El tiempo perdido*

el tiempo perdidoLa vida nos sorprende a veces en los lugares menos esperados, en los instantes más insospechados. Las palabras vienen a ungir sentimientos y emociones en seres desconocidos, en hombres y mujeres que jamás han cruzado una mirada, que quizás nunca más vuelvan a encontrarse y si lo hicieren, tal vez no se reconozcan y queden prendidos en el olvido los momentos casuales que una vez pudieron compartir.

El trayecto del tranvía había sido reducido. La gente inundaba la cercana avenida de la Constitución y el tránsito pausado del pequeño tren, era casi imposible. Más vale prevenir que curar. La última para se había establecido en las inmediaciones del Archivo de Indias. A mí me daba igual, porque mi destino estaba fijado, de antemano, en aquel lugar. Así que no me afectaba. Pero como era temprano para el asunto que me llevaba hasta el centro de la ciudad, había decidido bajar en la última parada, en plaza Nueva, y desandar el trayecto, pasear con tranquilidad hasta el lugar que concitaba mi interés. Algunos viajeros, eventuales porque disfrutaban del asueto de las vacaciones, protestaron por aquel acortamiento del trayecto, críticas injustificadas porque la seguridad de los viandantes debe prevalecer sobre los intereses particulares. Así que las reprobaciones cayeron en saco roto, entre la general concurrencia. En la puerta del edificio de correos, bajamos todos. Como lo ociosidad confunde los deseos y agiganta la curiosidad, enseguida me percaté de su presencia. En uno de los bancos, se acomodaba un hombre. Extendía su apariencia con dignidad en aquel aposento de hierro, que no invitaba a la comodidad, pero en él aparentaba hasta tranquilidad. Tenía los ojos cerrados como congraciándose con el sol del mediodía, tomando un baño dorado que fortalecía su escuálida presencia. Tal vez buscara el calor que las primeras horas de la mañana le había negado, confortar y recuperar calidez. No lo sé. Parecía cómodo, relajado, sosegado, ajeno al ajetreo que lo circundaba, a ese ir y venir consumista que transitaba alrededor de él. Parecía, incluso, despreciarlo.

Concreté el asunto, algo más tarde de lo esperado, porque se fueron demorando quiénes me precedían en lo mismo. Volví a la estación donde me había apeado a media mañana, con el propósito de tomar el tranvía. Los indicadores luminosos que indicaban los lapsus de tiempo entre uno y otro, advertían de un retraso considerable. Me aturdió aquel contratiempo porque era el mediodía de nochebuena y no quería dilatar más la ausencia de mi casa. Entonces volví a verle. Esta vez era él quien se había percatado de mi contrariedad, de mi encubierto berrinche por el retraso. En la misma postura, con los brazos extendidos por la parte superior del respaldo fundido, me sonrío. Sus palabras sonaron a verdad. Con aquel hermoso acento provinciano, tan melodioso como los campos y los terruños de donde debía proceder, con serenidad y contundencia, me dirigió una frase que resultó tan verdad como punible a mi desencanto.

– Nos están robando el tiempo ¿verdad?

Una pausa siguió a esta sentencia. Asentí con la cabeza. Durante unos segundos permanecimos intercambiando la mirada, asegurándonos de la certeza del momento. Yo desconcertado. Él enfrascado en la confianza sobre la veracidad de lo que acaba de decir.

– Decenas de millones de euros para sustraer instantes a la familia –continuó- Con lo que ha costado se podrían haber sufragado una buena flotilla de autobuses eléctricos y la periodicidad sería menor. Tanto dinero para quitarnos tiempo.

Volvió, tras la última sentencia, a recuperar aquella pose de modelo escultórico, a reconquistar el espacio que le proporcionaba la candidez y la serenidad, la calidez de los rayos solares laminando su figura, el aspecto ascético que confortaba su espíritu y lo dotaba de una tranquilidad envidiable, en contraposición a mi impaciencia.

Cuando el tranvía reemprendió la marcha sentí la necesidad de observarlo, de merodear su intimidad y confirmar que el tiempo nos imponía el yugo de su ley. El hombre siguió sentado, con sus brazos abiertos a la inmensidad, merodeando por la linealidad de las horas, sin importarle sin pasaban o se precipitaban en el ansia del vacío. Cuando el trencito giró para tomar la calle San Fernando, la quietud de su imagen fue desperdigándose por un nuevo paisaje. Las voces de unas señoras, que discutían con el revisor, pues pretendían no pagar el billete, me devolvieron a la realidad, a ese tiempo que se nos roba cuando perdemos los trenes que llevan en su interior el tiempo que nos pertenece.

  • a Eduardo Rodríguez García que tanto sabe de tiempo recuperado en estos días.
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