Noche de Reyes

wallpaper-noche-de-reyes-hd-600x375No ha podido dormir. Esta noche tampoco. Una inquietud hizo presa en su espíritu. Es un insomnio premonitorio, desvelo celoso y guardián de la luz que pone melifluos y azules ribetes en la oscuridad que va destiñéndose por el horizonte y moja las calles de un rocío plateado. La sensación renovada que viene a completar la ilusión. No son los años los que marcan la edad. Sigue añorando el calor de la noche mágica, del aura nigromante que envolvía el ambiente hasta convertirlo en escenario de la nostalgia, de un tiempo redimido donde la fantasía es ahora placidez de la memoria.

Vienen a su recuerdo esa calidez de una estancia iluminada por las sonrisas de sus padres y sus palabras envueltas en el celofán de la alegría, de la inminencia de esa esperanza de haber conocido la inocencia y descubrir que todo era cierto, que nada de lo que decían era gratuito, y que los Reyes ya viajaban desde Oriente para rendir pleitesía a la bondad de los niños. Era la manera más hermosa de expresar el amor a los hijos, de reencontrarse con sus propias infancias, aunque aquellas hubiesen estado marcadas por la escasez. Mañanas de caballitos de cartón, de trenecitos que circunvalaban un itinerario idéntico, una y otra vez, de muñequitas de trapo y cocinitas de madera; ojos abiertos a la fábula, y que intentaban recuperar en las miradas de sus hijos, niños sobresaltados con los juguetes que ellos no tuvieron, no porque fueran malos, ni porque hubiesen obtenido malas notas en el colegio, sino porque la fortuna y el tiempo que les tocó vivir, habían esquivado la suerte de sus padres, de esos que les indicaban que tenían que acostarse, dormirse pronto, para que los Reyes no fueran sorprendidos en su mágico recorrido y los camellos nos pasaran de largo de sus dormitorios.

Esta mañana la luz primera aparece hechizada. Sale a la calle henchido, dispuesto a reconocerse en la infancia, en la edad que lleva impregnada en el alma, el tiempo que preserva el hito de inocencia que le han arrebatado los años. Aspira y los pulmones se hinchan con la ilusión. Sonríe mientras camina. No deja de mirar al cielo. Busca la estela que surca el firmamento. Presiente la alegría en otras caras. Este es el día más esperado, el día donde se reencuentra consigo mismo, con el niño que sonreía cuando su madre le abrochaba el último botón dorado de su abrigo y le ajustaba la bufanda de lana que habría de preservarle su garganta del relente, de esa humedad que iba apareciendo conforme las horas convertía la luz en toldo estrellado. Añora aquellas manos, suaves, que arrastraban una caricia cuando ultimaba la vestimenta; se apesadumbra con la nostalgia de la voz que canturreaba aquello de la llegada de los Reyes Magos al portal Belén, sin saber por qué Holanda se veía, mientras se alejaba hasta el comedor y el padre apuraba la copita de anís y enfilaba la puerta para buscar la senda de la comitiva Real.

 Ansía la derrota de las horas. Todos los años retoma el rito que restituye la edad mejor del hombre. Esa inocencia que aflora en el rostro de su hija, el brillo de los ojos que comparten mientras van al encuentro. Le sigue temblando la mano cuando la alza en busca de un caramelo, pequeña golosina que cae del cielo mientras, entorna sus ojos a él para descubrir el ensueño, la fantasía, la alegría de la voz que le dice que los Reyes le dejarán el mejor regalo, el don de saber que nada termina, que la Esperanza es la ilusión que le conduce, el conocimiento de reencontrarse con su infancia y con aquellas voces, que hoy echa tanto de menos, avisándoles, con las primeras luces del día atravesando los cristales de las ventanas, que los Reyes Magos habían llegado y que en el salón estaban nuestros regalos.

No ha podido dormir. La ilusión ha vencido.

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