Rodríguez Ojeda en Granada

           foto-4-365x243 Granada es una ciudad bella, que atrae y sugiere al encanto de quién llega. No exageraba Washington Irving cuando descubría aquellos rincones míticos, sorprendentes, inigualables. La leyenda se hace realidad con sus escritos y relatos. El escritor y diplomático norteamericano quedó fascinado por la miscelánea cultural que encontró por aquellos paraje que él inhóspitos y salvajes. La riqueza arquitectónica y el exotismo multicultural conformado por las creencias religiosas, la musulmana y la cristiana, consiguió cautivar al viajante romántico. Es lo que encontró. Fue lo que transmitió consiguiendo deslumbrar a sus coetáneos con aquella obra, Cuentos de la Alhambra, que puso en valor la tierra donde yacen Isabel y Fernando, los Reyes Católicos; donde García Lorca deslumbrara al mundo con la mejor poesía; donde Manuel de Falla puso notas y pentagrama al sentir que mana de los viejos callejones, solfas que se deslizan por las empinadas cuestas del Albaicín; donde Ángel Ganivet escribió sus mejoras obras a la sombra de sauces y cipreses, de presos en las paredes y los muros de los bellos cármenes que serpentean por las laderas de los montes que ponen ribetes a la maravilla universal que es la Alhambra; donde Salvador, el joven Dalí, bosquejaba sueños de amor al poeta amigo, oníricos mensajes que han quedado confinados entre los arrayanes y las fuentes que refrescan los jardines del Generalife.

            Esa magia todavía fluctúa por las calles que antes fueron zocos. Hay un halo especial, de nostalgia, no de tristeza, transitando por la geografía urbana, siempre vigilada por la sierra Nevada, blanca y tersa en el invierno; ocre y verde, arrugada orografía, cuando los calores se instalan. Se presiente tanta historia. No es pesada esta presentida melancolía, ni lastre de fingida emocionalidad, lo que viene a posarse en el alma de los paseantes, de los nuevos viajantes, de quienes llegan, todavía, con el corazón abierto a las expectativas, a las emociones, a la conmoción sensorial que se expone apenas se traspasa el umbral de la tierra nazarí, primero, de la tierra donde se asentó la cruz y se grabó el llanto de Boabdil, el rey maldito perdió la belleza y la tierra consagrada. Se siente esa fuerza y congratula verificar que hay lugares con verdadero encanto, con singularidad propia. Me gusta Granada. Provoca en mí convulsiones sentimentales, me atraen esos signos culturales que alteran mis sentidos. Me enamoró esta pequeña ciudad desde la primera vez que mis pies pisaron sus piedras.

            El pasado día veintiuno volví. La memoria vino, como dijo el poeta Montesinos, en aquella oda a la mejor nostalgia y al amor paternal, en el Rito y la regla, tomó el camino más corto para herirme. Lo hacía para presentar mi última novela publicada. Juan Manuel. No recibí más que muestras de cariño. Gente buena que se acercaba y se presentaba y la sentía cercana. Granada me dejó herida el alma. Desde las hermosas palabras con las que Encarna Ximénez de Cisneros, periodista y amiga, me presentó a sus paisanos, la acogida del presidente del Consejo de Hermandades y Cofradías y quienes se acercaron al Hotel Victoria, donde se celebró el acto, para participar y oír mi torpe palabra, todo fue un tránsito de parabienes. Gracias a Mari Carmen, y a su esposo Eduardo, no me sentí un foráneo, un extranjero. Su dedicación, su trabajo, su enorme cariño para organizar este evento hicieron posible el éxito.

            Juan Manuel, bordador y diseñador macareno, se hizo presente. No es obra mía este triunfo. Mari Carmen tiene el don de la amabilidad, de la dulzura y la bondad. No exagero. Ella no querrá que le agradezca ese desmedido afán que pone en todos su proyectos. Pero como dije, ser agradecido es ser bien nacido. Y desde aquí mi agradecimiento.

            Me ha abierto las puertas de la ciudad nazarí. No puedo evitar esa emoción, la que se me transmitió por todos y cada uno de los que llenaron el salón del hotel Victoria, para descubrir o reencontrarse con la genial de Juan Manuel. Yo sólo puse la palabra. Granada, sus gentes, sus hermandades, ha quedado prendida en mí. Ya sólo ansío volver, que el frescor que baja desde sierra Nevada, acaricie mi piel, mientras camino por esas calles que guardan la grandeza de poetas, músicos, reyes y viajeros que se prendaron de sus bellezas arquitectónicas y la nobleza y magnanimidad de quienes la hicieron grande para que otros pudiéramos soñarla mientras la vivimos.

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2 respuestas a Rodríguez Ojeda en Granada

  1. María del Carmen Gutiérrez Martínez dijo:

    Gracias por tus palabras. Sólo te hemos recibido como mereces. Gran escritor, buena persona y amigo, macareno de corazón que en sus palabras sólo emana Esperanza. La Hermandad y tú me acogisteis de corazón, y no podía ser de otra manera… Que Granada y yo te recibiéramos con el cariño que te mereces.Gracias amigo.

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