Los niños de Dickens en Sevilla

            1448538367_770627_1448606428_sumario_normalLo que son las cosas. Hace un mes, el actual gobierno municipal se empecinó en dar un giro a todo lo referente al diseño ornamental y la iluminación navideña,  los actos que se concentraban en el centro de la ciudad para desperdigarlos por el perímetro del casco antiguo. La explicación no podía ser más vacua e imprecisa. Al parecer todo tenía su raíz en la escasa viabilidad económica de los proyectos que había realizado, la anterior corporación municipal, esgrimiéndose además, la precariedad del plan de seguridad, que no podía asumir las multitudes que se agolpaban para visualizar el mapping, un espectáculo visual que se entroncaba con la tradición navideña cristiana, presente desde tiempo inmemorial en la ciudad. El experimento no ha obtenido la respuesta esperada.

            Las principales vías de la ciudad han seguido colapsándose. En determinadas fechas era casi imposible transitar por ellas. El metro centro tenía que acortar su recorrido ante la vorágine peatonal que impedía el acceso a su última parada. Los establecimientos de restauración se veían asaltados por ciudadanos. Los hoteles, en los días de puente, casi al noventa por ciento de su ocupación, ante la expectativas de una ciudad rendida a su tradición navideña, ante la celebración religiosa de la llegada del Señor, que es el trasfondo principal de la celebración, un hecho que no podemos olvidar ni eludir, por mucho que se empeñen en secularizarla quienes han puesto en el gobierno municipal al actual alcalde. Todo como hace unos años, como viene sucediendo desde hace muchos años y que el anterior equipo municipal intentó, no revitalizar, sino impulsar con atrayentes espectáculos. La plaza de San Francisco continúa abarrotada por el público que llega ante las atracciones que se han instalado ante la hermosísima fachada trasera del ayuntamiento. Parece ser que ahora, las trabas y preocupaciones sobre la seguridad han disminuido, y que las vías de evacuación se han agrandado. Debe ser cosa de las perspectivas. Y además con un agravio comparativo para quienes acuden a disfrutar del precioso carrusel –lo cortés no quita lo valiente- y a patinar sobre las pistas de hielo artificial –como la fisonomía anglosajona como principal elemento figurativo-. Lo que antes se disfrutaba con gratuidad ahora lleva implícito el pago del disfrute de las instalaciones.

Es cierto, y es de justicia hacer mención a ello, que el presupuesto del espectáculo audiovisual que se proyectaba sobre la fachada del ayuntamiento sobrepasaba las posibilidades económicas de las arcas municipales. Pero siempre, y actuando con tiempo, se podría encontrar un patrocinador –o varios-  que asumiese su coste. Lo que no es de recibo es imposibilita del uso a quienes no pueden hacer frente al pago para ello. Es una desconsideración para los niños y una terrible tristeza para los padres. Se conforman con observar cómo otros patinan o dan vueltas en el carrusel a lomos de los hermosos caballitos, que suben y bajan con mágica inercia para los ojos infantiles. No se pueden fomentar desigualdades entre los ciudadanos. Seguro que no está concebida con esa intención. Pero hoy que todo se estudia, que todos se somete  a severas auditorias, bien podría haber alguien señalar esta posibilidad.

El pasado lunes fuimos testigos de una escena propia de un cuento de Dickens. Una madre intentaba explicar a sus dos hijos – Ana y Juan y ninguno superaban los cinco años- que no podían patinar en las pistas de hielo porque no tenían el dinero suficiente para ello. La mujer los acercó a la barandilla y los pequeños se conformaron viendo como otros niños caían, o se desplazaban con torpeza, o se deslizaban con increíble habilidad, sobre la fría superficie. Alguien, que también fue testigo del episodio, apareció con las entradas y los niños se convirtieron en luminarias de felicidad. La madre, que al principio se negó por vergüenza, no sabía cómo agradecer aquel gesto. La pareja se limitó a desearles una feliz Navidad.

Me pregunto cuántas veces se habrá repetido esta misma historia. Niños volviendo a casa sin tener conciencia de por qué ellos no podían patinar o dar una vuelta, a lomos de los mágicos caballitos, en el ti vivo. Y aunque no haya sido así –que lo dudo -, esta única posibilidad vendría a suponer un agravio para quienes siguen padeciendo la lacra del paro o continúa padeciendo las secuelas de los efectos de una crisis que está dejando demasiados damnificados en el camino.

Los responsables de organizar estos actos debieran sopesar, para un futuro inmediato, la posibilidad de instalar espectáculos y atracciones que facilitaran la participación de todos sin excepciones. Y por supuesto no secularizar una fiesta de tanta Esperanza, donde el principal protagonista es ni más ni menos, que Jesús por mucho que algunos no lo quieran entender. La ópera y otros espectáculos están muy bien pero en otros escenarios, en otros espacios, en otro tiempo. La Navidad es la celebración de la llegada del Hijo de Dios a la tierra para igualarnos a todos. No la conviertan en una fiesta pagana y, lo que es peor aún, discriminando a quienes menos tienen. Recapaciten, por favor. Los cuentos de Dickens desarrollan su acción en el siglo XIX y están muy bien para ser leídos y provocar sensaciones y emociones al calor de la lumbre y hacernos recapacitar sobre la injusticia social y la falta de solidaridad.

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