Las conversaciones del silencio

cellphone-300x192“Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra humanidad. El mundo solo tendrá una generación de idiotas.”

            Estas proféticas palabras de Einstein son de una actualidad extraordinaria. En su tiempo fueron ignoradas, mal comprendidas porque aún la gente solía entenderse cara a cara, cuando la sociedad manifestaba sus opiniones con multitudinarias concentraciones y el miedo era vencido por el apoyo físico, por el roce de la piel o por la delicadez de caricia. Pero aquel tiempo fue diluyéndose conforme la tecnología avanzaba y nos fueron instruyendo en la necesidad de aceptarla como un bien común, como algo que vendría a sustentar un mayor bienestar, una sociedad donde la humanidad primara sobre iniquidad. Sin embargo no ha habido ecuanimidad en el modelo y la construcción de esa nueva generación porque estamos instaurando un mundo de solitarios, de entes que vivimos absorbidos por la técnica, que nos va reduciendo el espacio hasta arrinconarnos.

            Es normal, desgraciadamente, ver cómo caminamos por la calles con la vista fija en los teléfonos móviles o en las tablet, manipulando los teclado como posesos. Nos han abducido y seguimos desmembrado los sentidos, deshabilitando los dones con los que hemos sido concebidos. Nos vamos aislando en nuestros propios mundos, en un universo que vamos creando inconscientemente, que nos van trazando,  La soledad nos corroe. Sin darnos cuenta vamos hacía el precipicio de la autodestrucción. Comentaba, hace algunos años Antonio García Barbeito, haciendo memoria sobre las distancias y los móviles, lo adecuado que eran los aparatitos para acercarnos a quienes se encontraban lejos, para resquebrajar la nostalgia y lo útiles que eran para separarnos de quienes tenemos al lado, de los que se encuentran cerca. La mejor terapia, para atajar los síntomas de la soledad, es una palabra y un abrazo. Un beso y una sonrisa.

            La tecnología debería de cubrir las limitaciones que conlleva el género humano en su adn. Sin embargo, no suple las escaseces sino que las incrementa, las fortalece de manera que la era de la comunicación, nunca hemos estado más lejos de nuestros propios vecinos, implanta nuevos comportamientos sociales, nuevos estadios en las relaciones personales, disolviendo conceptos tan extraordinarios como la amistad o el compañerismo. Porque además, nos puede la presunción, la petulancia y, no digamos, la vanidad, y en seguida subimos, a esas páginas de las redes sociales, fotos, mensajes inadecuados o comentamos las experiencias vitales, sin saber por quiénes serán vistas, en qué manos caerán. Las tecnologías nos han segado los pies de la razón y hemos vendido nuestra privacidad, no al mejor postor, sino a cualquiera que tanga bien abrir el ordenador, el teléfono móvil o su Tablet, con la consiguiente repercusión en las reacciones amistosas. Ya no se puede ni mentir, ni excusar. No podemos verter piadosas mentiras sin ser descubiertos. Sé de situaciones increíbles, absurdas que han llevado enterrar amistades de muchos años porque han ocultado una fiesta de cumpleaños, donde fueron excluidos, por no caer bien a unos invitados, indicándoles que no se iba a hacer nada. Pero para eso está Facebook o Twuiter, para subir fotos o detalles que derribaban excusas y mentiras. Incluso sé de casos que han llevado a la ruptura matrimonial cuando reuniones de trabajo, cabildos de hermandades o convocatorias de asociaciones de caridad se convertían, por arte de magia, con ilustraciones en las redes sociales, en gloriosas fiestas de discotecas, con amigotes o amigotas.

            Estoy a favor de los avances tecnológicos, para superar enfermedades, para posibilitar un lugar, en el mundo, a cada uno de nosotros, para construir sociedades donde se fomente la amistad, donde las reuniones de amigos, de las familias se concreten físicamente, para aparta tantas injusticias que soportamos diariamente. Necesitamos un mundo donde la esperanza y el amor se sitúen por encima de intereses financieros. La tecnología no debiera posibilitar los desencuentros ni fomentar la soledad. Necesitamos ver niños jugando en las calles, potenciando la fantasía, que es una forma extraordinaria de engrandecer la mente y no aislados en sus habitaciones, perdiendo la vista ante la pantalla de un ordenador, hablando con compañeros, a los que ha tenido a su lado y no se han dirigido la palabra durante toda la jornada, a través de sus teléfonos móviles. En fin, la tecnología debiera ennoblecernos y no idiotizarnos, como preconizó Albert Einstein.

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