PRESENTACIÓN DE LA NOVELA JUAN MANUEL

PRESENTACIÓNBuenas noches.-

Quiero agradecer en primer lugar, al Vicario General y al Rvdo. Sr. D. Francisco Ortiz Bernal, párroco de este templo y la feligresía que tanto tiene que ver con el protagonista de la novela, por su afectuosa y cálida predisposición para la cesión de este espacio. Sin su anuencia nada hubiera sido como ustedes pueden verla ahora, como queríamos fuera, no por nosotros, sino por este halo donde viene prendida la memoria de quién construyó tantos sueños para enaltecer y dar esplendor al gran amor de su vida.

A mi amigo Enrique Guevara, mi presentador, que se ha desplazado, ex profeso, desde la capital de España para acompañarnos en este día. Desde el primer momento de la propuesta se mostró, no sólo receptivo a ella, sino ilusionado y entusiasmado. No hizo más que una insinuación y en seguida afloró esa generosidad que lleva prendida en su ser. Muchas gracias Enrique.

No quisiera dejar pasar este momento sin hacer mención a tres personas que me han facilitado la labor de investigación. Con varios apuntes encauzaron mis pasos. Eso da muestra de sus excelentes dotes pedagógicas, o lo que es lo mismo, la naturalidad con la que transmiten sus ideas para ilustrar a quienes no tenemos la dicha del conocimiento en el arte, especialmente en las suntuarias. A Gabriel Ferreras, a Antonio Mañes -¡qué verdad era leer entre líneas las actas que se guardan en esta hermandad!- y Andrés Luque Teruel, que en tres conversaciones, me pusieron en las pistas que han posibilitado puntualizar aspectos y claves de la liturgia en enseres y ornamentos del culto a las Sagradas Imágenes.

A mi lector de cabecera, Eduardo Carrera, que ha soportado, durante la gestación de este proyecto, mi insistencia y pesadez para obtener opinión casi de inmediato.

Y a Guillermo Orellana Delgado, a quien todos los macarenos debiéramos parecernos, o al menos tomarlo como ejemplo. Nuestras conversaciones, sus palabras, esa pasión que aflora en su mirada cuando habla de la Virgen, de la Macarena y su gente, despejaron, desde el principio, la ruta para la descripción del personaje, para desentrañar su personalidad; su sapiencia sobre esta gran hermandad, que se sustenta en el entrecejo que guarda la mirada de la ilusión, me abrieron las puertas de las certezas y afianzaron mi convicción de que hablar de Juan Manuel, no era un reto, sino una necesidad para descubrir que tras el artista se escondía la de un Gran persona, un ser humano ejemplar, con sus defectos y bondades, evidentemente. Gracias de corazón, Guillermo.

A mi familia, a mi mujer y mi hija, pues sin ellas nada, absolutamente nada, de este proyecto hubiera sido posible. Ellas hacen el esfuerzo y nunca se quejan de sus privaciones para que yo pueda realizar mis proyectos.

Por último a mis editoras, no me he olvidado, Rosa y Esperanza, Esperanza y Rosa, que confían en mí y posibilitan que mi tercera novela vea la luz. Ellas saben del trabajo realizado, el esfuerzo que he tenido que efectuar, porque no era fácil esta misión. Una tarea que estuve a punto de no iniciar, no por el trabajo, que no me causa espanto, sino por la envergadura del personaje, por el vigor de este hombre que se enfrentó a la sociedad de su época, que no tuvo reparos en manifestar su condición en un tiempo en el que eran anatemizados por ello, apartados de la sociedad por los convencionalismos que marcaban una tradición trasnochada. He de decir, antes de continuar, que este proyecto me viene ante la impetuosidad e insistencia de Esperanza, que lo tenía en mente desde hacía pero, según sus palabras, no encontraba quién pudiera reconducirlo, plasmarlo, y me dijeron que yo era la persona idónea, y yo pensé, halagos para convencerme, ojana como decimos por aquí. Pero acepté cuando recapacité y recordé que nunca me han dado miedo los desafíos.

