Cuestión de disciplina

patio2-1Hay veces en las que la razón escapa ante la fugacidad de un suceso. No encuentra sentido a situaciones que se nos muestran como comunes, normales en el tiempo actual.

El progreso y la evolución tecnológica constante que convierte en antiguo lo que acaece apenas unas horas antes ha ido conformando una nueva manera de entender la comunicación. Nada escapa a la esclavitud a la que nos tienen sometidos las redes sociales. La velocidad es vertiginosa. Las noticias tienen una vida muy limitada. Es antiguo lo que ayer se vendió como primicia. Este rodamiento constante de sucesos ha conseguido que nuestra capacidad de sorpresa quede en menoscabo ante la necesidad de conocer nuevos hitos, que a su vez irán deshaciéndose, en apenas unas horas, en  la espiral incesante y rutilante de otras noticias. Y esto es lo malo. Hacen que nos distraigamos, atraídos por otros sucesos, de episodios que no deberían pasar inadvertidos, los unos, o caer en el olvido la mayoría. Hemos resuelto vivir en el trasiego incesante, en la prisa y la ligereza. Nos están quitando el poder de razonamiento pausado, diligenciado en la observación y el estudio. Excepto hechos que se convierten fenómenos mediáticos, embadurnados de morbo, todo pasa pero poco queda. De seguir en esta precipitación tendremos que dar la razón a quienes previeron un mundo monótono, lineal, como novelara Aldous Huxley o George Orwell.

Viene esta reflexión personal a cuenta de lo sucedido, en un colegio sevillano, y del supuesto acoso, y posterior agresión, a un niño de ocho años por otros compañeros. Desgraciadamente no es un hecho aislado. Sucesos como éste vienen repitiéndose, con demasiada frecuencia, por toda la geografía nacional. Los medios de comunicación se hacen eco de ellos y hasta producen campañas para acabar estas actitudes, con esta violencia que se ha implantado en todos los estratos de la sociedad.

Siempre ha habido peleas, en los patios de los colegios. Pero eran hitos que además se resolvían de inmediato por el mismo profesorado, que tomaba las medidas oportunas in situ. Los de mi generación me comprenderán. Aquello no se volvía repetir. La reprimendas eran secundadas por los propios padres que advertían, en aquel explicito procedimiento, una corrección necesaria. Y no causaban ni traumas ni dejaban secuelas psicológicas. Grandísimas amistades surgieron de las reconciliaciones, lazos de fraternidad que perduran hoy en día. Y desde luego, la repercusión informativa, no pasaba de los límites de las rejas y muros de los colegios. Por supuesto.

Sin embargo, hoy en día, se suceden los titulares en los periódicos. Niños que agreden a otros por el mero hecho de poner en las redes sus escasas virtudes. Compañeros que guardan silencio, y retienen el temor en su cuerpo, para no verse en ese mismo trance. Padres que no consiente la disciplina -¡ojo! disciplina no maltrato- y argumentan la posibilidad de secuelas síquicas porque se les corrija la actitud beligerante cuando son descubiertos en estos cometidos y hasta ponen en duda la efectividad de llevar deberes a casa, aduciendo que se cansan y -¡horror- que les resta a ellos, a los padres, tiempo de asueto en el fin de semana. Mala organización mantenemos.

Los niños de hoy en día han sido abducidos por la tecnología y sus padres seducidos por la comodidad que supone un sistema educativo inaudito, que supervisa los conceptos, sin desarrollo de la razón, que va a lo superficial. Los niños de hoy en día viven pegado a un teléfono móvil que les bombardea con noticias en las que se relatan hechos como el que ha ocurrido en el colegio sevillano y advierten que no hay pena para quienes actúan de manera descontrolada y violenta, que su minoría de edad es un caparazón legal que les protege de cualquier condena y, para colmo de males, cuentan con complicidad y el auspicio, en algunos casos concretos, de sus padres que consideran que las lesiones causadas por el proceder de sus vástagos, no es más que la consecuencia de los juegos y que son cosas de niños. Eso por no destacar la ineficacia de un sistema que permite que el agresor y el agredido sigan compartiendo aula, al menos hasta que se demuestren los hechos o la verisimilitud de la inocencia. O lo que es peor, que el maltratado y ofendido, tenga que dejar su colegio para no volver a encontrarse con el maltratador. Y dicen que este sistema educativo garantiza la libertad y corrige errores de un pasado cercano. Forma de entender criterios.

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