La sonrisa de los padres

            REYES MAGOS 1967Miro al cielo y veo el azul despintado en la profundidad del amanecer. En los límites del horizonte comienza a entornarse la fluorescencia de una luz dorada, como si las fraguas del universo, donde se caldean las ilusiones, acrecentaran su actividad. Afloran los sentimientos asentados en el telón del alma, las emociones que reconozco y que se me ubican en los recuerdos de aquellos años en los que los ojos brillaban como la estrella que anunciaba, a los Magos de Oriente, la presencia de Dios en la tierra, del Hijo del Hombre presentándose a la humanidad en el interior de un cuadra, anunciándose al mundo desde la humildad de un pesebre.

            La metamorfosis comienza. Estallan las alegrías para revestirnos como los niños que fuimos y nos asomábamos a la ventana, atraídos por aquella luminosidad que invadía los espacios de nuestras habitaciones para configurar un nuevo estado del júbilo, una sensación incandescente que comenzaba a aflorar en el interior de nuestros cuerpos, de tal manera que cada sonrisa venía a simular una nueva satisfacción. La imaginación nos convertía en seres tan dichosos que veíamos, en cualquier indicio, por minúsculo que fuera, la señal de la inmediata presencia de los Reyes Magos. El entorno doméstico se transformaba y un aura de fantasía envolvía el ambiente, doraba las paredes hasta transfigurarse en estancias maravillosas donde la ilusión tomaba aposento y la entelequia nos transformaba en seres ansiosos que sucumbían al pausado y perezoso tránsito de las horas. Las calles se llenaban de niños que deambulaban mirando al cielo, esperando descubrir una estela que nos advirtiera la inminente llegada de los Reyes Magos, el avance de una comitiva que se nos antojaba deslumbrante, con pífanos y trompetas, con banderolas multicolores ondeando el aire, sones que eran heraldos de la alegría por vivir.   Soñábamos con los regalos que nos dejarían, juguetes prodigiosos que aparecían ante nosotros, unos días antes, en los preciosos escaparates de las tiendas, esos lugares tan alejados, tan inaccesibles, cuya frontera estaba limitada e inalcanzable por aquella barrera de cristal espeso, donde nuestras mejillas recogían el frío vidriado de las atardeceres de diciembre, sin importarnos que los rostros quedaran aprehendidos por la helada sensación y la nariz ligeramente amoratada.

He redescubierto aquel estado de ánimo, aquella felicidad inaudita transitando por mis venas esta mañana. El aire frío acortaba el camino al recuerdo. La transfiguración de las horas aciertan en el acercamiento de aquella infancia que comienza a tomar cuerpo en mí, a desandar los caminos y recuperar la edad donde las cosas más valiosas vienen prendidas de un celofán de inocencia. La añoranza ha dado paso a la inquietud. Vuelvo a mirar al cielo, como en aquellos días, esperando la revelación de la verdad, la huella indeleble de próxima presencia de los Reyes, la cercanía de una comitiva que viene preñada por un júbilo extraordinario, de una alegría inmensa porque la memoria ha restituido la imagen de mi madre, joven, alegre y dicharachera, poniendo en el alfeizar de la ventana, las zapatillas y en la mesa del salón un platito con turrón y tres copitas de anís. No es nostalgia ni melancolía. Es felicidad. Es alegría porque los Reyes me ha obsequiado con estos momentos, con estas vivencia que están alojadas en el interior de mi ser y que retornan en este día.

Doy gracias a Dios por esta dicha, por compartir estas sensaciones con quienes tanto me quieren y porque sigo hoy, en las vísperas de la Epifanía del Señor, viéndome como aquel niño que era inmensamente feliz cuando se despertaba y veía los regalos al pie de su cama y cómo sonrían sus padres.

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