Un hecho verídico y la mala educación

Nota-6558-flatulencias_wapaReconozco, que lo mejor para desplazarse por la ciudad, es el autobús. Me convertido en usuario de autobús. El servicio público de autobuses de Sevilla no es el ideal pero mantiene algunas ventajas. Posiblemente falte coordinación en los horarios y mejorar algunas líneas dotándolas de más vehículos. Hay tramos horarios en los que debiera aumentarse su número y no retirar pegasos, que era como los llamábamos en nuestra infancia, a una hora tan intempestiva como las diez de la noche. Hay un sector de la población que se ve afectado por esa inconveniencia. Debería estudiarse la ampliación del horario en sus tramos nocturnos. Casi todas las líneas terminan sus servicios a las once y media de la noche, una hora totalmente desajustada para quienes trabajan, y muy especialmente en esta época del año, donde se alargan las veladas y hay ciudadanos que alargan su ocio, en la jornada, porque antes la canícula asesina lo impide. La anterior corporación se preocupó de enmendar algunos de los contratiempos de la empresa y mejoró ostensiblemente el servicio, ofreciendo calidad, seguridad y orden en el horario a cumplir. Pero en líneas generales, TUSSAM se ha preocupado de ir adaptándose, poco a poco, a las necesidades de los ciudadanos.

Me he convertido en usuario de este medio de locomoción, porque significa comodidad en los desplazamientos por la ciudad, evita las sanciones y multas, enojos por no encontrar aparcamientos y me dota tranquilidad mi ánimo, aunque a veces es necesario salir con mucho tiempo de adelanto para llegar a la cita o al trabajo puntualmente. ¡Ah! Y aprovecho para ir leyendo, un hábito que aunque nunca perdí, lo he recuperado con la fruición de antaño. Y todo gracias al progreso. Montarse hoy en día en el autobús es igual que acceder al patio de un convento o a las salas de lecturas de una biblioteca, y no hago referencia a ellas por afán cultural de los viajeros. Ojalá. Es por el silencio que reina en el interior del vehículo. Todo es acomodarse, tomar asiento o ajustarse al espacio libre, y la gente comienza a hurgar en los bolsillos, a buscar en sus maletines los teléfonos móviles y comienza el retiro tecnológico. Cada uno fijo en la pantalla destellante, anclada la mirada a sus programas, riendo en solitario, mascullando palabras incomprensibles e inaudibles para el compañero de viaje, navegando con los teclados virtuales con una rapidez que es la envidia del desaparecido taquígrafo del congreso.

El aislamiento personal es un reflejo sintomático de lo que está ocurriendo en la sociedad actual. Falta comunicación directa, mover los labios, que alguien escuche nuestros sonidos, compartir las emociones del día, relatar la anécdota del trabajo o sentir que somos escuchados y oídos para exiliar la sensación de soledad que nos van imponiendo.

Me lo relató un amigo. Sucedió justo delante suya. Dos señores, ya mayorcitos, bien vestidos, entraron y dieron las buenas tardes, aunque ya la noche comenzaba a caer. Educadamente, volvieron a repetir el saludo. Silencio maestrante de tarde de decepción. Me refería, mi amigo, que el autobús no iba lleno y los pasajeros no cubrían la totalidad de los asientos, así que los compadres se acomodaron uno junto al otro. Sus voces eran graves y la conversación, entre ellos, comenzaba a tomar tintes dramáticos sobre la respuesta que tuvieron a su muestra de educación. Como mi amigo los tenía muy cerca, les separaban, tan solo, unos centímetros, le extraño un primer comentario sobre la idoneidad del momento, algo que aquel instante no comprendió, y el movimiento, poco adecuado, de uno de ellos, que giró su torso hacia la izquierda, ocupando parte del espacio de su amigo, y levantando las posaderas del asiento. Justo en ese momento resonó una gran ventosidad en el habitáculo automovilístico, que hizo que los pasajeros se giraran, incrédulos y con el gesto ofendido, hacia ellos. Antes de que nadie pudiera recriminar tan escatológico, sonoro y repugnante hecho, el autor de la flatulencia se dirigió a su amigo, con voz pausada y con aliviada entonación.

– ¡Ojú, compadre! ¡Menos mal que NO hay nadie en el autobús, y el conductor no se habrá dado cuenta. Pero es que iba a reventar!

Retornó el silencio y cada uno, a su aislamiento. Dos paradas después se bajaban.

– ¡¡¡Buenas noches!!!

Un saludo coral, de los pasajeros, respondió a la despedida de los amigos.

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