Los ritos de la Navidad. La primera juventud

uno_navidadEra una sensación nueva la que comenzaba a fluir por nuestras venas, como si la sangre galopara y se mostrara indomable provocando una euforia sin igual. La luces comenzaban a parpadear en el muro que nos parecía tan frío e indiferente apenas unas semana antes. Aquel derroche luminotécnico marcaba la cuenta atrás de las fiestas navideñas. La fachada de El Corte Inglés era el primer signo de la alegría en la ciudad, del casco histórico aún repleto de negocios familiares, entrañables tiendas que fueron devoradas, qué pena, por la bestia del progreso cateto, unos años después, impuesto por modernos que solo miraban las maravillas de sus desastres

Salíamos con la ilusión proyectada en la semblanza de nuestros rostros, dichosos porque no nos asían de la mano nuestros padres, ignorando que su nostalgia nos invadiría el alma años después, y manteníamos la primera de las emociones afectivas, esperando que una sonrisa, o una mirada, de la niña de nuestros ojos se proyectara hasta nosotros, Esa búsqueda inocente que nos impedía dormir aquella noche fantaseando sobre un futuro idílico que nunca llegaría a concretarse porque la Providencia nos tenía deparado otro. Pero éramos felices con aquellas salidas vespertinas de la pandilla; éramos dichosos con pasear y observar las calles y los comercios tradicionales del centro. Las jugueterías repletas de ilusiones, con las últimas novedades en muñecas que hablaban, que decían mamá, o que caminaban y dejaban boquiabiertas a niñas de trenzas y abriguitos cruzados; o los madelman que llevaban adscritos historias y aventuras para convertir en campos de batalla, o junglas frondosas, los pasillos de las casas, o los rincones de las cocinas.

En Casa Marciano seguía asombrándonos aquel jamón descomunal, una pieza que nunca averiguamos si era verdadera o era un atrezo para conciliar las miradas en sus escaparate, siempre repletos de exquisiteces. El turrón que parecía dibujado, las alubias en esos sacos parecían haber sido esculpidas o colocada una a una, para conformar una irregular semblanza del patrimonio gastronómico de la zona. Caminábamos sin rumbo, sorteando las esquinas y los fríos, que entonces parecían más recios, o es que la memoria es más cálida, y manteníamos la certeza de descubrir paisajes nuevos, aun sabiendo que habitaban en los recuerdos. Pero la ilusión nos lo presentaba como novedoso.

Apenas el sol se despedía de los tejados y azoteas y caía vencido tras la línea del horizonte, retornábamos al calor del hogar, con la mente puesta en la siguiente tarde y con el sentimiento del lánguido transcurso de las horas. En el recuerdo, fluyendo con el ímpetu del tiempo que ya vivimos, que nos resulta tan entrañable y tan delicioso, la noche serena mostrándose tras los perfiles de la ventana, ajena a la calidez del interior, el reflejo de los ojos de un niño, que empezaba a dejar de serlo, brillando en la aspiración por un beso candoroso, o soñando con la magia de los Reyes Magos y con aquellos libros que iban transcritos en las líneas de una carta, mientras en la televisión sonaba el pequeño tamborilero, y las notas se enredaban en el espumillón que delimitaba los perfiles del mueble aparador, y la imagen de Raphael se distorsionaba en las bolas del árbol de Navidad y sobre la mesa se disponía, tras la cena, una caja con dulces navideños, que tenía en su tapa la imagen de la Virgen de la Esperanza.

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