Teología de la mano

         timthumbLeo con delectación las emotivas palabras que ha publicado, en su muro de Facebook, un buen amigo, alguien a quien mi familia tiene en muy alta estima, por la candidez de sus comportamientos y por la veracidad con la que ha curtido y cimentado su vida. Palabras que resuenan a verdad. Manifestaciones preñadas de sentimientos, de recuerdos de su infancia, de reencuentros con las mejores emociones. El alma de un niño en la corpulencia de este hombre que ha resucitado viejas sensaciones, añoranzas que trasmina el corazón para convertirlo en cielos recuperados, para alegría de Romero Murube. ¡Qué sensibilidad más extraordinaria! La memoria ha buscado el camino más corto para herirme, dijo Montesinos, en una de las mejores poesías sobre la verdad de la semana santa.

            En su evocación alaba y distingue la figura del padre, un sevillano de pura cepa, aunque su ascendencia estuviera inscrita en otro lugar, como mentor pedagógico en la hermosa tarea de impregnarlos con las mejores esencias de esta ciudad, en la semana más grande que tiene. Una Sevilla en sepia que viene a constituir, por más que las tecnologías y el progreso se obstinen en querer imitar y perfeccionar las imágenes, el mejor ejemplo de la identificación del hombre con sus creencias. Suena a rancio esta definición. Pero no hay otra.

            Me conmueve, y asombra, el detalle de la descripción sentimental, la identificación del cariño anexada al tacto, a esa mano que enjuga sensaciones y las injerta en las venas del hijo. Las palabras definiendo el momento son el mejor medio de transmisión, el perfecto engranaje entre lo que se ve y se oye. No hace falta más, no se requieren estudios universitarios para recopilar las emociones que se impregnan, a través de los sentidos, en la configuración genética, algo que solo puede explicar quién ha visto a la Virgen de los Dolores, transitar entre naranjos floridos, al regreso, la noche del lunes santo, mientras en San Vicente, se encadenan rumores de plata en viejas tejas de las casas señoriales, de esas edificaciones que configuraron el lamento del poeta y escritor, cuando fueron derribados para izar monstruosas construcciones que deformaron un paisaje romántico y acrecentaron el patrimonio de los derribistas, de aquellos catetos que presumían de modernidad y destruyeron esos cielos que tanto se echan de menos.

            Pero hay, en sus palabras, un fondo que emociona, que sugieren un amor extraordinario a la ciudad, a semana santa, a las esencias que sólo quienes tienen el privilegio de reconocerlas, porque tuvieron constancia física de su existencia, saben el valor que guardan. La transmisión del legado, de esa herencia que se adjudica en vida, para perpetuar el verdadero sentido de la Semana Santa. El caminar por calles para sortear la casualidad y encontrarse de improviso, con un paso de palio encendido, con un silencio que tiene reminiscencias de oración, o es simplemente, la oración que se recubre de silencio, frente al Señor que todo lo puede. El declarar su fe, como lo hicieron sus antepasados, al oído de su nieto, ajustar sus conductas con la misma sencillez y naturalidad con la que lo hizo su padre -¡cuánto echamos de menos al Papaillo! Él me entiende-, sin necesidad de estrangular las sensaciones y emociones con manifestaciones mercantilistas. Para amar, para servir y para rezar a Dios, y a su Bendita Madre, no hace falta más que querer, que sentir, que dejarse llevar por la sensibilidad. El Cristo que se manifiesta no requiere más que de la verdad, de la pureza que se entraña en el alma. ¿Verdad? Todo lo demás es superfluo y dispensable.

            Sentir para entender y entender lo que se siente. Eso es lo que nos transmitieron en aquellas semanas santas ya tan lejanas, tan apartadas en el tiempo y que la memoria viene a recuperarlas, una y otra vez, para resarcirnos de tanto superficialidad y los grandes despropósitos actuales. Aquellos días se fundieron siguiendo a nuestros padres, oyendo cómo lloraban y sintiendo cómo fluía de ellos la teología de lo sencillo, el amor a Dios y a su Madre, ante el clamor de un monte de lirios o los versículos que iban desgranando la oscilación de las bambalinas mientras las notas musicales de Tus dolores son mis penas iban asegurándonos en la verdad que nos contaban. Una verdad que ahora nos toca a nosotros transmitir.

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