Los muñecos de la Iglesia

           el-cachorro-de-triana-ii-8-638 El tiempo no ha conseguido sanar las heridas. En cuánto comienzan a cerrarse, siempre hay una voz interesada que se eleva sobre el murmullo general para volver a separar las llagas. Es un mal implícito en la condición humana, un lastre que solo la sabiduría y el entendimiento pueden llegar a sellar. Aquí prima resarcir viejas heridas, resucitar los miedos y fracturar la posibilidad de la estabilidad. El consenso, para el mejor funcionamiento de la colectividad ciudadana, para lograr la añorada sociedad del bienestar, se nos presenta como una utopía, una quimera solo posible en países con una larga trayectoria democrática, donde prevalece el sentido común, el respeto y la educación. La convivencia solo es posible si prevalecen estos valores, todos implícitos en la formación cultural. El progreso lleva adjunto estas peculiaridades. Aquí prevalece el interés particular, el revanchismo y la insolencia; el derrotismo, la osadía y el desacato.

            En esta tierra han convivido, y compartido espacios, culturas y religiones, y siempre han sido los extremistas los que han protagonizado los peores episodios de esta ciudad, los que han destruido la convivencia pacífica de unos y otros. No hemos aprendido de estos errores.

            Llamar muñecos a las sagradas imágenes, que son titulares en las hermandades y cofradías, obras de arte en su mayoría, es un insulto desproporcionado al sentimientos y a la fe de muchos sevillanos, aseguraría que a un elevadísimo porcentaje de los habitantes de la ciudad. Esto es dura y mera estadística. Los católicos somos, usando palabras y términos tan de boga en las bocas de políticos y adláteres, proporcional y políticamente hablando, mayoría absoluta. Pero intuyo que estas manifestaciones, observadas ya desde la serenidad y el tiempo que ha transcurrido, tienen un trasfondo muy distinto. Es un ataque a la Iglesia, a la institución entendida como precursora de la transmisión del mensaje de Cristo. Les incomoda su presencia en todos los aspectos de la vida. Jesús sigue habitando en los corazones de los hombres, mientras sus ideólogos, sus líderes, han sido denostados, olvidados por quienes creyeron en ellos y no obtuvieron las soluciones felices que prometían en sus alegatos. Ni encontraron la felicidad ni los bienes que juraban en sus incendiarias proclamas, que además siempre se sustentaban en la eliminación de sus contrarios. Ni siquiera de la libertad disfrutaron. Al final, el mismo discurso. La demagogia. Sacrificar la libertad para el bien de la comunidad.

Hay a quienes les molesta que, tras veintiún siglos, siga viva la figura de Jesús de Nazaret y que sus seguidores se cuenten por miles de millones, cerca de los que verdaderamente sufren, de los que se sienten solos y apartados de la esta sociedad, excluidos por su condición de pobreza extrema, en la que prima el bienestar de unos pocos para desgracia de la mayoría. Mientras sus ideologías han ido feneciendo ante unos idearios anticuados e inútiles que no supieron abolir las necesidades primarias del hombre, y por sus propios desmanes, la Iglesia ha ido ocupando los lugares que nadie quería ocupar y lo que es más importante, adecuándose al mundo que les toca vivir.

En estos tiempos difíciles sus instituciones afines -Cáritas, Manos Unidas, Comedores y Supermercados Sociales, Residencias, etc- han abierto sus puertas y socorrido a quienes se han acercado tras serle denegado el auxilio por otras organizaciones –de izquierda y de derecha-, y han ofrecido soluciones a las inminencias de sus necesidades. Y los “muñecos”, los denostados muñecos, han colaborado mucho, muchísimo, a tan grata finalidad. Gracias a esas imágenes, que cumplen con el fin para que fueron realizadas, hay menos miserias en esta ciudad, porque las hermandades, que son también Iglesia, han cooperado, con sus asistencias sociales, a sufragar los gastos comunes de esas familias que, como ha dicho el Papa muy recientemente, quedaban en situación de exclusión. No conozco la sede de ningún partido que haya acogido a los sin techo, ni sus dependencias hayan sido transformadas para asilar a tantas personas mayores que no tienen, no ya recursos económicos, quienes les ofrezcan un poco de compañía. Así, que amén de respeto y tolerancia hacia quienes no piensan igual, que no todo el mundo tiene que mantener uniformidad de pensamiento, reflexionen  por qué la Iglesia, veintiún siglo después, mantiene su frescura y sigue viva y los idearios políticos van cayendo unos tras o otros.

Los “muñecos” han tenido mucho que ver con todo esto.

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