Juan Manuel, la novela

Juan  ManuelEn San Gil, en el mismo lugar donde tantas veces cruzaran la mirada, volvió la memoria a concitar la justicia; el olvido quedó desahuciado, arrinconado donde sólo habitan las sombras. En San Gil, donde la vida tuvo una explicación porque allí habitó la Vida, resonaron los clamores de la ausencia, de la necesidad imperiosa de verter sobre las lápidas de mármol, las sensaciones primeras, los recuerdos y las imágenes que siguen prendidas de sus muros. Allí, donde la Esperanza se convierte en pilar de la creencia, en esencia de la Fe que nos alegra, sonaron palabras que devolvían alegrías, que recuperaban sensaciones. Allí quedó prendida la gratitud de este pobre escribidor por tantas muestras de afectos, de cariño; por emociones que se prendían en reencuentros, amigos que sustentan la nostalgia y que merecen más tiempo del que les dediqué. Allí, en el mismo templo donde se encumbró el hombre que dotó de sentido la religiosidad popular, volví a experimentar la grandiosidad de la amistad. Muchas gracias por esta acogida a la novela, a mi nueva novela, sobre la vida de este genio, al que aún no se le ha otorgado los honores que debiera.

Ha sido un año y medio de exhaustivo trabajo, de lecturas amenas pero prolongadas, de actas y libros que me descubrían facetas insospechadas sobre Juan Manuel- Un año y medio rebuscando en archivos y hemerotecas, en preciosos y precisos estudios sobre su obra, sobre sus diseños y bordados. Una tarea que pudiera parecer soporífera se convirtió en expectante, en alegría y asombro por cuanto iba desmembrando de aquellas líneas que recogían el día a día de hermandades, y muy especialmente de mi hermandad de la Macarena. ¡Qué vivencias, que emociones! Conocer cómo, y con que gran esfuerzo, se han ido construyendo estas corporaciones, cómo el esfuerzo de esos hombres dotaban de grandiosidad y magnificencia a las cofradías, con el único propósito de expandir el gran mensaje de amor que nos demanda Dios. Fue muy gratificante seguir las instrucciones y los pasos de quienes me guiaron por las sendas de la investigación. Leer entre líneas, me dijeron. Hacerlo con cariño y con perspectiva, porque aquellos tiempos no era éstos. ¡Qué razón llevaban! Descubrir la generosidad de los devotos, de personas humildes -la humildad en los primeros años del siglo XX rozaba la pobreza, si no la miseria- que no dudaban en desprenderse de sus escasas pertenencias de valor para realizar proyectos que vivificaran las enseñanzas de Cristo con la concreción de enseres y prendas que realzaran a sus benditas y queridas imágenes, estrechando los vínculos afectivos entre Dios y los hombres. Ese desprendimiento, por amor, llegó a conmocionarme. ¡Cuantos ejemplos de generosidad! Como la de aquel hombre, que sin tener más que los sucinto para comer aquel día, entregó las monedas, que le hubieran proporcionado el almuerzo, para  ayudar a que la Virgen pudiera tener su corona. Gestos de gente humilde, de la gente de la Macarena, de la gente que sabe que las urgencias y las amonestaciones no tienen sentido cuando se enfrentan a Ella. Y eso Juan Manuel, el genio más grande de esta ciudad, en el último siglo, supo captarlo y recogerlo para ir configurando una sociedad extremadamente más justa. Ahí radica la grandeza de este hombre, quizás el primero que dio sentido y presencia a la gente humilde, a la que rezaba diariamente a la Madre de Dios, a la que se engalanaba para acompañarla en la estación de penitencia. Dolió mucho, en aquella Sevilla intransigente, preocupada por las formas y obviando el fondo de las cosas -¿de qué me sigue sonando ésto?-, que los olvidados, los labriegos y los hortelanos, los obreros que construían, los herreros que acicalaban los hierros de cierros y rejas, se convirtieran en elegantes nazarenos, en penitentes que se revestían de hermosas y airadas túnicas de merino y los cíngulos se deshicieran de su rudeza para enhebrarse en las finas sedas; que cambiaran sus alpargatas por mocasines de charol, que retiraran los desastrados cordones y pusieran hebillas de plata, en su lugar, con Su nombre; que la sarga de los antifaces se enseñorearan con la tersura de terciopelos y los escudos se realzaran con hilos de oro y seda de colores. Dolió mucho, que en aquel arrabal, donde cualquier miseria tenía cobijo se fomentara la devoción a la Virgen con esos esplendores, con aquellas magnificencias y que por una noche, una madrugada, reconvirtieran su condición y presumieran de su amor con las mejores galas. ¿O es que acaso, cuando en busca de nuestra amada no sacamos lo mejor de nuestros armarios?

Rodríguez Ojeda fue un precursor y un vanguardista, un hombre desencajado en su tiempo que siempre luchó contra la adversidad y siempre salía victorioso porque había algo que guardaba sus espaldas. Era macareno, en su más profunda esencia. Era parte de esa gente de la Macarena -un término que alguno, hoy en día sigue sin comprender, y por eso se desubica del sentido religioso que conlleva la denominación- que le respaldaba, parte del pueblo que aclamaba con vítores y revuelo de banderas, regreso de la Vecina más antigua del barrio, tras algunas horas fuera de él. Juan Manuel nunca renegó de ello, ni de su condición. Y a la gente de la Macarena, ni le importó su condición ni su rebeldía. Porque en él veían al hombre que socorría a sus vecinos, que acudía en ayuda de quienes se la solicitaban, que ponía a disposición de la hermandad sus diseños, sus trabajos y nunca, nunca, fijaba fecha de cobro. No veían más que un hombre enamorado de Ella y de su sencillez. Dicen que tenían un carácter especial. Tal vez. Pero era su muro de defensa, la pared donde se resguardaba de la falta de caridad de aquellos que intentaban minimizar su trabajo, corroídos por la envidia, por la incapacidad de reconocerse a ellos mismos. Dicen también, las malas lenguas, que ganó mucho dinero, que hizo fortuna con los diseños. Posiblemente. Pero obvian, que tal vez, renegara de la riqueza, que le ofrecían constantemente, por no irse de la Macarena, de San Gil, donde residía su más grande y profundo amor.

Ayer, tres de diciembre, la emoción volvió a embriagarme. Gracias a la oportunidad de poder escribir sobre la apasionante vida de Rodríguez Ojeda. En el libro no hay mas que sentimientos. Encuénntrenlos. Ayer, ochenta y cinco años después de su muerte, en el mismo lugar donde se elevó su túmulo funerario, presenté la novela y la memoria de este genio planeó por las naves de la parroquia de San Gil, donde la Virgen una vez se vistió de luto y donde cruzaron su última mirada terrenal Juan Manuel y la Virgen de la Esperanza.

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