Palabras

palabras Pones una letra y  luego otra y comienzas a dar sentido a tus ideas. Creas una frase. Te retraes y la borras. El sonido del teclado confirma que has encontrado los términos justos para esclarecer que quieres transmitir. Te detienes para cavilar, para poner en orden la figura de un personaje, la trama que viene rondando la mente desde hace tiempo  y que ahora se presenta con la clarividencia necesaria para proyectarla al universo.   Vuelves a mancillar el albor de la pantalla con las grafías. Los fonemas se juntan, convergen, se agrupan hasta dar sentido a tus  pensamientos, a que otros lo encuentren y den significado cuando lo lean y extraigan tus aforismos y los hagan suyos y hasta crean que ellos mismos los han creado.

Empiezas una nueva página. La satisfacción va creciendo en tu interior en la misma proporción al detraimiento del tiempo, de las horas que se van consumiendo conforme se rellenan blancuras, conforme los espacios se contraen, o se extienden, que nunca se sabe, para dejar inscritas emociones o sensaciones que pones en boca de otros, en los labios que besan por ti y hasta los sueños que surgen para que otros disfruten mientras las palabras se adueñan de la tersura tecnológica y que luego pude convertirse en papel. Sabes que no hay teguas en este combate. Conoces el precio que pagas cada vez que pulsas una tecla y de inmediato queda impresa en la pantalla del ordenador. Cada sintagma –adverbial, nominal, interjectivo o adjetivo- viene a configurar un mundo, un sustrato de las emociones que laminan el corazón propio para incrustarlo en los ajenos. Esa es la magia de la escritura. Ser tú en las almas de los otros y que los otros entiendan o comprendan que la evocación, el recuerdo o la actualidad de una situación tiene un origen y descubrir que todos y cada uno de ellos participan de la evocación, el recuerdo o la actualidad de la que acaban de apropiarse.

Escribir para ser uno, es importante. Pero es más transcendental que se convierta en lectura y que ésta revierta en vitalidad. Aspirar a ello es legítimo y natural, viene adscrita en la condición del hombre que desde sus inicios siempre ha inventado historias sobre historias de otros, cuentos que envolvían de intriga y misterios noches oscuras, tardes al calor de la lumbre. Cuando aún los signos no eran medios para difundir cultura era la voz quien ejercía la pedagogía de la fantasía e implantaba el asombro en las mentes de los que escuchaban. Es el poder de la palabra, la fuerza de la oratoria como revulsivo a la atonía de los silencios.

Escribir es un mal endémico, obsesivo, casi enfermizo que nos atrapa y nos hace esclavos de nuestras propias ilusiones. Creemos que somos dueños de nuestras palabras, ésas como éstas que ahora quedan prendidas en el éter, y nos son arrancadas de la falsa propiedad cuando comiences a leerlas. Es el precio del escritor. Las palabras conformando frases; las frases  alongándose en párrafos donde se asientan las historias; los párrafos agrupándose en espacios hasta conformar páginas y dar sentido a la ficción; las páginas reunidas, unas tras otras, en libros que desatan pasiones, o desinterés que también es norma de gustos, que abren sensaciones y trasladan a mundos donde uno se siente protagonista. Libros manoseados que acaban en los anaqueles de una estantería, esperando que alguien los recupere del olvido.

Mientras tanto, sigo escribiendo, construyendo nuevos parajes, abriendo puertas a mi imaginación, en este blancor exultante que mortifica e hiere. Sigo componiendo, una letra tras otra, creyéndome propietario de ellas. Palabras y más palabras. Historias que desamortizaras de mi afán y mi ego cuando las leas.

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