Que reinen los niños

Niño sirioEste mundo no deja nunca de sorprendernos. Y lo digo por esas terribles fotografías, que han martilleado redes sociales y medios de comunicación, de los niños que aparecieron muertos en playas griegas, balanceados por las corrientes marinas que debían acercarles a la vida, a la esperanza, y que llenan columnas en los periódicos de más prestigio, en las principales emisoras de televisión, que las divulgan para asegurarse la tranquilidad espiritual ante la ocultación de catástrofes similares o de mayor envergadura incluso. Niños mueren todos los días. Hambrientos, desnutridos, destrozados por un obús, aniquilados por el desmedido interés de algunos que los utilizan en los más viles trabajos hasta la extenuación. Niños que son cifras y a los que nadie importa, por los que nadie se conmueve porque sus desdichas quedan ocultas, sin relevancias fotográficas. Es la hipocresía enaltecida, sorda ante el clamor de las organizaciones religiosas que se ven desbordadas en los lugares de orígenes de las desgracias. Nos contaba, hace ya algunos años un misionero, cómo en la altiplanicie peruana, una vaca tiene muchísimo más valor que la vida de un niño, hijos que son utilizados como monedas de cambio para la obtención de la propiedad del valioso animal y que no dudan en mercadear con ellos aún sabiendo que serán explotados, hasta la extenuación, en las plantaciones de coca y a los que serán expoliados sus derechos más elementales. ¿Dónde están las instituciones y organizaciones mundiales que se pavonean con la defensa de los derechos que debieran proteger a la infancia? La imagen del pequeño Aylan Kurdi, casi hundido en la arena de la playa, me causa un tremendo dolor. No lo duden ni un segundo.

La necesidad de huir, de un conflicto bélico, para preservar su vida, le ha llevado, ineludiblemente, a las certeras garras de la parca. La negligencia de los “sobresalientes” líderes políticos mundiales, más ocupados en procurar no ser desalojados de sus estatus de poder que en dotar a los ciudadanos de la seguridad y bienestar que necesitan, que no son capaces de poner fin a una guerra, en la que la principal premisa es la intolerancia religiosa, social o ascendencia tribal, es una de las principales causas de la muerte del pequeño y de todos los que viajaban en el botarate, en el que embarcaron con la promesa de prosperidad y seguridad en una tierra nueva y tranquila. Efectivamente. Las promesas de los traficantes de vidas, los nuevos piratas de los mares, se cumplieron con macabra certeza. Descansaran en ellas hasta el final de los días.

            Reitero mi sorpresa en la condición del género humano. Seguimos explotando a nuestros congéneres aprovechándonos de sus desdichas. Desde la segunda guerra mundial no se conocían éxodos masivos. Grandes cantidades de personas deambulando por los campos, recorriendo distancias de cientos de kilómetros con sus escasas pertenencias a cuestas, arrastrando las miserias que le han sido impuestas, mientras la comunidad internacional, desbordada por la diáspora de quienes huyen del terror, aparece incapaz de regularizar el asentamiento de estos nuevos apátridas en busca de supervivencia. Al fin y al cabo huyen para preservar sus vidas, porque en sus lugares de orígenes, el terror y intolerancia son factores que delimitan de la suerte de sus existencias. Seres humanos desarraigados de sus tradiciones y recuerdos que solo sueñan con mantener sus vidas a salvo.

Sigo apesadumbrado en la sorpresa de quienes nos indican, con continuidad y petulancia, la evolución de histórica de la humanidad. Una gran mentira que encubren con el adiestramiento mental y la conquista de las nuevas tecnologías. El mundo ha evolucionado muy poco. Es el mismo cuento de siempre. Milenios arrastrando la falsedad. Pueblos enteros, desde los egipcios a nuestros días, que huyen para no ser masacrados; políticos enunciando soflamas sobre la inferioridad étnica y propiciando genocidios que terminaron, y siguen terminando, con la vida millones de personas que tuvieron la mala suerte de nacer negros, judíos, musulmanes o cristianos, en lugares y épocas equivocadas. O mejor dicho, en lugares y épocas donde algunos charlatanes mediáticos implantaron la sinrazón del terror.

Me quedo con las palabras de otro niño sirio, Kinan Masalmeh, de apenas trece años, que retaba a la comunidad internacional a solucionar el problema, de una vez por todas. La simpleza y contundencia de su aseveración escondía una inmensa tristeza por todo lo dejado atrás. Su familia, sus amigos, la cultura de sus ancestros, la memoria al fin. Acaben con la guerra y no tendremos que salir de nuestra tierra, donde seguramente eran felices con sus padres, hermanos y amigos.

Tal vez, debiéramos dejar, a los niños, regir el mundo. Está comprobado que los adultos somos incapaces.

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