El pago por la democracia

            el-crimen-de-atochaCinco muertes que dieron paso a la transición. Cinco personas asesinadas, en sus puestos de trabajo, apostando por la libertad y la democracia, luchando por la regularización de las leyes laborales, en un tiempo difícil, casi peligroso ponerse en favor de los trabajadores, atajando al ley vigente para encontrar huecos legales por los que beneficiar a los obreros. Días de dolor, de sangre manchando las mesas del bufete, enrojeciendo los folios con los autos procesales, con las sentencias absolutorias, dictámenes que fueron testigos del oprobio sectario que no quería un nuevo orden, una nueva situación en este país con cuatro décadas de dictadura. Un nuevo tiempo para intentar cortar la hemorragia que ennegrecía este país al final de la década de los setenta.

            La triple A había asesinado a una joven días antes; el general Villaescusa acaba de ser secuestrado por un comando ETA que proporcionaba, casi diariamente, titulares a los periódicos con sus actos de terrorismo. España era un polvorín que podía estallar en cualquier momento. Tal vez fuese esa la intención. La desestabilización de una sociedad traumatizada por tanto sobresalto, por tanta ansiedad cotidiana, por la incertidumbre de un futuro que mantenía, todavía, rememoras cainitas en su pasado, ideales que transitaban por las calles, organizaciones que pugnaban por legalizar su posición y hace nuevo lo que la frustración de la guerra civil puso en evidencia. Todas las vicisitudes para hacer estallar el polvorín; todas las contingencias se ponían de manifiesto para justificar una nueva algarada, un retorno al pasado y recuperar la insolvencia de la dictadura. Todo eso de congregaba, en un ambiente de temor, aquella noche de enero, cuando se asaltaba el despacho de abogados laboralistas que tenía domicilio en la calle Atocha. El silencio roto de la noche por el estruendo de los disparos. Los segundos eternizándose en el desconcierto que procura la ignorancia de la sorpresa de tan vil acto, la vida arrebatada y el futuro de aquellas cinco personas deshaciéndose ante la intransigencia. Los gritos de unos, los espasmos de las víctimas, eran detonantes seguros ante la convulsión ideológica reinante en un país que tenía deudas desde la finalización de la contienda que enfrentara a hermanos contra hermanos. Débitos que siempre se cobraban con la venganza. Diente por diente.

            Recuerdo, un día como hoy, de hace cuarenta años, la luz cenicienta entrando por los ventanales del aula del instituto. Los años aún no nos permitían mantener una opinión clara sobre el suceso de la noche anterior, en la capital de España, ni la repercusión que pudiera haber tenido. Recuerdo sonrisas en los pasillos y gritos alegóricos a la restauración de la dictadura, a tomar el ritmo político del régimen establecido durante casi cuarenta años y que todavía seguía latente en la añoranza de algunos. Recuerdo profesores ateridos por aquellos gritos de alumnos que enarbolaban enseñas con el águila imperial y lucían indumentaria paramilitar, una apariencia buscaba amedrentar. Y recuerdo, luego, el silencio en las clases, la confusión en nuestros rostros, porque aún deambulábamos por el desconocimiento de aquella nueva situación nacional que iba y venía, que nacía y moría, cada vez que sucedía algo así. La mayoría preferíamos el mutismo ante la provocación. Teníamos miedo como lo tenían nuestros profesores que intentaron impregnar de normalidad lo que a todas luces tenía visos de tragedia.

            Don Francisco entró. Entonces a los profesores no se les tuteaba, ni ellos permitían aquellas muestras de despotismo. Mantenían las distancias. Unos años después comenzarían a cambiar en el trato, con la mejor intención del mundo, y abrieron la caja de pandora para que anidase la descortesía y la mala educación, pero ése es otro tema. Dejó la cartera, como todos los días, sobre la mesa. Nos miró sin hablar. A los pocos segundos, suspiró hondo, articuló gestos de complacencia y nos dijo que ojalá los comunistas no trataran tomarse la justicia por su mano.

            Aquello fue lo que sucedió. Una generación de españoles debe dar gracias a la cordura guardada aquellos días, a la sensatez con la cubrieron su dolor, con la apostura y la sabiduría que salieron a abarrotar las calles, a rendir homenaje a sus caídos, aquellas primeras víctimas inmoladas por la nueva patria que se adivinaba en el horizonte,  a despedir a los compañeros que habían sido acribillados por la sinrazón, por la intolerancia y fanatismos más arcaico y absurdo.

            Cuarenta años después mucho han cambiado las cosas, mucho se han diluido aquellos ideales, los sueños y las inquietudes que prometían la felicidad y el bienestar, la honradez y la integridad de la conciencia. En la calle Atocha, el 24 de enero de 1977, comenzó la nueva era española, ilusionada e inocente. Al menos nos queda el trabajo y la memoria de aquellos abogados laboralistas que sí tenían claro por quienes debían luchar. Les costó sus vidas. No nos olvidemos de ello.

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