En la Corona se prenden los corazones

           35471080 Hay vivencias que se reflejan en los ojos, que se asoman al pretil centelleante de una lágrima que remueve la memoria, sonidos acompasados que amortajan los silencios y renuevan las miradas que simulan perderse en el cielo que esconde la bóveda del templo mientras las notas del armonio van recuperando el sentimiento y la emoción. Hay instantes que se nutren del pasado para recordar que la vida es un segundo en la eternidad de su mirada, que traspasan las distancias envueltas en viejos y gastados terciopelos, añadas tinturas que fueron velando madrugadas conforme los paso recortaban el camino y las distancias, merinos que se traslucen bajo el semblante y que afloran en el sueño del momento. Telas que aparecen verdes y que transforman las penas y las desilusiones en fastos de alegrías, que deshacen tinieblas y derrumban los muros donde se quiere hacer fuerte la tristeza. Vivencias e instantes que traspasan los años, que adormecen el tiempo en la futilidad de la verdad conseguida y que no es otra cosa que el triunfo del júbilo, la consecución de la derrota de la pesadumbre. ¿Qué otra cosa puede pasar en Macarena cuando mayo termina, cuando se sostiene la conciencia abierta y la razón se confunde con la locura?

            Es la hora de la felicidad, el momento eterno y efímero al mismo tiempo, en el que los años son vencidos y la nostalgia se vierte por las laderas hasta convalidarse en presente. Nada se vive por casualidad en el templo donde reside la Virgen, el amor de los amores, la Esposa Inmaculada del Espíritu Santo. Nada sucede altruistamente en este habitáculo celestial que guarda y protege el mejor regalo de Dios al hombre, esa hermosura que nos promete la vida eterna si somos capaces de aguantarle la mirada. Porque sus ojos son la verdad de la tierra prometida, ese cielo que nos espera.

            Suenan los motetes. La salve de Braña contrae los sentimientos. Se remueve la nostalgia cuando la voz transforma la sacralidad de la oración en sentimiento popular y se subyugan las fortalezas cuando el canto pregona, al aire basilical, que Ella es celestial mediadora, de la gracia y la pena, Dios te Salve María, el Señor es contigo, Hay un alboroto en el alma, la conjugación de las emociones que estallan en la alegría, que extirpa cualquier atisbo de melancolía. Porque el pasado en la Macarena, entre sus gentes, es siempre presente, es eternidad consagrada en la memoria, es tiempo que no pasa, que queda impregnando el corazón de la inmensidad sonora de aquel estallido amoroso que recubrió las naves del mayor templo de la cristiandad cuando la corona se posó sobre sus sienes. Ese es el tiempo recuperado. Las décadas que retornan hasta reverdecer la historia y las plegarias, los rezos y las invocaciones, las oraciones y las jaculatorias tienen reminiscencias de voces antiguas que ya no suenan pero que vuelven fundidas en los labios de quienes llevan la misma sangre. Los rostros, que van diluyéndose en la memoria de los suyos, también vuelven y se sienten cuando se aprieta la medalla que antes colgó de otro pecho y que penderá en otro cuando los años impongan ausencias en el recuerdo.

Ese es el tiempo que conjuga las emociones, que nos dicta la razón y nos convoca al amor y a la alegría en la Macarena. Ayer, como hoy, volvieron los ojos a prenderse de la belleza, del rostro en el que Dios talló la mejor Virtud para que el hombre no sintiera la pena como fin de la existencia; dar sentido a la vida con la Vida nueva que emerge del brillo celestial de unos ojos, que el horizonte, el acceso a la felicidad eterna, se nos presenta en el entrecejo que contiene el paraíso, la linde que cancela el dolor, que mutila la tristeza y convierte la pena en la mejor y más grande dicha.

Cuando mayo termina, en la Macarena la gente se engalana, enlucen su presencia las mujeres para llegar a la Basílica y atravesar el umbral con una sonrisa cuando sus miradas verifican que el júbilo no es ficción, que frente a ellas se encuentra la razón de sus vidas. Se funden los terciopelos en los ternos de los hombres, se deja atrás la cotidianidad para convertirla en festivo, las plegarias son joyas que brotan de las gargantas para enredarse en la corona, la que Juan Manuel ideara, y todas las emociones se arremolinan frente al altar, donde el camarín es frontera del firmamento, lugar donde se asoma la Virgen cada día para constatar que el cielo es una realidad.

Cincuenta y dos años ya de su Coronación Canónica. Cinco décadas consumidas en la nostalgia, en el amor desprendido de la sencillez de su gente para universalizar su devoción a la Madre de Dios, a La que es norte y guía de sus sentires, La que procura felicidad en sus corazones, La que pone luz a sus días cuando las tinieblas amenazan con atenazar sus sentimientos, La que da sentido a sus existencias, La que conforta cuando la desazón intenta apoderarse del ánimo. El tiempo vencido por La que es Bendita entre todas las mujeres, la Escogida por Dios y que quiso habitase en esta tierra dedicada a Ella. Eso pasa en la Macarena que convierte cada treinta y uno de mayo en festivo cuando se conmemora la Coronación Canónica de la Virgen de la Esperanza.

Galería | Esta entrada fue publicada en HERMANDAD DE LA MACARENA, RECUERDOS, SEVILLA. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s