Una deuda con el tiempo

          PAPÁ 1Viene el viento recortando el tiempo, deshaciendo las horas que traen sueños y dolor, que se convierten en sostén de las penas. Este otoño que parece envolver el aire en melancolía, esta estación que mantiene en vilo la nostalgia, vuelve para desprender hojas en el alma y mancillar la alegría. Son estas tardes pausadas las que contagian la tristeza mayor por la pérdida del hombre que compartió los secretos de los mejores días, de los meses que se convertían en suspiros porque la edad se precipitaba sobre nuestras almas con la intención de convertirnos en adultos, con despojarnos de la inocencia y recordarnos que la vida es una sucesión de hechos, de situaciones, de errores y advertencias sobre la elocuencia de la cordura y la necesidad de encontrar un sentido a la existencia para llegar a la felicidad.

     Son estos momentos los que nos hacen entender que la pesadumbre no es una sensación o un sentimiento, sino una contraposición palpable de la tristeza que conmueve las esencias de nuestro ser tras la pérdida de un padre, una sensación que aturde nuestros sentidos hasta conmovernos enviándonos a un estado catatónico irreversible donde sólo el dominio de la serenidad hace posible la estanqueidad de la cordura o al menos retiene los instintos para sortear la locura. No es frialdad. Es la instauración de la entereza en nuestros corazones aun cuando la sombra de la parca se estampe sobre las paredes del alma y venga reclamando sueños que nos pertenecen, que nos han sido legados, aunque mantuvieron sede en los recuerdos de nuestro antecesor, imágenes que se perpetúan en los fondos de la memoria de quién nos dio el ser, legitimando nuestra existencia con la suya, haciendo que se estanquen los segundos en la fibra cerúlea de una ensoñación, momentos permanecen residualmente en la intemporalidad, en la inmortalidad de la impresión de unos rostros que miran finamente al objetivo de una cámara hasta convertirse en eternidad.

          Hay dos momentos vitales e importantes en el caminar de un hombre por el mundo; la muerte de los padres y el nacimiento de los hijos. Es una contraposición natural que nos abre los sentidos para entroncar con la misma naturaleza y desasirnos de las intrigas propias, de las aventuras ajenas que nos convocan, con la tristeza o la euforia, a la gran cita de la emancipación emocional. Esta constatación refina los comportamientos y hace posible la convivencia. Es, en ese preciso momento, cuando nos atamos a la responsabilidad. La orfandad nos obliga a seguir caminando solos, a emprender una travesía en la que vemos envilecer la ingenuidad, la inocencia que nos hacía dichosos porque no aspirábamos más que a ello. El nacimiento nos llama a la obligación, a la consecución de unas metas para colmar las aspiraciones de hacer felices a nuestros descendientes. Es, en estos instantes, cuando percibimos lo etéreo que llegan a ser los años, la rapidez con la se marchan, dejándonos en la invalidez sentimental más absoluta, en la inhabilitación de los sentidos, una argucia de Dios para disminuir los efectos que intentan someter nuestras voluntades, esquivar la trayectoria del arpón certero que se conduce para atravesarnos el alma, desgajándola como si de un delicado tul se tratara. Hay un instante imperecedero que se ancla en el recuerdo. Esa orfandad nos incapacita y nos protege, al mismo tiempo, nos fortalece y endurece nuestros comportamientos.

        Hoy nos hemos despedido de nuestro padre. Un hombre común, que no vulgar, trabajador, con sus virtudes y defectos, fiel infantería cuya máxima aspiración era contemplar amaneceres nuevos, hacer uso de la libertad personal de la que siempre hizo gala. En los últimos años, con la sapiencia de saberse en la recta final de su vida, habitaba sus propios mundos y vivía alejado de la realidad, al menos de la que fijamos quienes nos creemos en la necesidad de ello. No porque padeciera enfermedad alguna. Simplemente porque dudaba de la eficacia y las verdades que le había presentado la vida. Octogenario, no dejó de fumar ni uno sólo de sus días y cuando insistíamos en que abandonara su adicción nos respondía, con cierta lógica vital y un empecinamiento vigoroso en la defensa de las costumbres de sus conductas, que ya no se sentía con fuerzas, ni la voluntad le acompañaba, para luchar contra aquella afección suntuaria.

         Su marcha nos apena. Sentimos esta orfandad y nos encontramos sin respuestas al vacío, sin una contestación que satisfaga esta tristeza que nos embarga. Pero nos sentimos orgullosos de haber correspondido, creo, como buenos hijos a estos buenos padres. Somos incapaces de controlar nuestras emociones pero sabemos que algún disfrutaremos, todos juntos, de los mejores momentos, que recuperaremos los instantes en los que fuimos felices juntos y quién sabe si no volveremos a ser aquellos niños que disfrutábamos, en las tardes de nuestra infancia, viendo a nuestros padres observando nuestros juegos. Es la deuda que mantenemos con el tiempo.

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