Luces de Navidad y tolerancia

¿De qué color son las alumbrado-navidad-Sevillabuganvillas? Es una pregunta demasiado obvia para quienes saben y conocen que esta flor mantiene una amalgama cromática bastante amplia. No hay que ser un floricultor para conocer este detalle. Color buganvilla. Así ha calificado, el delegado de turismo del ayuntamiento sevillano, el extenso despliegue luminotécnico para celebrar las fiestas de invierno, o de su solsticio, que queda más pragmático y acoge a todas las creencias y religiones. Un consenso lingüístico que parece el adecuado para que las minorías, por ahora, que coexisten en esta ciudad no se sientan molestas con esta celebración ancestral que es la Navidad y que es la celebración religiosa católica más importante y la que practicante el ochenta por ciento de los sevillanos. Color buganvilla. Morada, roja, rosa, crema o blanca. ¿Qué es lo que ha querido decir el concejal? O mejor. ¿Qué no ha querido decir? ¿El morado no es el color con el que se distingue un partido político, minoritario, pero que gobierna, o hace gobernar al PSOE? Es mejor no entrar en disquisiciones políticas, en dimes y diretes sobre la influencia de quienes gobiernan o dejan de gobernar. Sí porque la mayoría de los sevillanos, esa sección que parece cada vez menos considerada, son católicos. Y una parte importante, practicante en su credo. Y parece la menos respetada.

La tolerancia, hacía otros credos y religiones, o no creyentes, no consiste en ningunear a los que mantienen y sufragan gran parte de los presupuestos de la ciudad. Es una cuestión matemática simple, sencilla, obvia. Todos tenemos derechos. Todos nos debemos a coexistencia pacífica, tanto de las etnias como de las creencias. Todos tenemos obligaciones que cumplir, esencialmente en el respeto mutuo. Todos debemos mantener un sentido de igualdad. Lo que no es lógico es que la mayoría sea ninguneada para no molestar a la minoría, que además llega desde fuera y que son acogidos con la naturalidad con la que siempre se distinguió este pueblo que lleva en su legado sanguíneo la amalgama de culturas que se asentaron a la ribera del río Betis, después Guadalquivir. Lo que no es de recibo es que los derechos de la mayoría se someta a los gustos de esa minoría que llegó y que no cumplen, demasiado amparados por la tropa política que comparte color con la luces que alumbran las calles en la Navidad, con el deber de la coexistencia pacífica, porque intentan imponer sus ritos y costumbres religiosas. No sé qué pasará en algunos países que profesan una fe distinta a la nuestra y sí tolerarían las actuaciones y comportamientos que se toleran aquí. Siempre está el recurso lingüístico de la libertad y la democracia para responder a esta cuestión. No sé si el sentido de igualdad, en el que se amparan, se cumple con quienes tenemos y presumimos de la ciudadanía española.

El sentido democrático no tiene nada que ver con la sustracción de los derechos y valores que sentimos quienes hemos nacido aquí, ni de la sumisión ante la imposición inquisitorial de quienes llegan con nuevos y distintos valores. La igualdad se demuestra con el respeto hacia quienes han acogido, con los brazos abiertos, casi siempre, a los que llegan sin importan ni el credo ni el color de la piel. Lo que sí necesitamos es su anexión al modo de vida occidental, al que queremos vivir quienes aquí hemos nacido, quienes hemos construido, con la divergencia política y social incluso, este país.

Si las luces de la Navidad tienen que ser moradas, o rojas, o amarillas, o verdes, que lo sean. Pero que sus diseños recojan motivos navideños, figuras que nos recuerden el tiempo que vivimos, paisajes que nos alienten el espíritu. El derecho nos hace merecedor a ello. Si alguien se molesta por ello debe cambiar de ciudad o país, donde su cultura y fe se adecue a sus propósitos espirituales. Necesitamos que no se nos sustraigan las tradiciones. No quiero que se me resten mis derechos, los de la mayoría, los de mi tierra, para que otros se sientan cómodos y no perjudicados. Eso no es democracia, un estado en el que prima el respeto y la igualdad de todos frente a todos.

En los colegios ya se ha permitido no celebrar la Navidad para no molestar a los no cristianos. ¿Y los católicos? ¿Dónde quedamos los cristianos? ¿Tienen los niños católicos menos derechos que los que no lo son? Hemos de encontrar la fórmula en la que todos mantengan sus derechos de fe. Será única forma de coexistencia.

Las luces de la Navidad, y los motivos que se exponen en la vía pública, deben guardar correlación con esta celebración religiosa, como sucede en las principales ciudad del mundo occidental y no intentar desacralizarla. ¿O es que en Berlín, París, Londres o Nueva York, por citar solo algunas de las grandes urbes, hay menos emigrantes y confesiones religiosas que en Sevilla? Que pongan en duda, en cualquiera de ellas, cómo deben ornamentarse o iluminarse sus calles, a ver qué pasa.

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