Eduardo Carrera Sualís

              10334342_10203951943067150_5778339323474826641_n  Sabemos que el encuentro no fue un golpe de la casualidad, ni el juego del azar que viene a premiarte y conceder una gracia especial. No creo, lo he repetido por activo y pasivo, en este blog y en aquellos foros donde se me ha permitido pregonarlo, en la casualidad. Presiento que la mano providencial tiene algo que ver con nuestro destino, con nuestro futuro y con el fomento de la amistad. No hay motivos para pensar algo distinto, al menos en nuestras vidas. Siempre que se nos ha cerrado una ventana, una mano poderosa nos ha abierto una puerta. En los últimos tiempos hemos sido testigo de este litigio que mantenemos con la suerte, con la hado de las coincidencias. La muestra la tenemos muy cerca. Cuando la desdicha comienza a asediarte, a recomponer el cerco de la fatalidad y luz es una estrella en el universo; cuando el infortunio ennegrece cualquier atisbo de resurgimiento, aparece un espíritu celeste que modifica las expectativas y el pesimismo viene a desfondarse en la cima de una sonrisa. Somos testigos de esta obra de la Providencia y protagonistas de una historia que recalca y magnifica el sentimiento de la bondad, que todavía pervive en el corazón de los hombres. No todos son lobos, ni abandonan a sus semejantes a la mejor suerte de la eventualidad; no todos huyeron de la desgracia que zarandeó nuestras existencias hace apenas tres años. Y no pudo suceder en un lugar más determinante ni con más asemejo al cielo, al menos para los que confiamos en la sobrenatural intercepción de la Madre de Dios, en ese lugar donde la caligrafía de tiempo amplias el número de sus fonemas de seis a ocho. Cosas que solo pasan en la Macarena.

                Cuando más lo necesitamos, cuando más falta nos hacía una sonrisa y algunas palabras que extrajeran del pozo de la zozobra nuestro ánimo –¡una sonrisa y unas palabras!–, apareció, abriéndose paso entre la multitud que abarrotaba el templo. Nos presentamos, sencillamente, y desde aquel mismo momento fue tejiéndose un entramado que ya traspasa la propia amistad, porque en casa está considerado como de la familia. Él tiene constancia de ello. Algo que tampoco es mérito que pueda atribuirse a nosotros, sino a él. Encadenadamente -¿casualidad?- llegaron una serie de circunstancias que han modificado nuestra manera de vivir. Al menos nos hemos deshecho de la espesura de la fatalidad y la luz vuelve a brillar, volvemos a fijar nuestras miradas en el horizonte. Ahora depende de nosotros. Pero él trajo la sonrisa y las palabras. Y algunas veces, los silencios. Siempre dispuesto a escuchar, a desfogar las situaciones que parecen encadenarnos a las galeras de las tristezas porque otros siguen provocando, o que vienen marcadas por las intransigencias  que va imponiendo la sociedad. Siempre está ahí. Ungido por gracias como la sinceridad. No le duelen prendas, a quien esté dispuesto a soportar la verdad, en manifestar sus opiniones. No esconde sus apegos, ni duda en defender sus creencias, las religiosas y sociales. Católico convencido, en la mejor acepción sentimental del mismo. Honra a Dios todos los días, con su protestación de fe y las consecuencias de sus actos. Cofrade comprometido, pero sin caer en los extremismos míseros que vienen, en los últimos tiempos, y desgraciadamente, desconfigurando el propósito para el que fueron creadas las hermandades y cofradías. Sirve, con humilde fidelidad, en su hermandad del Valle, dedicándose especialmente, al Cristo de la Coronación de Espinas. Vive apasionadamente, su devoción en la Hermandad de los Servitas, donde sus arraigos familiares procedente de sus ascendentes, que le enseñaron todo lo que sabe, lo que es. En la Costanilla, vive la extraordinaria alegría que se manifiesta en el rostro de la Virgen de la Salud, y en el hermosísimo rostro del Hijo del Hombre, que por aquellos lares, cosas de la reciedumbre sevillana, mantiene un cariñoso sobrenombre: El Chato. Pero donde pierde el norte de sus sentidos, donde el tiempo no tiene cuentas ni minuteros, donde su devoción se obnubila, es ese lugar donde la Virgen reside, donde la Madre de Dios nos abre las puertas al cielo, es en la Basílica de la Macarena, frente a la Virgen de la Esperanza. Se enfrenta cada día, sin faltar ninguno, a su grandeza mediadora, y cada día los ojos se le llenan de esa gloria que los macarenos nos nutrimos.

                Es Eduardo Carrera Sualís. Es nuestro amigo, nuestro hermano. Hoy, cumpleaños. Vaya esta felicitación, de los tres, tú ya sabes, ungida en el sentimiento al cariño que nos has profesado con tus actos, tu paciencia y, sobretodo, con tu afecto y dedicación.

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Una respuesta a Eduardo Carrera Sualís

  1. Joaquin Sainz de la Maza dijo:

    Magnífico artículo. Todo lo expuesto es sencillamente la verdad

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