Morenita y pequeñita

           virgen de la cabeza 90El tiempo continúa siendo una mentira para el hombre, una elipse en el universo que siempre viene a despertarnos en la realidad. Ha clamores que resuenan para detenerlo o innovaciones que se convierten en fugacidad cuando los siglos se instauran en la memoria. La vida es un suspiro en el reflejo de una cara, en la pequeñez de una imagen. Por eso hay visiones que se perpetúan en la memoria y anclan sus emociones en el alma. ¿Qué paso con el instante primero, con la noche oscura que removió el cosmos para convertirse en evidencia divina? ¿Dónde se están los matojos, las retamas y las piedras que fueron testigos silenciosos del prodigio, de la magnificencia de una figura surgiendo de la oscuridad para instaurar la luz? ¿Por qué los sueños se hicieron realidad con la dulzura de una mirada y la senectud de las horas se tergiversa para entroncar con la eternidad? ¿Quién obtuvo la certidumbre de la Palabra fundiendo los designios sin saber que el futuro era ya una constante y que los riscos, la cumbre, acapararía un lugar para entronizar a la Madre de Dios? ¿Cuál fue el miedo, o la alegría, que surcó el pensamiento del hombre cuando la Virgen le comunicó que allí, en el páramo de la cima del Cabezo se erigiría la casa para su veneración, para que los seres necesitados del amor y la piedad, subieran, se postraran y La reconocieran con María, la Niña de Nazaret, la Mujer que daría al mundo un Hijo y con Él la redención del Mundo? ¿Qué son nueve siglos en la memoria del hombre? Un sueño, sólo un sueño, que sigue perenne porque el tiempo es una mentira vencido por la pasión y la devoción.

            Lo he visto yo. He sido testigo de esa piedad, de la religiosidad que brota de la garganta, que rompe el aire con los vítores, con las proclamas y enjundias de unos vivas taladrando la espesura de la tarde, ahogando los sonidos de la noche, mientras la música alegre suena y las voces se llenan de orgullo clamando, con una sonrisa en los ojos, con el brillo de la emoción en los labios, “Morenita y pequeñita lo mismo que una aceituna” Y lo he vivido con emoción, con la agitación propia del descubrimiento de la turbación que viene prendida del amor a la Virgen, de la devoción en su más estricto y riguroso sentimiento popular. Tres vivas que son tres pregones  a la piedad. Tres vivas de un hombre para descubrir los cielos, abrirlos de par en par a la emoción y desentrañar la emoción que es herencia de los siglos, el legado de los antepasados que no dudaron en preservar el mensaje primero de la Virgen, asomándose a la incredulidad y la conmoción de la aparición, la entonación de un salmo que ahuyenta la maldad y atrae a quienes lo escuchan Es la Ermita/ reja que su manto aroma/ entre jaras de la sierra/ una cita,/ colgada entre cielo y tierra. Y así lo cuento yo porque lo viví.

            Sentí la sinceridad y la humildad entorno a mí, entorno a la Virgen pequeñita que tiene valedores andujeños por San Juan de la Palma. Devotos que asumen su condición de hijos de Dios, que Lo buscan a través del rostro, pequeñito y moreno, de la más grande de las mujeres. Heraldos de la devoción de sus mayores en esta tierra se premia con el título de María Santísima. ¡Donde sino en Sevilla, podía converger el amor de los andaluces, la convicción de saber que la Madre de Dios reside y reina!

            La Virgen de la Cabeza tiene un acendrado fervor que traspasa fronteras, que atrae de manera singular. Yo lo descubrí. He tenido la gran suerte de obtener su protección, la salvaguardia de mi palabra. Mi pregón fue presidido por Ella, la Reina de Sierra Morena, Morena de luz de luna, en el olivar del cielo. Gracias a la Virgen pequeñita de la Cabeza. Gracias a todos los que viven y sueñan con su mediación. Gracias a su Junta de Gobierno y especialmente a su hermano mayor, Juan Herrera, que mantiene en su interior la gracia de la sencillez y la humildad, valores que no se repiten demasiado en la actualidad, y al que le pido me conceda el permiso para gritar, alzando la mano, los vivas que tanta emoción retienen. ¡Viva la Virgen de la Cabeza! ¡Viva la Virgen de la Cabeza! ¡Viva la Virgen de la Cabeza! ¡Unas palmas a la Virgen!

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