La Virgen en la Macarena

macarena_besamanos_            Se asomó al balcón con la misma belleza con la que salen las mocitas cuando cumplen diecinueve años y el poeta sublima su entereza hasta caer derrotado en la hermosura de sus versos. Ataviada con sus mejores galas, con el ajuar que las jóvenes hortelanas disponían para los días de gloria, aunque en los cielos se desprendieran lágrimas para recordar que Jesús moría casi a la misma hora que un arco era hendido por la rotunda belleza de su rostro, por la grandiosidad de mirada, capaz de taladrar los corazones y almibarar cualquier signo de rudeza en los corazones. Desprendida de su empaque regio, desasida de la voluptuosidad de una apariencia que soporta signos reminiscentes de la divinidad con la que es investida, sorprendía por su extraordinaria humildad. Las expresiones del júbilo, con la siempre es recibida, porque en Ella el dolor no tiene sentido, ni espacio donde albergarse, quedaron en el limbo de la ausencia, y el silencio se fue adueñando del aire y los suspiros quedaron presos, recluidos tras los barrotes del asombro. Manifestada ante el pretil, su figura se agigantó, y la niña hermosa se convirtió en la mujer de los esplendores, en esa buenaventura que van pregonando la luz de sus ojos y que es capaz de acallar las voces más estentóreas, de silenciar los gritos que contradicen la Verdad por la que fue señalada en los tiempos.

Las horas se pierden en la nebulosa de los sueños y los sueños se convierten en intemporalidad cuando se presenta para alterar los pulsos y sonsacar las emociones, esos sentimientos que yacen en lo más profundo del alma y afloran cuando, la tormenta que provocan los labios que pronuncian su nombre, se hacen presencia en  las conciencias para revocar los actos mundanos e instaurar el reino de la felicidad. No hay dilación en la memoria, que se conjura para remover la memoria que corre por la sangre y revoluciona las sensaciones que viajan del pasado, los momentos que son presos de la nostalgia y remueven los caudales de la alegría, porque las ausencias no tienen sentido ante Ella; más bien se hacen presencia en Ella.

Bajó las escaleras con la majestuosidad con las que mocitas paseaban entre los vergeles que se extendían allende la barbacana que preservaba a la ciudad de las inundaciones, de los alminares que retenían las brisas y las llevaban, convertidas en besos, hasta los alfeizares donde las niñas suspiraban ante los recuerdos de un joven que volvía de la labor en las huertas. Esa elegancia que poseen quienes se saben protegidas por la gracia que emana de la pureza eterna porque el Todopoderoso La designó con la elegida.

Se detuvo ante las miradas perdidas en su magnificencia e hizo suyo toda la sentimentalidad, el amor fundido de los corazones que comenzaron a rendirle pleitesía, a proclamarla bienaventurada, bendita entre las vírgenes, a rodearla de las proclamas que enumeran sus virtudes. Se ahogaron las penas en las lágrimas y las oraciones en las comisuras de sus labios para alabarla, para entronizarla en sus corazones. Dueña y Señora, la niña hermosa, extendió sus manos y los primeros labios posaron, entre sus dedos, ósculos temblorosos  que tenían reminiscencias de madres que reposaban en la mejor memoria, de padres que sentían la misma y cálida sensación de la recuperación del recuerdo de sus ancestros, de los que duermen ya en las profundidades del esos cielos que se construyeron en torno a su amor.

Todo quedó desbancado con su presencia, con su instauración entre los mortales que La consideran su salvación, con el establecimiento de su real apariencia en medio de la gente que hicieron grande esta devoción que adocena almas. Se convirtió en la Reina de todos para consagrar la gracia que esconde el sonido de su nombre. Rodeada de la gente de la Macarena, la Virgen volvió a materializarse, a presentarse como única salvación de sus almas, como remedio de los males que asolan al alma, como única Esperanza de los mortales.

Todo ésto ha vuelto a suceder en la Macarena. La Virgen está entre nosotros.

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