Memorias y sueños en la Macarena

            Retornaron las emociones. Los recuerdos comenzaron su periplo, en ese valle de la nostalgia, que va horadando el alma hasta establecer el cauce donde habita la memoria. Los sentidos son retortijones que someten a la razón. A veces escuecen, fomentan el dolor invisible, ése que se asienta en el interior del cuerpo. Las palabras van perforando los muros de la sensibilidad en estos días que ya anuncian la dicha y el esplendor. El tiempo remueve los espacios, los adecua a las sensaciones que han quedado prendidas en las paredes del templo, resucitan las imágenes, las figuras que sombrean los rincones con sus sonrisas, con sus gestos y amaneramientos y que son reconocibles apenas se preste un poco de atención. Las ausencias aparecen en la ternura del recuerdo, se concretan y se hacen presente. Están ahí, ocupando sus sitios, esos lugares en los que se aparecen, que son suyos, que les pertenecen porque los habitaron durante décadas, porque establecieron el nexo con sus oraciones, con sus pláticas, con sus peticiones y hasta sus desencuentros con Ellos.

Rastrea la memoria en el aire denso del templo, buscando los ojos que ya no se abren pero que mantienen la luz en otras miradas, la alegría en otros labios. Los sueños siguen proyectándose en las mentes que le siguen en sus devociones y costumbres, en sus fervores y piadosas usanzas. Es el reencuentro de las emociones, de las sensibilidades adquiridas que hunden sus garras en el corazón y aparece un grito apagado, una llamada de desesperación, que recorre el interior del espíritu y que se aferra la intimidad de una evocación. Se alarga el tiempo, se desperezan los minutos porque la eternidad se presenta en la presunción, en el presentimiento de la aparición visión de aquella apostada sobre el mármol. Se echa de menos a quienes tanto quisimos. Se espejan sus rostros en los nuestros, se hacen dolor en las lágrimas del recuerdo, que van surcando las grietas de la piel y hasta los sonidos metálicos de las monedas, absorbidas por las huchas petitorias,  nos traen el recuerdo de quienes entregaron sus vidas al servicio de la corporación.

            Todo se solemniza en este día en el que Dios se hace más fuerte en los altares. Los hombres son tabernáculos que conservan la pureza otorgada tras el bautismo. La paz es la propietaria del ánimo. Hay un revuelo de sentimientos compartidos que van de un lado a otro del espacio, conducido por el silencio, atando los remordimientos y los rencores. Se glorifica a Dios con el mismo el amor, con el mismo esplendor que siglos imponen. Los años han certificado ese amor que impusieron los antepasados, los ritos fraternales que consignaron los hombres y mujeres que elevaron los mejores y más bellos altares para acercarse a la promesa de la Redención. Los sentidos recuperan las fragancias, la convulsión de la cera, crepitando, otorgando luz a la Luz del mundo, mientras se consume, en la seguridad de que su fin es perecer para enaltecer un rostro dormido, acunado sobre la candidez del hombro, mientras el aroma del sahumerio repta por las alturas de las naves eclesiales y perpetua la dulzura de su olor en confines de la memoria.

Todo comienza para que todo concluya. La palabra, la práctica de la piedad, el retiro espiritual, la oración bisbiseada, la reclusión de los sentidos, la introversión de la emoción, el recuerdo merodeando, la nostalgia abalanzándose con ferocidad, las intenciones por quienes nos quisieron y ya no están porque habitan en los cielos que desearon en la tierra mientras contemplaban esos rostros que ahora vislumbran constantemente. Todo mantiene el sentido de la Verdad que nos legaron. El rito y la liturgia nos mantienen en la Esperanza de la Vida.

Todo se concreta mirando sus manos, observando la serenidad de su rostro, la paz que proyectan sus ojos, los mensajes, las peticiones, los agradecimientos que han quedado prendidos en sus pies con cada beso, con el roce de unos labios que conservan la alegría de otros que se han mustiado en la tierra y son relatores de alabanzas en el cielo. Todo se compendia en el amor a Dios expuesto. Todo se sintetiza con asombrosa facilidad, son la sencillez y humildad que rezuma el sentimiento fervoroso de la gente de la Macarena cuando se postula y enfrenta al Señor de la Sentencia.

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