Dios Misericordioso, Gran Poder entre nosotros

6ca4d6194ac649dc215edcb441527353oQueda un año. Todo un año de sueños y cercanías, de compendios sentimentales que nos retrotraerán a la juventud o al inicio de la paternidad, de aquel año que experimentamos esa alegría inconmensurable de enfrentar nuestros rostros, de agachar la mirada porque es imposible soportar la suya. Es la memoria que reconstruye nuestro pasado, la edad que nos atribuye los mejores sentimientos, las emociones que vivimos, tan cerca, deshaciéndonos del tiempo que era muro que quería retenerlo en las calles, donde su Poder es más necesario, donde las banalidades se desperdigan con su ministerio, por el que vino al mundo. El Dios verdadero, el de nuestros ancestros, el de nuestros abuelos, que lo buscaban en la madrugada más hermosa para recordarse el minúsculo arraigo a las vidas, tan fatuas, tan efímeras, y aniquilar la insipidez que las rige, volverá a inundar las calles de esta ciudad con la misericordia del perdón de los pecados, con la misericordia de la alegría que se desprende de la caridad, con la misericordia de su mirada, absorta, intemporal, desarraigada de esa intolerancia que envilece constantemente nuestras almas.

Sabemos que sin Él está desnutrida nuestra alma. Conocemos su mensaje porque padecemos el síndrome amoroso de las manos que besamos para que nos alimente de la necesidad fraternal de acercarnos a nuestros hermanos, de los que nos distanciamos por intransigentes minuciosidades, mundanos hechos que somos incapaces de vencer porque nos da miedo esa cruz que sustenta la Verdad, la fortaleza de Quien obra siempre desde la misericordia y el amor fraterno. Nimiedades que deberíamos ahuyentar con nuestros comportamientos y que obviamos, simplemente, porque necesitamos del ego para subsistir, para entronizarnos en la mentirosa fantasía de creernos felices por acopiar más riqueza, más popularidad o atribuirnos el protagonismo, en el ámbito de nuestras cofradías, que no nos pertenece, que esta arrogancia nos disuelve en el compromiso, porque quién es realmente importante es este Hombre, Dios encarnizado, que subyuga los corazones y atribula nuestra conciencia.

Queda un año para que El que todo lo puede vuelva a secuestrarnos la voluntad, a avergonzarnos al nominarnos como seguidores de su mensaje cuando obramos diametralmente opuesto a su discurso, a la Palabra que sigue reptando las líneas del tiempo y ahondando en los misterios de la vida. Dios quiso hacerse presencia entre nosotros y se conjuró de su inmenso Poder para personificarse, para hacerse Carne y habitar entre nosotros. La Redención no es un hecho casual y sí causal. Estaba escrito que se concibiera en seno virginal para establecer la Esperanza entre los descarriados, entre los desventurados, entre los pobres –los espirituales y los sociales- y a fe que así sucedió. Que su Poder, su Gran Poder, engañaría a la muerte y reinaría, por los siglos de los siglos, en el paraíso. Una promesa formal que seguimos en el misterio de la fe y con la esperanza de descansar en el fin de los días.

Quedan trescientos cincuenta y siete días para que Jesús del Gran Poder renueve nuestra condición de hombre libres, creyentes que buscan la Verdad en su mirada, que acuden, cada viernes del año, cada madrugada del viernes santo, al reino de las cuatro esquinas de San Lorenzo, para protestar la fe que nos enorgullece, porque nos reviste de la necesaria misericordia, una virtud tan obligada a enraizar en nuestros corazones, como la conversión diaria que nos procura su solvente mirada, ésa que riega de humanidad las almas y las hace mejores; ésa que blanqueaba los corazones y los reviste del albor de la pureza para que nos sintamos verdaderos hijos del Hombre, de Jesús del Gran Poder, el todo misericordioso.

Queda casi un año y ya estamos deseando cruzarnos con Él. Días que irán desperdigándose hasta convertir en realidad las ansias. El Señor irá a la Catedral el cinco de noviembre de dos mil dieciséis para presidir el jubileo de las hermandades en el Año de la Misericordia. Quién mejor para ello que éste que todo lo puede y todo lo entrega.

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