A Juan Durán, In memorian.

         Veteranos-Macarenos-Matalascañas-y-Rocío-2   La felicidad no viene adjunta con el materialismo. Lo sabía y no necesitaba quién se lo dijera, ni tenía necesidad de explicaciones metafísicas que rompieran las leyes de la ciencia. La felicidad era un roce, una mirada perdida en el espacio, en la distancia que guarda un suspiro, la levedad de un instante anclado al reflejo de un rostro en una lágrima o el tenue susurro de una voz que traspasa el aire prendiendo los sentimientos porque el rezo se convierte en el más puro poema sinfónico, en una declaración de amor que rasga los sentidos hasta convertirlos en emoción sin límites. Eso era la felicidad para él. Un segundo no viendo la cara de la Virgen mientras otros, miles y miles de devotos, luchaban para posicionarse frente a Ella para descubrir que el universo entero, la magnanimidad del cosmos, se presentaba de improviso ante ellos. Y él feliz, inmensamente feliz. Una dicha que vencía el cansancio, las horas duras de la amanecida cuando la lasitud intenta manifestarse para detraer la alegría. Presuntuosa aspiración para quien era el hombre más feliz del planeta. Ahí es nada. Juan era guardamanto de la Virgen de la Esperanza, Ésa que deshace penas y confiere júbilos y gozos desde que se abren las puertas del cielo que tienes sus goznes en la Macarena, en San Gil, donde se nace y se muere al amor.            Juan era amigo de mi padre y mi padre amigo de Juan. Su afinidad ascendía a su primera juventud cuando uno quiso alcanzar la gloria de la mílices macarenas y el otro lo consiguió, tal vez porque ya corría por sus venas el hito de la pretoriana guardia que escolta al Señor de la Sentencia. Por eso le conocí yo porque mi padre me lo presentó un día, una mañana de viernes santo, cuando el sol acaricia el mediodía y en el atrio se vive la angustia del tiempo, de esos minutos eternos, inmensos, de esa espera interminable cuando la Virgen todavía recorre la Resolana y parece que nunca va a llegar. Aquel hombre recio se manifestó ante mí con el mejor aval que puede lucir un macareno. Con las lágrimas cubriendo su rostro, empapando el corazón que guardaba bajo la coraza, con el casco aún puesto, con la rodela y la lanza en la misma mano y con la vista fija en la esquina del bar Plata, ese establecimiento que era la frontera entre las casas y las primeras huertas. Allí estaba aquel aguerrido hombre con la mirada perdida en el horizonte y llorando. Cosas de la gente de la Macarena.

            Juan siempre llevó a gala su flema macarena. Su sentimiento y su identidad se aglutinaba en la misma fe que recibió y que se encargó de transmitir. Era un macareno legítimo, anclado en la devoción al Señor a través de su Bendita Madre, un cristiano empedernido que buscaba dar sentido a su vida a través de la entrega en su hermandad. No recuerdo día sin presencia en la Basílica. Su trabajo en la secretaría fue el legado de su bondad. Era un servidor de la Virgen, de los de verdad, que no entendía, en sus últimos años, esas disputas en los foros, en las redes sociales, de esas declaraciones sobre vestimentas, sobre decoros, sobre flores, bordados o encajes mal puestos. ¡Cuánto se pierden –decía mientras se comía un mantecado- desviando la atención hacia lo principal, hacia Ella! ¡Serán torpes!

            Mientras las fuerzas y la salud le acompañó, no faltó día a prestar su colaboración en la Hermandad, en su Hermandad, en la Hermandad que nos dio la posibilidad de conocerle, de compartir momentos, de descubrir que ser macareno es ser humilde, sencillo, que la vida no tiene motivo mayor que la de querer a Quién fue elegida para traer al mundo el sueño de la Redención, para proclamar que la felicidad no viene prendida del dinero ni el poder, que la dicha más grande, el júbilo más excelso llega cuando la Virgen pasaba y veía, en los millares de rostros, la felicidad anclada en sus miradas.

            Era un hombre bueno, macareno en la más sencilla y profunda acepción del término. Hace unos días nos dejó. Fue a buscar la felicidad ahora de frente, a descubrir que los ojos, el entrecejo, la boca y las manos eran las mismas que se aparecía, cada mañana de cada día del año, de todos los años de su vida terrenal, en la Basílica de la Macarena. Se nos fue Juan Durán a las huertas del cielo para encontrarse con la Virgen, con su Virgen de la Esperanza.

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