Para no votar más

       Lo que está sucediendo en este país no es una cuestión baladí ni tiene parangón durante el periodo democrático. Algunos intentan asemejarlo con los importantes pactos que formalizaron las fuerzas políticas de entonces, para la consecución de un bien común llamado España. Muchos fueron los sacrificios que se asumieron por todos, mucha la memoria que quedó aparcada para instaurar el nuevo orden político que fue demolido durante la segunda república y machacado en el periodo dictatorial que se prolongó durante casi cuatro décadas. Muchas fueron las heridas que quedaron restañadas y muchas las esperanzas que comenzaron a florecer. Era necesaria la colaboración entre todos y aparcar los intereses propios para aunar los esfuerzos en la consecución de una patria moderna, de una nación que añoraba los parabienes que se anunciaban en la nueva Europa en construcción. Nuevos tiempos para nuevas necesidades. La sociedad entendió las inmolaciones y prefirió aquellas alianzas, impensables sólo unos meses antes, para reinstaurar los órdenes democráticos que la violencia y la imposición autoritaria sustrajeron a nuestros abuelos y que nuestros padres aceptaron con un mal menor pare evitar la penuria y la miseria.

            Lo de ahora es distinto. Los movimientos políticos nada tienen que ver con la avenencia necesaria para cubrir las expectativas de un futuro próspero y consecuente de un país que necesita renovar la sangre política que la dirige. Ahora prevalecen los intereses particulares de los partidos que se niegan a sustraer sus posiciones de privilegio, a perder los asientos de poder con los que han sobrevivido en las dos últimas décadas. Nada es comparable en la historia. Todo lo más se repiten los hechos y casi siempre para desembocar en la catástrofe. Alguien dijo que el único animal que tropieza en la misma piedra dos veces. En este país somos especialistas en tropezones, en reiterar nuestros despropósitos, en ignorar la historia. Claro que quienes aspiran a dirigirnos ni tienen ni puñetera idea de ella. Y así nos va. Ni siquiera sabrán, porque son una nueva generación ajena a las luchas que se mantuvieron en aquellos años, que la Transición posibilitó lo que ellos ahora disfrutan y, tal vez, destruyan. No hay más que acudir a las hemerotecas y recuperar sus disertaciones y citas. En aquellos años, dicen, hubo un referéndum para su autodeterminación. Ignorantes. Lo que hubo fue una lucha, sin armas, para que a los andaluces no se nos restaran derechos, en la nueva España, con respectos a otras nacionalidades. Otro, otorga cuna a don Antonio Machado, en la vieja Castilla, en Soria, cuando el único lazo que mantuvo el poeta sevillano – s-e-v-i-l-l-a-n-o – con aquella gran tierra, a la que quiso, evidentemente, porque allí conoció la alegría de Leonor, fueron sus necesidades profesionales,  porque fue profesor de francés en el instituto que hoy lleva su nombre. Incultos. Y éstos son los que tienen que gobernar, proveer de cultura al pueblo y saciar las necesidades básicas como son el empleo y la vivienda. Lástima de tierra. No hay abnegación. Hay ansias de poder. Están más preocupados en ocupar los sillones que otras van a quedar vacíos y en promover actuaciones con idearios tan caducos como sus manifestaciones y actitudes, que en recuperar la situación de normalidad, eso que llaman sociedad del bienestar.

            La transición fue un motivo para recuperar la identidad de la nación sin menoscabo de las distintas identidades y pensamientos que comparten el territorio patrio, y se fundamentó en la sinergia del afán y en la idealización de lo concreto. Todo por el bien común. Ahora es distinto porque no hay ilusión. Nos la han robado. Y los que debieran traerla lo hacen cicateramente, con artificios y engaños, con señuelos de prosperidad y nuevas concepciones que no son más que redivivas ponencias de fracasos, de naufragios de idearios que nunca tuvieron más base que la utopía y que se anclaron en la necesidad de quienes siempre pierden. Fracturas que van horadando el espíritu y que instauró la desconfianza, en el mismo proletariado, hace decenios, cuando no un siglo. Situaciones políticas que han fracasado en otras latitudes, que han sumido a sus ciudadanos en la desesperación y en la miseria, nos la muestran como salvavidas y soluciones a nuestras urgencias.

            El tiempo da y quita razones. Las alianzas contra natura, de los intereses generales, y que vienen con imposiciones y exigencias, nunca han acabado bien. Y saben quiénes pagan siempre estos desbarajustes. Pues usted y yo. Y nuestros vecinos. Los sufridos ciudadanos que no tenemos ni voz ni voto en la construcción de un gobierno. Porque las urnas propiciaron una cosa muy alejada de lo que va a suceder y resulta que van a gobernar quienes perdieron. Para no votar más.

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