Una macarena en Santiago

“Llegar a Compostela y acabar el Camino…Sentirse realizado. “El peregrino no hace el Camino, el Camino hace al peregrino” (Mensaje que nos envió ayer por la tarde)

            11836717_10152944818391423_1973032512367111700_nSiempre que evocamos nuestros recuerdos solemos embriagarnos con las mejores sensaciones. Las tristes, como decía Pepe Moreno, rememorando los momentos vividos en la visita de la Virgen de la Esperanza al Santuario de la Hermandad de los Gitanos, es mejor dejarlos a un lado. La memoria tiene una maquinaria, extraordinaria, que va cerniendo los mejores momentos y los sedimenta, en perfectas capas, en el interior de ese cofrecillo que llamamos alma. Aun retengo, grabada a fuego, en mi corazón, la primera mirada de aquella niña que puso en un brete mi serenidad, que alteró las pulsaciones y afianzó en mi la responsabilidad del mejor cariño, de este amor tan gratificante que nos la paternidad. Lo siento mucho, es debilidad. Siempre lo ha sido. Y esa mirada, clara y serena, que me fue entregada, hace ya más de dos décadas, ha ido configurando sus propios paisajes. Siempre nos hemos sentido orgullosos, su madre y yo, de cuanto ha emprendido y de las decisiones que ha ido tomando, en este camino que es la vida.

            Hay quien cree, sin remedio ni remisión, que los actos vienen a configurar la existencia de manera casual, por una suerte vagante en el universo, y evidentemente, la comisión de servicios, da y quitan grandiosidad a la vida. Nunca lo he creído. He pensado siempre que esta concesión, la suerte de ver, como la de querer y la correspondencia en el afecto, viene determinada por la Providencia, una merced que a veces escapa a nuestra lógica pero que al final del camino siempre, siempre se nos muestra el porqué.

            Hace unos días dejamos a Margarita, nuestra hija, en el aeropuerto, con una camiseta de su hermandad de la Macarena y una mochila cargada con los enseres escasos y precisos, ropa deportiva y una radiante ilusión porque iba a realizar el Camino de Santiago. A pesar de nuestra insistencia, la dureza del mismo, este calamitoso instinto protector del género humano para con sus crías nos ciega, ella estaba tan convencida que ya comenzamos a sentir una emoción extraordinaria. Durante los días, etapa a etapa, nos iba certificando el rigor de esta ruta sorprendente. Caminos de tierra, cuestas que parecían no tener fin, parajes tan hermosos que ocultaban sus dificultades, lluvia en algunas etapas, calor que entorpecía la marcha, hospedajes tan amablemente servidos pero donde la costumbre de la comodidad diaria retorcía la memoria del descanso, horas sustraídas al sueño porque los kilómetros se van restando con madrugones y voluntades. Este conglomerado de valores tiene un fin. Abrazar al Santo Patrón español, pisar la plaza del Obradoiro llena de alegría y emociones.

            Ayer mi hija, culminó el camino de Santiago, como cientos de miles de personas junto a Alfredo, otro gran macareno. Pero era ella, Margarita, nuestra hija, frente a la catedral donde reposan los restos del apóstol, y eso ha henchido de orgullo nuestros corazones. Siempre ha sido una niña con mucha confianza en ella misma, con una fuerza y un carácter alegre pero recio. Se afianza, con este logro, en sus creencias, en la voluntad y en la consolidación alcanzar cualquier reto que se proponga. Lo sabemos.

            Este hito personal es un paso más en su vida, vendrán otros igual de trascendentes, seguro, un hecho que engrandecerá su espíritu –lo material llegará porque no cesa en el empeño para su consecución–, que se engrandece con ese mensaje que lleva en su alegría. En la plaza del Obradoiro, Margarita, nuestra hija, alumbrada en la Esperanza que tiene su asilo en la Macarena, culminaba el camino de Santiago. Lo siento, y perdonen mi petulancia, porque son miles y miles los que lo concluyen, pero nos sentimos muy orgullosa de ella.

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