Como digo no ha sido fácil trenzar una historia de quien, personalmente se sabía tan poco. Lo primero instruirme y durante un año fui asiduo de los archivos de hermandades, de la hemeroteca y de algún que otro libro donde se hace mención a su figura, a su genio como creador, o de personajes de la época para hacerme una composición de la ciudad, del barrio, de la sociedad de entonces. Todo tuvo que influir. Y comencé a escribir, pasada la semana santa. El inicio lo tenía claro. Y la trama también. Empapelé las paredes de mi despacho con artículos, reseñas, fotos, y hasta mapas de Sevilla de mediados del siglo XIX, principios del XX. Y un día se desprende una foto del manto de malla. Y lo que son las cosas. Aquella lámina injerta una duda. Y luego otra. ¿Cómo tuvo conocimiento Juan Manuel, con tanta preclaridad, de los movimientos artísticos que se desarrollaban, coetáneamente a él, en Europa, emergentes tendencias que evolucionaban de manera extraordinaria, rápida y vertiginosa, casi sin pausa entre ellos?  Y la segunda duda. ¿Y si viajó? ¿Y si tuvo la oportunidad de conocer in situ, aunque fuera someramente, aquellas explosiones de arte que se sucedían en París, en Italia, e incluso en Inglaterra? La ciencia de la novela, es la especulación. Y esto que presentamos hoy es una novela. Una narración en la que dentro de mi estilo, de mi manera de entender cómo contar historia, mezclo la ficción y la realidad, la constatación de la evidencia y la imprudencia de hacerla girar hasta configurar la narración, hasta hacer creíble la ficción. ¿O es casualidad que en su diseño de la túnica penitencial se enjugue la gallardía de una capa, o se calce a los penitentes con charol o se suprima la rigidez del luto en los antifaces para enseñorearlos con sutiles terciopelos, con oros y sedas? Ved las ilustraciones de quienes, en aquella época, acudían a las óperas, a los grandes actos culturales  en París. ¿Es casualidad que algunas marionetas de los teatros populares sicilianos, las famosas óperas de Pupi, que aparecieron en el siglo dieciocho en la isla y península italiana, guarden tantas semejanzas, tantas analogías, con la indumentaria de los armaos de la Macarena? Indaguen en ello o pídanle a Manolo Grosso que les muestre una de aquellas marionetas original, que ornamenta un rincón del salón de su casa. ¿Fue casualidad que Joselito, adquiriera las mariquillas, art decó recuerden, en uno de sus viajes a París o fue un recado de su amigo? La especulación fomenta la imaginación y yo soy contador de historias.

Otras de las cosas que me planteé fue cómo incluir en la trama su condición sexual y cómo afectó a su vida. Era algo que no se podía desligar de él si quería referir su existencia entre los mortales, porque los prohombres también tienen sus afectos. Intenté no menoscabar su ingenio por favorecer el relato, gratuitamente, con este apartado de su vida, que no influyera en la línea argumental, y fueron tomando cuerpo en la historia las historias de sus relaciones, tratadas con la ingenuidad, el cariño y decoro que merece un hombre, aclamado y reconocido por su genialidad. Creo que lo he conseguido, incluso el personaje sale reforzado en todos los aspectos, porque las personas, al final de sus vidas, son recordadas por sus actos, por sus trabajos y su entrega.

En fin, y resumiendo. Juan Manuel fue un adelantado a su época, alguien que de haber nacido en otro lugar, en otra parte del mundo, alejada de los prejuicios y de los desfases que procura el desconocimiento y la ignorancia, su figura y su historia se recogerían en las enciclopedias más relevantes del orbe, las líneas maestras de sus trabajos, sus diseños, se aportarían como referentes y se estudiarían en las mejores universidades. Tal vez fue su propio deseo, su apego a esta parte del mundo donde tenemos la suerte de encontrarnos, cada día, con la Virgen, lo que le hizo no abandonar este cahiz de tierra. Tal vez no quiso pagar el elevado precio de la separación de Quién fue siempre su referencia emocional, el amor al que no se puede renunciar. Y soportó el pesado lastre de las envidias, de los enconos y rivalidades que siempre superaba con esa sentimentalidad que se sustentaba en la calidez de la razón. Tal vez, Rodríguez Ojeda, prefirió cruzar diariamente su mirada con Ella, a la gloria y la riqueza que le esperaban allende nuestras fronteras, estas que tiene postigos, alminares y un arco que recoge a quienes llegan ahítos de Esperanza. Juan Manuel, no fue hombre de su tiempo. Fue un vanguardista que se atrevió, con dieciocho, a transfigurar a su enamorada ante el asombro de sus contemporáneos, que tuvo la valentía, y el coraje, de revestir a la Virgen de Reina, rodearla de referencias eclesiales y litúrgicas, hasta convencer, a los más escépticos de la época, de que cada puntada que se daba en el taller, sobre sus diseños, no era un capricho, ni una excusa exhibicionista, era un propósito para alcanzar la Esperanza, esa Virtud que lleva irremediablemente hacia la Salvación del hombre gracias al misterio de la Resurrección del Hijo de Dios.

A los lectores, a quienes se acerquen a estas páginas, reiterarles que no es una biografía, ni un estudio de su obra, es una novela sobre la vida de este gran hombre. Les reto a qué descubran que es ficción, qué es realidad. Decía Cervantes “En algún lugar de un libro hay una frase esperándonos para darle un sentido a la existencia”. No aspiro yo a tanto. Pero si al final he logrado emocionarles, desentrañar sus sentimientos, me daré por satisfecho.

No quiero terminar esta presentación, sin un último agradecimiento, sin  mostrar  mi gratitud  a Quién está dedicado este libro. Les cito la dedicatoria. “A ELLA que me puso en el camino”.

 Muchas gracias

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