Un otoño de ayer

          otono  Como las hojas van alfombrando las calles, viene a cubrir mi memoria una sensación de nostalgia, en este tiempo de pardos tejados y azoteas brillantes que se envuelven con el rocío de la mañana. El otoño va imprimiendo notas de color adormecido por la primera luz de la tarde, de esta hora ausente y retorcida del domingo primero de adviento. Son recuerdos grises de la juventud que alumbran mi memoria de aquellos días en los que el tiempo era nuestro mayor enemigo porque teníamos marcada la vuelta a casa con las primeras horas de la noche.

            Teníamos la tarde ante nosotros. En una esquina de mi calle, de la calle donde ha queda impregnada aquella época, ahora tan lejana, siempre rauda con el discurrir de los años, quedábamos e íbamos apareciendo con una sonrisa que intentábamos desposeerla de la inquietud que nos embargaba momentos antes, cuando el minutero del reloj apenas avanzaba, y su pereza en la esfera parecía querer embaucarnos en la mentira de su discurrir. La mirada perdida por donde habrían de aparecer. El suelo mojado. El cielo empantanado en esa escala de grises que presagia la lluvia, cúmulos y nublados que eran testigos de la candidez de los sentimientos, de las ausencias imprevistas y la tristeza ahogada en la mentira de una sonrisa donde se emboscaba la desolación porque los ojos que esperábamos encontrar, en los que ansiábamos descubrir un brillo que asentara nuestra alegría y fomentara nuevas ilusiones en el corazón, tal vez no aparecieran.

            Tardes de sábados en torno a una mesa de un pub, de ideas que iban y venían, de propósitos y futuros que muchas veces no se concretaban, sonrisas abiertas por las bromas y diretes que surgían cuando menos lo esperaba, y la ciencia de la vida dando vueltas alrededor nuestra. Tiempo de paseos, de largos paseos, soñando la caricia de una mano, el roce imperceptible que abría las expectativas de la ilusión, conversaciones sutiles y palabras melosas, disputas de inicios políticos que nos anunciaban cambios, nuevas perspectivas para un país anquilosado en sus viejas tradiciones, disputas sobre cofradías, secretos que iban de unos labios a otros y que acaban siendo proclamas entre la pandilla, rencillas por el robo de una sonrisa y que terminaban en la reconciliación porque la amistad se elevaba por encima de los intereses, de los amores que se penaban en silencio o se trasmitían en poesías juveniles, olvidadas y amarillentas entre las páginas de un libro, aniquiladas por el encierro que las condenó al olvido.

            Domingos envueltos de tristeza y melancolía porque con la caída de la tarde llegaban otra vez las horas de las esperas. Caminos de vuelta, recordando las canciones que sonaron mientras degustábamos el Martini con hielo, o el cuba libre con ginebra, sin ron, y que nos ponían el corazón ribeteado de romanticismo, como aquel día que la balada de otoño, de Serrat, fundió dos miradas y quedaron prendidas en la memoria. Un segundo de eternidad que hizo felices a dos jóvenes. Las horas del otoño. Recuerdo de un tiempo no perdido. Nos queda el recuerdo de las miradas mientras Joan Manuel Serrat despertaba nuestros primeros instintos sentimentales y la humedad en las calles nos removía los instintos de la melancolía y todavía no reconocíamos, nos negábamos a ello, que el tiempo seguiría pasando hasta convertirnos en víctimas de la edad y la nostalgia.

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