Jugar a los pasitos. El enemigo está dentro

            jugar a los pasitosHace ya algunos años que venimos sufriendo ataques contra el ejercicio libre, y por supuesto individual y colectivamente, profesar nuestras creencias, un derecho que se recoge en la misma Constitución, en vigor a día de hoy.

            Los católicos nos vemos obligados a defender nuestra fe ante las ofensivas de ciertas fuerzas políticas que se obstinan en recortar los derechos, todavía no sé por qué, de profesar la fe en Dios. Es un ejercicio espiritual particular que a nadie debe molestar, como no molestan quienes se proclaman ateos porque es una decisión individual, y por ello no se les intuye pérdida de valores, ni se les conmina a esconder sus pensamientos porque no coinciden con los nuestros. Allá ellos. Pero intentar restringir los derechos que nos asisten como ciudadanos es una muestra de intolerancia.

            En el ayuntamiento, entre esa minoría que forma del gobierno municipal, ya se han elevado voces, y peticiones que intentan cobrar su colaboración en la ocupación irregular del poder, para retirar la participación institucional del consistorio en cofradías, una petición en la subyacen, digan lo que digan, den paso atrás o no lo den, otras intenciones, que vendría a posteriori, rebajar la sentimentalidad de la mayoría de los sevillanos, viendo cómo se suprimirían, del nomenclátor de la ciudad, aquellas calles con nombres de titulares de las cofradías, o personas que por su vinculación con la religión católica, figuran en la nómina del mismo. Es un ejercicio intolerancia, porque la mayoría de los ciudadanos, esa mayoría que se ningunea con pactos, no están por la labor de retirar nominaciones para que se rotulen con otros que nada o casi tienen que ver con la historia de esta ciudad. Son conductas que obedecen a un antiguo plan de desacralización, sumergido en la ignorancia de apolilladas ideologías que culpabilizan a la Iglesia de sus complejos y a las hermandades de subyugar el pensamiento de sus componentes. Como si fueran tontos. Una cosa sí que mantienen. La coherencia en sus planteamientos. Equivocados, trasnochados, desorientados. Llamémosle como queramos, nos asombremos o escandalicemos con sus propuestas. Pero son coherentes en sus actuaciones.

            Pero vengo observando, desde hace algún tiempo, que el problema lo tenemos en casa. No hace falta, y creo que se han dado cuentan los detractores, que vengad de fuera para cargarse la principal fiesta RELIGIOSA de la ciudad. No, no se me ha quedado la tecla de la mayúscula cogida. Esta intencionalidad viene dada para esclarecer el origen de nuestra mayor celebración religiosa. La Semana Santa  de Sevilla es una protestación pública de la fe. Aunque a algunos le extrañe. Cierto que en ella se conjugan muchos factores que la hacen única, que la convierten en una perfecta manifestación de los sentimientos del creyente, de una forma peculiar de llegar a Dios. Hay mucho sentimiento, demasiada entrega, dedicación durante siglos y emotividad en las actuaciones para que vengan, unos despreocupados, a banalizarla, a convertirla en una especie de manifestación laica.

No entiendo a aquellos que no tienen consideración en particularizar sus aficiones Kofrades, tampoco es un error ortográfico esta acepción con la que Carlos Colón denominó a quienes quieren apartar la fe de las cofradías, y montan sus propias asociaciones para colmar sus frustraciones, sus ansias de destacar. Tal vez no les basta con ser un uno más en la hermandad, o participar sin que sus nombres salgan a la luz, como lo han hecho siempre quienes amaban a Dios para hacer grandes sus corporaciones. No les vale el sentimiento ni el amor. Quieren destacar como sea y hacerse notar, sobresalir para aparentar lo que no son, lo que no pueden llegar a ser, bien por inaptitud o por soberbia. Les falta humildad para encauzar toda esa creatividad. El ego les supera porque sus órdenes en la vida vienen marcadas por la prepotencia y por la megalomanía.

Lo del sábado pasado no tiene nombre. Una imagen que nada provocaba fervor alguno en quienes la veían; si acaso algún golpe de risa. Grandiosa banda de cornetas y tambores (no sé en qué pensaban la Vera Cruz de Utrera), dos cuadrillas de costaleros, movimientos inapropiados del paso, acólitos. Ahora, los organizadores, quieren disimular sus culpas. Todo ese esfuerzo bien pudieran haberlo focalizado en una hermandad o en una ONG si sus problemas de conciencia no tienen a la religión como principal fin. En las hermandades se necesitan muchas manos y muchas ideas para realzar y dar gloria a Dios y su Bendita Madre. Dicen que les ha faltado experiencia, que su bisoñez en este tipo de asuntos, ha sido la culpable del lamentable espectáculo que ofrecieron. No están diciendo que no decaerán en sus propósitos, que nos amenazan con volver.

Si nadie pone pie en pared, si las autoridades civiles y eclesiásticas, no toman medidas, la religiosidad popular será un hito en el recuerdo. Las cofradías y hermandades deben participar también de esta repulsa y no brindar su patrimonio a estas asociaciones que tienen como fin el lucimiento, la banalización del creyente y la contracción de las mejores tradiciones religiosas.

Nos escandalizamos por las manifestaciones de los no creyentes, de sus actuaciones para desmantelar la semana santa de nuestra ciudad, sin darnos cuenta que tenemos el mal dentro y que el verdadero peligro radica en la permisividad de manifestaciones como las sufrimos. No todos podemos destacar, ni que nuestros nombres se inscriban, con letras de oro, en la memoria de las hermandades. Nuestro protagonismo radica en la conservación de los valores que nos fueron transmitidos, en la certeza de la creencia en Dios, como único y verdadero Creador y Redentor del género humano. Ellos, Dios, Cristo y María, son los principales protagonista en la película de nuestras vidas. Sin Ellos no hay más que especulación, vanagloria y presunción. Que nos cojan confesados.

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