu con el recuerdo de una tarde clara de lunes santo y el Señor de las Penas, recortaba calles por San Vicente, o las punzadas, hirientes y frías de la madrugada, nos hacían danzar merinos, en la barreduela de la Resolana porque a nuestras espaldas sonaba la Centuria y un repelús recorría cada poro de nuestro cuerpo.

Noches de asfixias y agobios porque la brisa se obstinaba en no aparecer. Noches de julio de ayer que hoy vuelven prendidos de los alfileres de la nostalgia. Un búcaro con agua fresca, unas palabras ungidas por emociones y un suspiro que nos delataba en la añoranza y en los deseos por exterminar el tiempo, servían para mitigar el rigor del verano. Y como no había aires acondicionados, acondicionábamos nuestras vidas para soportar el verano.

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