Las varas de medir

Hace algunos días concluí la lectura de la novela, la magnífica novela, de Fernando Aramburu “Patria”. La conmoción está asegurada para quienes emprendan esta aventura literaria. Surcar sus páginas es tremendamente emocionante pues se va descubriendo la realidad, las circunstancias que marcaron –que siguen hoy marcando con distinta intensidad – la convivencia en el País Vasco en los años más virulentos y cruentos del terrorismo etarra. Nadie puede quedar indiferente a lo que se relata en la obra. Nadie puede dejar sus emociones en reposo cuando se dobla la última página del libro. El enfrentamiento, el dolor, la angustia, el silencio obligado condicionó la vida de muchos vascos.

Hay una frase, que pronuncia Bitori, la esposa del empresario que asesina ETA, durante el sepelio de su marido, que es definitoria del acoso y derribo que sufrieron las víctimas, en este caso la familia protagonista de la novela. Los hijos quieren que en la lápida se inscriba una fecha distinta a la de la ejecución para que se relacione con el conflicto y, al menos, no ultrajen ni profanen la tumba. La madre mira a sus hijos con dolor y le espeta.

–  En vez de enterrar a vuestro parece que lo estamos escondiendo.

Terrorífico. La victima pasa a ser verdugo. Se culpabilizaba incluso por diferir en el ideario político separatista o no acatar impuestos revolucionarios.

Pues bien. En estos días Francisco Javier García Gaztelu, alias Txapote, le ha sido una gracia especial. Se le ha concedido permiso para visitar a su padre, imposibilitado por la edad y sus condiciones de salud, a desplazarse hasta la cárcel de Huelva donde cumple condena este asesino impasible. Para ello, con el dinero de todos los españoles, con los impuestos que pagan los familiares de sus víctimas, se movilizarán grupos especiales de la policía y guardia civil para su custodia, se le pagará los gastos que suponga el traslado hasta el País Vasco, donde reside su padre. Su historial no tiene desperdicios. Entre sus numerosos méritos fue quien asesinó a Miguel Ángel Blanco,  Fernando Múgica y Gregorio Ordóñez. Espoleó y encabezó, en los años  más duros de la banda terrorista, los actos más viles de la sanguinaria trayectoria de la ETA. Se negó a pactar y a negociar el fin de la lucha armada e intentó incrementar las acciones para provocar más muertes, más separación y más dolor entre inocentes. Fue detenido en el 2001 y condenado a quinientos ochenta y cinco años de cárcel. Nunca se ha arrepentido de sus actos ni ha dado muestras de contrición por sus asesinatos. Un convencido del mal. Es más: durante los juicios llegó a burlase, no sólo de los tribunales que lo encausaban, sino de la viuda de una de sus víctimas, José Javier Múgica Astibia, cuando en su declaración relataba cómo su marido se consumía, entre gritos y lamento, en las llamas de la furgoneta que había explosionado este señor.

Con estos antecedentes los tribunales debieran considerar el dolor que causan a los familiares de las víctimas que lo único que pueden hacer es visitar los cementerios, las tumbas y poner flores sobre las lápidas que recuerdan que fueron asesinados por el mero hecho de no compartir ideario. Esta es la única opción que tienen sus familiares. La conciliación no es posible sin el perdón de las dos partes.

Es la realidad que relata Aramburu. Pero es necesario actos que normalicen la vida y que los que han sufrido, me refiero principalmente a los familiares y amigos de los asesinados, hallen la paz espiritual sabiendo que la justicia ha sido eficaz y certera. Sin diferencias ni distintas varas de medir.

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