Glorias de Sevilla

IMG-20151208-WA0005Intento ir poniendo en orden mis sentimientos, las emociones que me han asaltado en este último fin de semana. Es casi imposible descifrar los afectos que se van  enredando en el corazón, como una maraña que se incrusta en los sentidos y afianza sus raíces en lo más profundo del alma.

Desde el primer instante de mi designación como pregonero de las Glorias de Sevilla no han cesado las muestras de cariño y afecto hacia este pobre escribidor que mantiene la certidumbre de su inmerecido premio. Porque esto es un premio, aunque lleve adherida la inmensa responsabilidad de proclamar las benditas bondades que conlleva María, como Intercesora entre los hombres y Dios, en esta tierra que siempre ha presumido de defender sus dogmas y proclamar sus virtudes. Sevilla ciudad Mariana por excelencia. Sevilla siempre junto a la Madre de Dios, la Virgen que nos arrebata el corazón, que nos guían en nuestras decisiones y nos auxilia y nos llena de alegría en los momentos más escabrosos, en ésos en los que nos anega la tristeza y nos convierte en serviles y profesos vasallos, defensores acérrimos de los mandatos que se nos dictan desde el Evangelio. María es la hermosura con la se nos muestran las Sagradas Escrituras. A través de Ella llegamos a Jesús, siempre fruto bendito de su vientre. ¡Qué alegría saberse amparado por sus Gracias! ¡Qué gratificante Servirla, mostrarnos en la humildad que nos envuelve con Su mirada!

Este longevo fin de semana me ha abierta la razón a los sentimientos. Oír mi nombre y mi designación en las intenciones de una misa supuso el quebranto de la fuente donde se remansaba la serenidad. ¡Qué responsabilidad, pensé, qué gran compromiso éste de cantar a la Virgen y no defraudar a quiénes van a rezar por mí! Fue delante de la Virgen pequeñita de la Pura y Limpia del Postigo. He decir, que ante mí, su dimensión se agigantó, que su hermosura vino a asemejarse a La glorificamos en los cielos, a La que siempre nos devuelve sus Gracias cuando oramos ante la puerta de su capilla, junto al Arco del Postigo. ¿Cómo devolverles tanta afabilidad y tanto cariño sin desangrar mis emociones? ¿Cómo corresponder a las oraciones que van a dedicar para que las palabras que pronuncie no se pierdan en mi propia banalidad y se santifiquen con la pronunciación de sus advocaciones, de la gloria con la que Dios la invistió? Mi gratitud a ellos, a esos que se privan de la familia y dedican, el tiempo que les deja sus ocupaciones profesionales, a servir a la Virgen, a la más Pura y Limpia de las Mujeres, para que María continúe otorgándonos, pobres humanos, la intermediación ante el Fruto de sus Entrañas.

Ayer, otra vez la emoción enjugando mis sentidos. Ayer, ante la Divina Pastora de la Almas, siempre Nuestra Señora, fui agasajado con otro inmerecido homenaje. En su recoleta, pero hermosísima capilla de la calle Amparo, pusieron receptáculo para ir encajando las palabras que un día serán pregón, los papeles que irán recogiendo mis vivencias, mis emociones y sentimientos, siempre escasos para tan grande y celestial majestad, siempre por deméritos de este contador de historias, que se convertirán en la glosa hacia la Virgen, cuando abril comience a mayear, y las luces inicien el desperezamiento de la nostalgia, alargando las tardes para realzar el esplendor de la Bienaventurada saliendo a proclamar sus Virtudes por las calles sevillanas, por esos barrios donde la historia se convierte en leyenda, o las leyendas vienen a configurar la certeza de la vida, la existencia de hombres que vivieron y soñaron con alcanzar la dicha de sentirse hijos de María, a través del amor y la entrega. Y eso fue lo que ví ayer, lo que se presentó ante mí. Hombres y mujeres anclados al fervor, rebaños que se saben conducidos, seguros ante los peligros que nos acechan, porque la Virgen, siempre la Virgen, los ampara y protege. Y otra vez el asalto de la emoción. Junto a Ella y los que me quieren. Recibir las tapas del pregón fue una convulsión sentimental, una revelación en mi interior que difícilmente pude contener, ni explicar. Y no es el valor cuantitativo, el noble material utilizado para su confección, lo más importante. Fue la alegría con la que me hicieron entrega de las cubiertas donde reposarán, primero, y eclosionarán después, la humildad de mis palabras, los salmos que narrarán mis sentimientos, mis vivencias y mis ilusiones; esos momentos que intentaré hacerles llegar para resolver esa deuda de gratitud que ya comienzo a adquirir con TODAS las hermandades de Gloria.

¡Qué responsabilidad más grande! Pero siempre tendré a la Providencia para guiar mis pensamientos, para poner en orden mis emociones, y convocar arrebato de amor y júbilo para Quién es la luz y guía de nuestros corazones.

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