La intimidad oculta de Sevilla

secretosAún quedan ritos en la ciudad que permanecen ocultos, instantes que continúan alejados de la banalidad que prevalece en esta sociedad más preocupados por la anécdota que por las emociones. Momentos guardados herméticamente a la curiosidad de este sector de ciudadanos a los que sólo les preocupa la anécdota, estar presentes para señalarse y destacar, ignorando el significado del acto en el que participan. La nada por el todo.

Ayer participé de uno de ellos. Entre los pocos privilegiados fui testigo y partícipe de un acto propio de otro tiempo. La intimidad sugiere alejamiento, la evasión del lugar, la ruptura del espacio. Unos hombre y mujeres, muy pocos, reunidos para dar gracias a Dios, al Hijo que está aún por nacer, por entregarnos sus más bellos dones, para anegar nuestros espíritus de la Esperanza necesaria para poder enfrentarnos al mundo con la garantía de no sucumbir al estupor devastador de la incoación de los valores. Todos los siglos que retenían los muros, todas las emociones prendidas entre las cuatro paredes, todas vivencias retenidas en los altos techos, se hacían presente. Y yo fui testigo de ello. La bondad de unos amigos me lo permitieron. Debo dar gracias a ellos. Los malos momentos se diluyeron, al menos durante unos minutos.

Se hizo el silencio en la estancia. Cuando llegó la hora, cuando el último de los citados atravesó el umbral, la voz solemne comenzó la oración. Las palabras surgían desde la modelación vocal del orador. Las miradas fijas en Él. La luz de las velas modelaban pequeñas sombras en la pared. En una urna, la sonrisa, la gratificación de sabernos poseedores, durante unos instantes, de nuestras propias vidas. El peso de los años se hizo liviano. La invocación, la sencilla plegaria, se adueñó de nuestra voluntad y, como un eco, fueron repitiendo la jaculatoria hasta convertirse en peticiones silenciosas. Cada cual la suya.

Cuando salí a la plaza, el frío de la noche marmoleó mi rostro. Me congratulé. La memoria grabó el momento. Sentí una alegría inmensa. Traté de disimularla. Advertí que obsequio, con el que había sido agraciado, no constaría en ninguna página web, en ningún blog; ninguna imagen aparecería en las redes sociales, tan dadas a pregonar lo fútil. La alegría se acendró. Los presentes ni siquiera comentamos lo que acabamos de vivir. Sabíamos que lo habíamos compartido, que participamos del acto sencillo con naturalidad. Aquello era lo verdaderamente importante. Luego nos fuimos.

No voy a descubrir donde se celebró el piadoso acto, ni cómo se realiza, ni quiénes son sus procuradores. Hay que preservarlos, aislarlos de esta sinrazón, del esnobismo y la presunción que requieren algunos. La socialización de nuestras más íntimas tradiciones tiende a desvirtuarlas de su espíritu, de su razón de ser. Hay momentos que se han perdido, que se han desnaturalizado con la presencia masiva en ellos. Muchos acuden por curiosidad, por ese querer estar, sentirse privilegiados cuando son señalados o invitados. Por eso me sorprendí ayer. Un puñado de personas, sin prisas, sin ansias de notoriedad, sin ínfulas de falsos protagonismo, entorno a su devoción, en un rincón perdido de la vieja ciudad, rezando, orando, ofreciendo su palabra para agradecer, para dar gracias, sin ninguna pretensión. Sólo acercarse a Dios. Verse prendidos por su amor. Así tiene sentido todo. Así la Navidad se muestra como debe mostrarse. La emoción, gracias amigos, implantó una nueva sensación en mi corazón. Recordé las palabras de un amigo, que ya no está entre nosotros, de que las verdaderas cosas importantes residen en las cosas minúsculas. Ayer di fe de ello. Si alharacas, sin exacerbaciones, estuve cerca de ese Niño que va a nacer en breve. Dios entre nosotros. La expectación y la Esperanza se hicieron patentes anoche, cuando los fríos de diciembre empapan los tejados y aleros de esta ciudad, adormeciendo los sentidos, apaciguando las horas y exaltando las emociones, hurgando en la memoria para retrotraernos a un tiempo donde las ausencias de ahora nos hacían felices con sus risas, con sus besos. Ayer fui testigo de un hecho excepcional, inusual ya en esta ciudad a la que hemos desahuciados sus intimidades, a la que hemos vulgarizado descubriendo secretos que debían permanecer ocultos.

Por supuesto no voy a descubrirles éste.

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