Los ritos de la Navidad. La infancia

           Ritos Navideños La espera siempre se nos hacía eterna. Eran los primeros días de diciembre los que marcaban el inicio. Quizás, en aquellos años, todo era más pausado porque no conocíamos las prisas que vendrían a imponernos la responsabilidad de la edad, de la madurez. Para eso quedaba mucho y nuestra única preocupación era someter el tiempo, avanzar en las horas y buscar un pretexto para incautar un momento y prenderlo a nuestros juegos. Ahora la memoria se muestra gris, como si la infancia, nuestra propia infancia, no nos perteneciera o fuéramos ajenos a nuestros recuerdos y nos encontráramos frente a una gran pantalla de cine disfrutando con las emociones que nos pertenecían.

            Las vísperas eran el presagio, el mejor y más hermoso tiempo. En la escuela, las paredes se recubrían de espumillones, y del cuadro de aquel hombre que nunca envejecía, que se mostraba siempre igual, con su uniforme, con entradas que anunciaban una alopecia inminente, colgaban bolas de colores, reflejando los rostros de los compañeros que se situaban en las bancas primeras, en aquella posición de privilegio que les otorgaban sus notas, las excelentes calificaciones que nunca envidiábamos. Las horas se relajaban en las aulas y las exigencias pedagógicas se atenuaban. Los libros se cerraban y don José relataba, desde el estrado, ignorando la pizarra, cuentos de navidad, donde los valores humanísticos se realzaban y todos queríamos ser mejores, llevar presentes al portal, cantar villancicos y mostrarnos, a ser posible, como ejemplos de bondad ante los semejantes.

            Todo resultaba más pausado. Se languidecían las horas y las tardes, con las vacaciones disfrutándose, se agrandaban y no importaba que la luz decayera, ni que las oscuridades ocuparan los rincones y el frío se acendrara en los cuerpos, porque eran los juegos y las inquietudes infantiles quienes imponían las conductas, las que marcaban las pautas. El tiempo no se medía en minutos, ni en horas; eran las conversaciones las que movían las manecillas del alma y sostenían los instantes; eran las emociones y las risas las que ponían los límites a la fantasía. Nos bastaba con reunirnos y salir al encuentro de las luces, minimalista y sencillos alumbrados, que se disponían en las calles principales del pueblo, y descubrir sus figuras en el resplandor, en la luminiscencia que venía a amortizar nuestras inquietudes infantiles, cándidos en nuestros comportamientos, pues nos bastaba fantasear, ante los esplendidos escaparates de los comercios, sobre la cena de Navidad o aquellos juguetes, que se exponían de manera tan vistosa, y que siempre incluíamos en nuestras cartas a los Reyes Magos y que nunca recibíamos.

            Eran ritos de nuestra infancia. Acciones sencillas que convertíamos en solemnidades porque eran momentos extraordinarios que nos abstraían de la rutina, de la común actividad diaria, que secuestraba la atonía de la cotidianidad. Ritos de la niñez que hoy echamos tanto de menos. Un tiempo que perdura en la memoria y que consigue, cada año por estas fechas, recuperar la sonrisa inocente de aquellos niños que fuimos y convertir, este sin vivir de nuestros días, en este atropello de los valores mejores, en jubiloso acontecimiento porque el alma recupera la infancia y la voz de nuestras madres tarareando los villancicos que nos hacían tan dichosos. “La nochebuena se viene/ la nochebuena se va/ y nosotros nos iremos/ y no volveremos más”.

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