Adrián y los miserables

            adrianSiempre hay alguien que hace lo imposible por destacar. Aún a costa del dolor de los demás. Ya no hay sentido del honor porque lo vulneran con la mayor impunidad ante el silencio de las administraciones o la propia sociedad, tal vez harta de tanta mezquindad, sin capacidad de sorpresa. Se juega con la honorabilidad de las personas y casi nunca pasa nada. Cansa este pasotismo que se ha instaurado en la vida, en la cotidianidad. Es la ruindad instalada en el centro neurálgico de la ciudadanía. Con lo fácil que es calibrar los desmanes y poner orden. Esta desvergüenza que parece haberse institucionalizado, se acrecienta con las nuevas tecnologías. Incluso ya hay un término para describir a quienes delinquen desde las redes sociales e internet. Ciberdelincuentes. Y está bien que las fuerzas del orden hayan creado grupos que operan desde los teclados para perseguir esta nueva horda de malhechores. Y a fe que lo están haciendo bien.

            Pero no todo son ataques a las cuentas bancarias, a los correos electrónicos o la sustracción de datos para comerciar con ellos. Desde las redes sociales, principalmente, se está consolidando el ataque al honor, a la dignidad de las personas. Es fácil teclear y mancillar la honorabilidad. Es fácil, y muy ruin, hacerlo desde el anonimato, esconderse tras un seudónimo para resquebrajar la integridad y dejar maltrecha, para siempre a veces, la vida de un semejante. Es intolerable que puedan realizarse este tipo de acciones con total impunidad.

            Lo último, lo de Adrián. Un niño que padece cáncer y cuya principal ilusión es ser torero. El sueño de un niño de ocho años. Un niño con tratamiento de quimioterapia que expresa su anhelo y alguien, con muy buena fe, transmite este afán y organiza una corrida de toros, con carácter benéfico, con la que recaudar fondos para intentar curar a este futuro torero. O no. Que luego la vida, esperemos que muy larga y provechosa, lo pondrá en su sitio y su sueño de infancia no quede más que en una afición desmedida.

            Pero la miseria del hombre no conoce límites, no tiene horizontes donde instalar la bondad y, a veces, ni siquiera la razón. Unos miserables, por denominarlos de manera bondadosa, no sólo han puesto la voz en el cielo para criticar la ilusión del niño, que ya de por sí es de una mezquindad inaudita, si no que le han deseado la muerte, que deje ser tratado de su enfermedad o señalándole la proximidad de su óbito. ¡A un niño de ocho años y con cáncer de huesos! A estos defensores de la vida de los animales –yo también lo soy–, que se autodenominan luchadores contra el maltrato animal –yo también lo soy –, habría que recordarles que la vida es un don inapreciable, que no corresponde a nadie, absolutamente a nadie, poder quitarla y mucho menos desearla. Hay que ser miserable, ruin y perverso, o muy hijo de puta, que también sirve para nominarlos, para parapetarse en la ventana de una red social y lanzar esa mierda por la boca. Hay que tener poca vergüenza y ninguna educación, en la más amplia significación del término, para desear o una anunciar la muerte a un niño que lo único que ha hecho es expresar un deseo, una ilusión, un sueño. Quitar los sueños a los hombres es la más baja condición con la que se puede presentar un ¿ser humano?

            Mejor sería que dedicaran sus esfuerzos a condenar los abusos y tropelías que se cometen contra los animales, incluyendo los racionales, que también tiene derecho a la vida, a la disfrutar sus excelencias. Luchen contra el despropósito de la guerra, del hambre y fomenten la educación que le falta a ustedes. Miserables. No jueguen con el futuro ni la vida de la personas, Reivindiquen los valores humanos. O mejor dicho, búsquenlos y tómenlos. Miserables que son ustedes unos mierdas miserables. Y sepan que muy a pesar suyo, Adrián crecerá, porque rezaremos por él y los suyos, y no sé yo sí será torero, electricista o médico. Pero seguro, muy seguro, que será mejor persona que ustedes.

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